Tal es, en resumen, esta vida bohemia.

Vida de paciencia y valor, en la que sólo puede lucharse revestido con una resistente coraza de indiferencia a prueba de necios y envidiosos, en la que no se debe, si no se quiere tropezar en el camino, abandonar ni un solo instante el amor propio, que sirve de bastón de apoyo; vida encantadora y terrible, que tiene sus victorias y sus mártires, y en la que no debe penetrarse más que cuando se está dispuesto a padecer la implacable ley del vae victus.
H. M

sábado, 18 de diciembre de 2010




Aquella gacela se siente y no se percibe,
es una flor blanca, arrancada de entre risas de serafinas nabokovianas,
escondida entre mil lunas con insomnio y almizcle.
[Aquella gacela…

Que trafica con viento de goma y alquitrán,
con la marea que escupen los dientes azulados de los caballeros;
esos filósofos muertos que se columpian entre los ramajes de cemento
y las estrellas pardas y las luces rojas y los pequeños deseos
mientras lloran por el estómago a arcadas— a carcajadas, a patadas—,
y les suda la mente con el miedo al tiempo.

Aquella gacela se pierde y jamás se aprecia,
es una mujer pagada, sacada de entre leyendas de ciervas becquerianas,
escrita entre mil páginas con pluma y miseria.
[Aquella gacela…

Que predica salvedades con ostras de mar vacío,
labios amados y calla limeña:
ese silencio de pulmón parado, costillas huecas y hueso alado.
¿Y las cartas? De la muerte al polvo solo hay un beso,
pero no tiene sangre, solo sabor salado, venas de alambre;
¿y las cartas? El viejo sabe que aquí crecen en buzones de mimbre seco.

Aquella gacela se cree y nunca se engaña,
es una flaca desdichada, rescatada de entre vasos de noches bukowskianas,
hundida entre sábanas de cigarrillos melifluos y humo dengue.
[Aquella gacela…
Que platica con estatuas de mármol y sombras de pez,
con el otoño templado que desprenden las cortezas de los árboles;
allí donde hay madera roída, ella ve raíces de papel:
esa gnosis psicométrica de alma pizarnikiana.
¿Quién es el cuerdo, según el loco?
Ella siempre viceversa los versos.
¡Mírala!

[Aquella gacela…

esa mujer pagada,
hundida entre sábanas…

Parece no tener nada,
pero
puede cambiar
el mundo]

domingo, 21 de noviembre de 2010



Cada paso que doy retrocedo dos. Estoy cansada.

domingo, 24 de octubre de 2010

Casimiro Comino (III)



Casimiro Comino pegó la frente al cristal de la ventana y observó, impotente y con cara de perrillo abandonado, como su mujer cargaba sus maletas en un taxi y se largaba dejando tras de sí un leve rastro de humo acompañado de un vacío extraño.
Cuando la abdicación blanca desapareció entre el tráfico, Casimiro lloró como un niño, y después rió y volvió a llorar. Se limpió las lágrimas con la manga de la chaqueta y se dirigió a su cuarto cojeando. Su cama, una magnífica cama de matrimonio perfectamente hecha, estaba allí como testigo de un amor que llevaba años apagado, perdido entre las sábanas planchadas.
Se subió a la cama y, sin quitarse los zapatos, comenzó a dar saltos y a gritar hasta llenarlo todo de arrugas. Después se sentó con las piernas cruzadas y empezó a pensar.
¿Qué me falta? ¿Por qué nunca consigo mis sueños?
El niño de dentro le contestó secamente que le faltaba velocidad y fuerza, y que por eso jamás alcanzaría el arco iris de un salto.
—Mírate, eres como ellos. Estás envejeciendo.
Casimiro se miró las manos y las vio peludas y rechonchas, con la alianza de matrimonio —de lo que fue su matrimonio— aprisionando su corazón… perdón, su dedo corazón. Luego levantó los ojos hacia el espejo que había frente a la cama y se encontró con la mirada vidriosa de un hombre surcado de arrugas, ojeras marrones y entradas en el pelo cano. Recordó todos los pellizcos en las mejillas que se había llevado a lo largo de su vida y las palmadas en la espalda acompañadas de esa frase que tanto odiaba: “Te estás haciendo mayor, chaval.”
Y con la opresión del que es consciente de lo rápido que puede ser el tiempo en la carrera de la vida, se quitó la alianza, abrió la ventana y sacó medio cuerpo para desafiar al mundo.
—¡No soy como vosotros! —gritó— ¿Me oís? ¡No soy como vosotros!
La muchedumbre ataviada con trajes o faldas o chaquetas o corbatas, se detuvo para mirarlo, y negaron con la cabeza antes de seguir su rutinario camino hacia el trabajo.
Alguno de sus vecinos le respondió a Casimiro con un rudo “gilipollas”. Pero él no lo escuchó, miraba fijamente el horizonte, murmurándole a la luz, incitándola a ser visible una vez más.
—Vamos. Sal… Te alcanzaré. Esta vez lo conseguiré.
Y detrás de los edificios, como si hubiera atendido al desafío de ese pobre hombre, emergió el arco iris. Triunfal, ya sabéis; rey del cielo, como siempre; radiante como nunca; pintado con agua y luz por la mano de un Dios, como si estuviera hecho para surcar el cielo azul. Casimiro rió.
—¡Te tengo!
Saltó por la ventana y cerró los ojos durante la caída hasta que sus huesos dieron bruscamente contra el lamento metálico y oxidado del toldo de un bar. La gente, que había visto su hazaña, intentó detenerlo, pero Casimiro se liberó de los brazos que intentaban pararlo y corrió calle arriba, hacia su sueño.
Velocidad. Eso es lo que me faltaba. Llevo toda mi vida dejando escapar instantes y oportunidades, pero eso se acabó.
Salió en medio de la carretera con los brazos en alto, los coches se detuvieron al son de un chirrido de ruedas y algunos chocaron entre sí para no atropellar a Casimiro. Él no era consciente de casi nada, abrió la puerta del coche que tenía más cerca y echó a la conductora, una desdichada mujer asustadiza y alérgica a los atracos de hombres locos.
—¡Mi coche! ¡Ladrón! ¡Desgraciado!
De todos los insultos recibidos hasta ese momento, los de la señora enajenada fueron los más próximos a Casimiro. Un pobre desgraciado, eso es lo que era, uno más de los miles que se encerraban en la absurda moralidad del deber y lo cotidiano, cuyo único pecado es no haber soñado nunca. Un pobre ladrón, eso es lo que parecía, aunque solo estuviera intentando recuperar la vida que le correspondía.
El ladrón desgraciado trató de hacer volar al coche, pisaba el acelerador casi sin tener tiempo de cambiar las marchas y el motor maltratado rugía junto al eco de los últimos sollozos de la mujer víctima del robo. El arco iris, parapetado en su cielo azul, lo llamaba con sorna desde más allá del horizonte, más allá de la autopista, de la ciudad, de la imaginación.
Salía a la autovía cuando el aullido de una sirena ahogó el lamento del motor, los cristales se tiñeron de reflejos azules y rojos y un coche policía apareció en el retrovisor como la nefasta imagen de un cazador todopoderoso. El acelerador de Casimiro no podía bajar más por riesgo a atravesar el suelo, el número de marchas también era, por desgracia, inoportunamente limitada y el cuentakilómetros desvelaba la exorbitada cifra que solo un coche anciano podía tener. La policía lo alcanzó enseguida, le indicaba con gestos que parara, pero él no podía despegar las manos del volante, ni los pies de los pedales, ni la vista de la carretera ni el corazón del cielo. La ley lo adelantó y, a varios metros, le cerró el paso de un volantazo. Y se pisaron al tiempo los frenos. Se cerraron simultáneamente los ojos…

Chirrido.

Silencio.

—¡Salga con las manos en alto!
Casimiro levantó un párpado. Varias pistolas le encañonaban desde fuera, y a pesar de lo macabro de la situación, nadie pudo evitar soltar el aire contenido en un suspiro de alivio. No hubo choque, la muerte se alejaba dejando tras de sí todos los órganos encogidos y un poco de peligro en cada pistola.
Casimiro abrió la puerta con cuidado y muy lentamente, salió levantando los brazos.
—¡No se mueva! —gritó un agente.
Se quedó quieto al instante, entonces un montón de manos cayeron sobre él y aprisionaron las suyas en la espalda mientras sus piernas se encorvaban y su mejilla besaba la chapa caliente del coche.
Se escuchó el chasquido metálico de las esposas al abrirse.
—¿Es usted Casimiro Comino? —Inquirió alguien con su cartera en la mano.
En el horizonte no quedaba ni rastro del arco iris, solo estaba el cielo con su vestido insultantemente azul. Casimiro asintió con la cabeza mientras negaba con la voz temblorosa y ahogada en noes, sus cuerdas vocales estaban a punto de echar a llorar.
Se escuchó el chasquido metálico de las esposas al cerrarse.
—Está usted detenido.

miércoles, 6 de octubre de 2010

*****

Despierto.

De mi garganta arranca un grito que se entremezcla con un sollozo afónico y mi corazón bombea sangre como un animal enloquecido.
Sólo ha sido una pesadilla.
Miro a todos lados y se me escapa una risita histérica: ya no estoy en mi casa. Ante mí se extiende un campo infinito de trigo ahogado por el cielo azul. Ni una sola nube cubre el horizonte, a un lado brilla el sol y al otro se asoma una delgada uña de luna en cuarto creciente. Un grillo canta oculto entre la tierra y a lo lejos un cuervo alza el vuelo.
Frío. Extiendo los brazos en señal de rendición y me dirijo a mi imaginación con una rabia desesperada.
—¿Y ahora qué? —Le grito al cielo.
—¿Y ahora qué? —responde una voz a mis espaldas.
Cuando me doy la vuelta me encuentro con ella sentada en la rama de un árbol que acaba de nacer del trigo. Lleva el pelo recogido en dos trenzas y me mira como una niña extrañada balanceando las piernas desde su trono. Los huecos que forman las hojas del árbol filtran la luz con pereza, trazando en su rostro claroscuros verdes que contrastan con el amarillo del suelo.
—No es real —murmuro.
—No es real —repite ella.
—Esto no puede estar pasando —barro con la mirada todo el paisaje, el trigo se extiende hasta el infinito, mezclándose con el cielo, y es imposible saber dónde termina uno y empieza el otro— Es absurdo.
—Pero está pasando. A veces no hay nada más absurdo que una irrealidad que ocurre, el miedo a lo foráneo y la imposibilidad de saber si es real o no. En cualquier caso, si se trata de engaño, siempre podrás despertar después.
Frío. Abro los ojos y me encuentro con que ella ha desaparecido. Ya no hay árbol, ni cielo, ni trigo, ni grillos. La nada lo cubre todo como un manto sempiterno de vacío que carece de sonido, color y aire. Sólo hay nada y frío.
Me entra vértigo.
A veces no hay nada peor que la nada.

sábado, 18 de septiembre de 2010


No nos irritamos contra el palo,
autor inmediato de los golpes,
sino contra el que lo maneja;
ahora bien,
este hombre está manejado por el odio:
es al odio, pues, al que hay que odiar.

Shantideva

lunes, 6 de septiembre de 2010

El antro (VII)




Un mes.
Un mes puede variar de tiempo según la aguja que lo acaricie y la persona que lo viva. Un mes significan veintiocho, treinta o treinta y un días. Puede pasar rápido con la dulce letanía de los placeres escurriéndose en nuestro cuerpo y mente, o terriblemente lento con la continua monotonía de las horas intempestivas taladrando nuestro tedio. Pero un mes en Mar… no significó nada.
Lo único que hizo en ese tiempo fue abandonarse a sí misma y recoger cuidadosamente pequeños recuerdos de la habitación del proxeneta, como hizo antes con toda su vida. Almacenó en su memoria las horas junto a la ventana, contemplando, desnuda, el lienzo que la calle le ofrecía; la melodía italiana que él silbaba cuando volvía de sus asuntos, y que terminaba en un suspiro mudo cuando imprimía sus labios en el hombro de Mar; el olor que desprendían las almohadas, ese olor a alcohol de selva y a piel soleada; y los silencios. Los silencios fueron los más intensos, era una música continua, espesa y profunda que Mar siempre llevaba consigo. Le permitía evadirse de su público, fuera cual fuese, y aunque se vendiera en cuerpo y alma, jamás nadie podría desabrigar esos silencios que la envolvían.
Para él, un mes fue el tiempo que tardó en enloquecer.
Llegó, como siempre, mecido por la impredecible mano del alcohol. Aquella noche también cerró la puerta silbando, pero desafinaba y la mayoría de las notas se convertían en aire. Se acercó a Mar y presionó, como siempre, sus labios contra su hombro. El tiempo se detuvo con el eterno arañazo de la barba de él en la piel suave de ella. Empezó a llorar sin lágrimas, solo con un sollozo mutilado y los ojos enrojecidos.
—De niño tenía un gato que tampoco hablaba —gimió con la lengua apresada contra su clavícula— Se limitaba a mirarme fijamente con esos ojos imposibles de… de… gato gris. Y su silencio era el peor de todos mis miedos. Tú…tú…tú eres como él. Me escuchas, me miras con esos ojos imposibles de… de…de mar gris, y callas. No soporto poseer algo que no comprendo, Mar. Háblame.
Ella permaneció muda, tan solo entreabrió los labios y lo miró tratando de contener su miedo. Él gritó y apartándose de ella, empezó a destrozar el pequeño cuarto. Volcó la estantería de huesos de pino y todos sus libros clásicos fueron a dar con las páginas dobladas en el suelo, desgarró telarañas, ropa y todos esos sueños que se escondían en su almohada en secreto; luego volcó las sillas y rompió varias botellas de coñac y vino amargo, encharcando libros y tela cuyo aroma, sumado al papel, le recordó a Mar la noche en que llegó. Un mes antes.
Él gritaba, repetía continuamente ese imperativo que llevaba rondando por su cabeza durante treinta días: “Háblame, háblame, háblame” Siempre en grupos de tres, con la misma intensidad y con el mismo tono de desesperación en la voz. Cuando el último de ellos llegó quebrado, el proxeneta se abalanzó sobre la joven, que presenciaba aquella escena en el centro del caos, con sus ojos grises de ciervo becqueriano tiritando y su cuerpo pegado al cristal de la ventana como si el mundo exterior que tanto daño le hizo la fuera a salvar ahora.
Él le cogió por los brazos y la tiró al suelo, ella intentó defenderse. Ambos rodaron por la tarima hasta que chocaron contra la cama y Mar quedó debajo, aplastada por esa rabia atroz que le resultaba terriblemente familiar. Él resoplaba, ella lloraba; él levantó una mano, ella cerró los ojos y entonces… habló.
—Por favor…


Su voz. Silencio. Quietud.
La habitación se llenó de una calma espumosa e insoportable. El proxeneta se levantó, cogió una silla del suelo y tras ponerla de pie, se sentó. Encendió un cigarrillo con manos temblorosas y sin mirarla, le dijo:
—Coge tus cosas y vete a trabajar con las demás. Puedes elegir la habitación que quieras.


Y Mar se cubrió con su camisa rota, esquivó los cristales y atravesó la puerta en silencio, sin nada más que recuerdos. Igual que un mes antes.

lunes, 23 de agosto de 2010





Gacela de mirar azabache, te busco entre mis miedos más dulces cuando me libero, entre tantos rostros jerarquizados, entre tantas noches desequilibradas. Te busco y tu me vienes con tu piel de clavo y canela, a lo Gabriela, con esas sonrisas de serafina Nabokoviana y una manzana envenenada, mientras me hundo un poco más en los perfumes del pecado que se esconden a cascadas en tu cuello.

Deja que me consuma entre el fuego que levantan las ventanas, que le presente las estrellas a tus lunares y peregrine en tu espalda infinita. Deja que te recite en el abismo de tu clavícula izquierda versos tristes y palabras plateadas, que las recoja con los labios cuando caigan por tu vientre liso y las imprima con cuidado sobre nuestras manos.

Hagamos otro universo entre estas sábanas ahora que no miran, ahora que no dicen; y tiémblame con mentiras llenas de placeres efímeros, gacela. Porque no aguanto más sin poder escribirte a escondidas de este violonchelo níveo. Cuando pregunten, cuando griten, hazme los honores de salir corriendo golpeando la tierra con tus sueños, yo te seguiré entre esquirlas de cisnes y plumas como de satén, de esas que tanto te gustan.

jueves, 5 de agosto de 2010

El problema de identidad de posesión o posesión identificativa

(Niña está tumbada en un sofá de agua, con el pelo suelto cayendo sobre el cristal del suelo, una pierna encima del respaldo y otra encogida. Contempla las estrellas en silencio mientras escucha las sutilezas del hombre borracho cuentista de la azotea nocturna)

HOMBRE BORRACHO CUENTISTA.— Yo es que todavía no me explico esta sed, es como una puñetera jauría de perros rabiosos mordisqueándome el gaznate. ¿Y sabes? No lo necesito, porque no tengo problemas, ni mala educación… (se ríe) si no he tenido padres, ya lo sabes, ni mascotas. No sé a qué cuento ha venido eso. El caso es que el otro día vi mi reflejo en uno de los cristales de la parte del día, y soy más joven y guapo de lo que me imaginaba, con los ojos claros, —no pude distinguir el color pero vi que eran claros— el cabello oscuro, las mandíbulas cuadradas, igual que ese tío vuestro de tu otro mundo… ¿cómo se llamaba? Bah, tenía un apellido pítico. Si hasta me imaginaste con perilla, soy tremendo ¿de dónde te sacas esas ideas? (Niña ríe y señala los pantalones del hombre sin volverse para mirar. Entonces él sonríe con malicia y se asoma a su entrepierna) Por supuesto, mi amiguito, no lo olvidemos… Joder, Niña, dame otra botella de esa condenada delicia de licor.
NIÑA.— ¿Tú crees que todo eso que tienes es lo que te hace feliz?
HOMBRE BORRACHO CUENTISTA.— (Encogiéndose de hombros) Supongo.
NIÑA.— Entonces… ¿si te quito todo lo que tienes dejas de ser feliz?
HOMBRE BORRACHO CUENTISTA.— ¿Por qué ibas a hacerlo?
NIÑA.— Tú contesta.
HOMBRE BORRACHO CUENTISTA.— (dubitativo) Sí…
NIÑA.— No.
HOMBRE BORRACHO CUENTISTA.— (sorprendido) ¿No?

(Niña se levanta y sin responder se acerca al borde de la azotea, donde acaba el cristal y empieza la zona de vacío que separa la Tierra de su mundo imaginativo. Coge un catalejo dorado y contempla su otro mundo, siempre tan real, rutinario y complejo.)

NIÑA.— ¿Es médico aquel que tiene fonendoscopio? (pregunta sin dejar de mirar por el catalejo) ¿Y cazador aquel que posee una escopeta? No tiene por qué… la mayoría creería que sí solo porque sienten que todo lo que les rodea los identifica. El mundo de ahí abajo todavía se lamenta de lo que carece mientras que desgasta lo que tiene sin darse cuenta. Anda toma.
(Le tiende una botella de absenta al Hombre Borracho Cuentista).

HOMBRE BORRACHO CUENTISTA.— Gracias encanto (se bebe la mitad de la botella y suspira sonriendo de oreja a oreja) Todo eso que dices está muy bien, ¿pero por qué no me pones nombre?
NIÑA.— Forma parte del problema de identidad de posesión o posesión identificativa. Yo te otorgo un nombre, ¿no? Luego lo haces tuyo, tienes nombre. Y ahora llegan todos ellos (Niña os señala con el catalejo) y te comparan con alguien que conocen que tenga el mismo nombre. Luego ya no eres completamente tú, porque como no existes, te van a imaginar igual o casi igual que a esa otra persona.
HOMBRE BORRACHO CUENTISTA.— Entonces ponme un nombre que nunca antes se le haya puesto a nadie.
NIÑA.— (Sentándose de nuevo en el sofá de agua) Se me ocurre una cosa mejor. (Distraídamente, juega con unos peces de colores que acaba de crear y que nadan libremente por el sofá) Tú me cuentas una historia y ellos… te ponen el nombre.

sábado, 3 de julio de 2010

Serventesio Icástico

Aparece, primero, hirsuta en viento,
como hecha de nada pero de todo.
Molécula de aire, luego pensamiento;
y más tarde, en el poeta, su éxodo.

Entonces vibra y se forma la musa,
con su cuerpo de fuego azul etéreo,
agitando de besos y espuma infusa
nuestro plectro retórico y venéreo.

¿Cómo si no, se forma una bucólica?
Sino retratando en papel sonrisas
y escondiendo en tinta una pluma alcohólica
que escupa versos de letras precisas.

¿Cómo si no, se forma nuestra vida?
Sino recogiendo instantes al vuelo
y atarlos al tiempo, sin despedida,
allí donde se besan cielo y suelo.

Prender en una noche las estrellas,
morder en un orgasmo la almohada,
aunar en un lienzo figuras bellas,
dormir sobre la arena nacarada.

Zaherir hasta la muerte la esperanza,
llorar hasta que se evapore el alma,
clamar hasta la afonía venganza,
desgarrar la piel y no encontrar calma.

O correr por calles llenas de lluvia,
o de gente, o de coches o crisálidas,
O saborear labios con lascivia,
o miel endulzada, o cerezas ácidas.

O fumar, o ahogarse los pulmones,
o los oídos, o las venas o la sangre.
O beber, o inundarse los riñones,
o ver el agrio sabor del vinagre.

Y reír, y llenarse así la boca,
y sentir, y tiritar de placer.
Y acariciar la canícula tosca,
y desabrigar un atardecer.


Y mentir, y engañar a la mañana,
y sentir celos, y odiar a la noche.
Y despertar con manos de ancïana,
y tener miedo, y un latir azabache.

Y ser capaces de aplastar miradas,
y poder con ello entender el mundo,
para escribir, con palabras afiladas
que has visto un paraíso nauseabundo.

¿Qué es entonces la vida, mi musa?
Verbos, un acontecer axiomático.
Epítetos de una causa difusa.
Ironía, como este poema icástico.

martes, 29 de junio de 2010

Despierto.





*****


Despierto.
Me incorporo de la cama jadeando y arrugando las sábanas entre mis dedos.
Sudor frío. Ella no está a mi lado, en su lugar quedan las marcas impresas de su cuerpo en el colchón y el leve rastro de su aroma en la almohada.
Trato de tranquilizarme, sólo ha sido una pesadilla. Me froto los ojos armados de agujas e hinchados por el sueño. Sólo ha sido una pesadilla. Cálmate.
Bóreas se ha callado, ahora no hay mayor ladrón ahí fuera que la oscuridad, que se ha tragado la luna llena dejándola en nueva y se ha llevado a su paso las farolas de la calle. El reloj marca las cuatro y once minutos.
Entonces escucho caer el agua de la ducha y se me escapa una sonrisa cuando reconozco la voz que proviene del cuarto de baño. Me levanto y afronto con exacerbación la mordedura congelada del suelo en mis pies descalzos. Su voz clara y diáfana va creciendo conforme me acerco, y todas y cada una de las notas de aquella melodía cadenciosa van llenando poco a poco el vacío oscuro que ha cavado en mí la maldita pesadilla. Su voz se apaga cuando llamo a la puerta, no hay respuesta al otro lado pero todavía puedo escuchar el ronroneo del agua al caer. Abro en una pregunta y su nombre se pierde en el aire…
Frío. El espejo ni siquiera está empañado con el vaho característico de la canícula enfrentada al invierno y no hay ropa tirada en ninguna parte. Al fondo percibo su silueta, turbia y exangüe, hilvanarse contra la mampara. Me acerco y la llamo otra vez, tañendo su nombre en una pregunta débil. Nada. Me responde el agua.
Abro el cancel de la ducha y mi mano se detiene aferrada en el tirador como el resto de mi cuerpo y la mitad de mi alma, presas ahora de unos segundos, horas, o días que pasan brutalmente despacio. El agua, gélida y ligera, se escurre entre mis pies al verse libre; pero yo no me doy cuenta, no puedo apartar la mirada de ella, que yace en el suelo desnuda. Sus piernas se extienden inmóviles hacia mí como naturaleza muerta y sus brazos caen a ambos lados del cuerpo sin vida. Sus manos pequeñas se abren hacia el techo como flores blancas pidiendo clemencia y su pelo, empapado, cubre sus hombros de mármol laqueado. En su cuello brillan las marcas purpúreas de los dedos que la han estrangulado y sus ojos, inyectados en sangre, me miran sin ver. Piedra mojada, fría y muerta. Ya no le brillan las pupilas…
Retrocedo con la garganta agujereada por la angustia, la cabeza me da vueltas y me pitan los oídos. Sus ojos siguen los míos en silencio acusador, su mano se cierra y señala las mías, que están carbonizadas. Choco contra el lavabo y el miedo me sacude varias arcadas mientras ella levanta su brazo y señala mi boca esta vez. Giro la cabeza hacia el espejo y desde el otro lado me sonrío con dedos en lugar de dientes.

jueves, 24 de junio de 2010

Cosas que hacer antes de morir

1. Viajar de mochila por todo el mundo.
2. Hacer la ruta 66 en una Aquila o una Harley.
3. Apuntarme a Green Peace.
4. Nadar con delfines.
5. Hacer paracaidismo.
6. Hacer parapente.
7. Hacer puenting.
8.
Hacer escalada.
9. Leerme todos los libros del mundo.
10. Ver todas las películas dignas de ver.
11. Escribir todas las historias y poemas y tonterías que tengo en la cabeza antes de que me explote.
12. Tirar aviones de papel con mensajes desde lo alto de cualquier edificio.
13. Hacer un blog.
14. Comprobar cuánto aguanto sin dormir.
15. Dormir hasta que me quede sin sueños después de haberlo comprobado.
16. Ver todas las óperas del mundo.
17. Tomarme un buen café en Starbucks.
18. Escuchar miles de historias de boca de la gente.
19. Ir a todos los parques de atracciones del mundo.
20. Interpretar al piano todas las obras escritas de la historia.
21. Tocar el piano.
22.
Tocar el saxofón.
23. Tocar el violonchelo.
24.
Tocar la armónica.
25. Tocar la guitarra.
26.
Besar la tumba de Oscar Wilde.
27. Darle un discurso a todos los políticos incompetentes.
28. Ver todas las obras de ballet del mundo.
29. Adoptar todos los perros que pueda.
30. Conocer en persona a todos mis escritores favoritos.
31. Montar a caballo.
32. Montar a caballo en la playa.
33. Hacer fotografías con una Canon.
34. Subir en un avión.
35. Tocar un piano de cola fuera de las cuatro paredes de mi conservatorio.
36. Hacer surf.
37. Bucear.
38.
Reunir una biblioteca personal muy amplia.
39. Apuntarme a Afanion.
40. Conducir una moto acuática.
41. Pintar un cuadro enorme con furia y sin sentido.
42. Llenar una calle de versos.
43. Reírme sin motivo.
44. Llorar sin motivo.
45. Tatuarme mi frase favorita en la espalda.
46. Visitar todos los museos del mundo.
47. Bailar bajo la lluvia cuando nadie me esté mirando.
48. Hacer el amor en la playa.
49. Estudiar filología hispánica.
50. Aprender italiano.
51. Volar una cometa.
52. Ir a todos los conciertos de mis grupos y músicos favoritos.
53. Bañarme desnuda en la playa en plena noche.
54. Mirar a los ojos a un psicópata.
55. Ir a alguna quedada de la casa roja.
56. Encontrar a mi media naranja.
57. Perder a mi medio limón.
58. Adoptar un niño de donde sea.
59. Publicar alguna de mis gilipolleces.
60. Improvisar Jazz.
61. Tocar música en grupo.
62. Dar conciertos.
63. Ver todos los animales del mundo.
64. Hacerme millonaria para comprobar que no lo necesito.
65. Salir por la tele.
66. Hablar por radio.
67. Dormir a raso en medio de la nada.
68. Encontrar todas las constelaciones
69. Hacer teatro.
70.
Subir al punto más alto del mundo.
71. Gritar desde el borde de un acantilado.
72. Cantar desde el borde de un acantilado.
73. Recitar un poema desde el borde de un acantilado.
74. Conocer a mucha gente.
75. Morir haciendo algo de esta lista.
76. Donar mis órganos (si quedan)
77. Enterrar mis restos (si quedan) en el Père-Lechaise.
78. Editar esta lista siempre que pueda.
79. Ampliar mis horizontes (sean los que sean)
80. Quemar esta lista e improvisar, que para eso está la vida.

sábado, 19 de junio de 2010

Casimiro Comino (II)
























—¿Cómo que te han despedido?
Casimiro Comino no levantó la cabeza de la mesa, a simple vista parecía que estaba avergonzado pero en realidad se entretenía contando los anillos que adornaban la madera. Su mujer siguió ladrándole, histérica.
—Veintitrés años, Casimiro, veintitrés años dejándote la piel en esa puñetera oficina, ganando una miseria para mantenernos a los dos y lamiendo culos para ir ascendiendo ¿y ahora te echan? ¡Qué coño has hecho, por el amor de Dios!
—Nada.
—Maldita sea, ¿te han echado por vago?
—No.
—¿Entonces?
Casimiro murmuró algo inteligible, avergonzado, con un sonido tan débil que se perdió bajo la corbata.
—¿Qué?
—Salí corriendo.
—¿Que hiciste qué?
—¡Salí corriendo, ¿vale?! —gritó— ¡En plena reunión me levanté y salí corriendo!
—¿Pero a dónde narices ibas?
Casimiro calló por un momento y miró por la ventana, perdiéndose entre el cielo encapotado de nubes y las gotas de lluvia que volvían a caer. Suspiró.
—A buscar mi libertad.
La mirada de ella se enterneció al instante y las cuatro arrugas de su frente se transformaron en una sola. Suspiró y se sentó enfrente de su triste marido.
—Escucha…—dijo con voz suave— tu libertad está aquí. Tu trabajo, tu familia…eso es todo cuanto necesitas para ser libre…
—No lo entiendes…
—No puedes salir corriendo en busca de algo que no existe y huir de tus obligaciones…
—No…
—¡Las quimeras no nos dan de comer!
—¡No, no, no! —Casimiro se llevó las manos a los oídos y cerró los ojos con fuerza, como un niño testarudo— ¡No lo entiendes! ¡No tienes ni idea!
—¡Sí tengo idea, Casimiro! Tengo mucha idea. Que ya son muchos años jugando a esto, por el amor de Dios, pon los pies en la tierra de una vez. El mundo no es como lo sueñas, no es como lo deseas: tienes que afrontar lo que él te ordena para sobrevivir.
—¡No quiero!
—¡Dios! ¿Pero qué demonios te pasa? Te comportas como un crío, estos últimos meses no has hecho más que tonterí…¿Casimiro?
Él ya no la escuchaba. Seguía con las manos en los oídos, pero había abierto los ojos y tenía la mirada perdida en la ventana, de su boca se descolgó un quejido con fonemas atrofiados. Allí estaba otra vez el agua lumínica de sus sueños, coronando las casas a lo lejos con un poder desmedido, como si se proclamara el rey del cielo.
—Arco iris…
—¿Qué?
Casimiro se levantó de la mesa precipitadamente, tirando la silla del impulso, que fue a dar contra una estantería repleta de vajilla de porcelana y adornos de cristal. El estruendo del impacto se entremezcló con el graznido de su mujer.
—¡Casimiro!
Pero él ni siquiera la escuchó, salió corriendo por el pasillo, arroyando todo a su paso y haciendo temblar las paredes a cada acometida contra las esquinas. Dejó la puerta abierta al salir y bajó los siete pisos que lo separaban de la calle por las escaleras, evitando de nuevo la parsimonia del ascensor. Saltaba con la agilidad de un muchacho de quince años pero la realidad de su cuerpo viejo y cansado chocó —y nunca mejor dicho— con los últimos once peldaños, que bajó rodando. Profirió un alarido y sus huesos crujieron al levantarse, luego rió, porque se sentía un poco más vivo, y salió a la calle.
Allí fuera los colores que se reflejaban en las gotas de lluvia brillaban mucho más, el arco iris se dibujaba más triunfal, si cabe, que la otra vez, y parecía que la curvatura de su sonrisa daba la vuelta al mundo para volver al punto de partida: los sueños de Casimiro. Echó a correr calle arriba por entre los coches, esquivando las personas e insultos que nacían a su paso, afilados y opresores. Pero Casimiro no los escuchaba, no les hacía caso, solo tenía oídos para la llamada de la libertad, solo tenía ojos para los colores de la felicidad. Y extendía los brazos al cielo para resguardarse de la monotonía, nadando hacia arriba, siempre hacia arriba, para escapar de la grisácea ciudad. Y gritaba, con todas sus fuerzas, para hacerse oír por encima, siempre por encima, de los insultos de la gente y los rugidos de las máquinas. Volvió a reír, volvió a brincar y volvió a sentir la libertad con cada bocanada de aire que tomaba. Y entonces… el arco iris desapareció.
Casimiro Comino gritó, se echó al suelo sollozando, golpeando el asfalto con los puños y maldiciendo su vida con toda su alma. La gente lo miraba al pasar con un rastro de cautela y una pizca de compasión, aunque nadie se acercaba a ayudarle. Se levantó malherido y volvió cojeando a su casa. Su mujer lo esperaba sentada en la mesa donde minutos antes habían discutido, en su mirada podía apreciarse la lucha interna que estaba llevando a cabo entre el odio y el cansancio. Sus labios denotaban tristeza cuando tomó aire profundamente y habló.
—Casimiro, quiero el divorcio.

sábado, 5 de junio de 2010

Esta noche




Esta noche ni la cama fría, ni las sábanas plegadas, ni la almohada húmeda son mías. Llevo semanas arrastrando tras de mí un cansancio seco y caliente que me ahoga los huesos y no me deja dormir, y me escuecen los ojos, y me tiemblan las piernas y oigo voces que gritan mi nombre y veo un millar de imágenes que atraviesan mis párpados aunque estén cerrados. Son insinuaciones de mis fantasmas, de mis temores que son arena y cal y saben a yeso, como el viejo vestigio de las horas repiqueteando por toda la habitación. Necesito romper ese reloj. Me levanto. Silencio.
Me visto con cuatro trapos que apenas siento caer contra mi piel y me pregunto si no sería mejor salir a la calle desnuda, si vendría siendo lo mismo. Mi perro abre un ojo y levanta una oreja, sabe que voy a salir y me sigue, como un compañero fiel que sustituye a las sombras de los cuerpos por saliva.
La noche me recibe con un abrazo fresco y un beso travieso. Me acaricia los brazos y la cara y decide arrastrarme por calles que están miserablemente vacías y oscuras, con cuatro farolas mal pintadas que no alumbran nada y un montón de árboles que van cantando mientras los pájaros duermen entre sus hojas de esparto. Hombres me miran al pasar, veo sus siluetas recortarse contra las paredes muertas. Me gritan, me echan palabras envenenadas y pegajosas que me repugnan, pero sus lenguas banales se desvanecen en mi cerebro al llegar, como la nieve al caer sobre la lluvia. Algunos me siguen durante varias lágrimas saladas, me atemorizan y me ponen a prueba un rato hasta que el humo de alquitrán y nicotina los acaba borrando de mi vista. Entonces me pregunto si al final no habré salido desnuda.
Cuatro cuarenta y ocho de la noche. Veo a mi musa, patética y hermosa a la vez, tirada en una esquina como una rosa hundida en el fango: ahí no pinta nada. La llamo, me mira con ojos vidriosos y me sonríe con dientes de disculpa, encogiendo los hombros. Le tiendo una mano para ayudarle a levantarse y ella me coge de la cintura y me planta un beso en los labios, que sabe a noche, que sabe a alabastro, que sabe a musa. Reímos las dos cuando me muestra una botella de contenido verde.
Y no sé encontrarme, no sé sentirme, no sé distinguirme del resto de luces de la ciudad; cuando vuelvo a mi cama sigue sin ser mía, yo sigo sin ser yo y sigo estando cansada y me siguen escociendo los ojos y temblando las piernas y sigo oyendo voces que gritan mi nombre. Pero escribo, lo transformo todo en palabras mientras el amanecer se cuela lentamente entre las cortinas, mi perro se tumba, mi musa ronca en el sofá, yo me quedo desnuda entre las sábanas y de mí salen mis miedos que, después de nada, solo son eso: palabras.

lunes, 17 de mayo de 2010

El antro (VI)

Conforme se fueron esfumando las madrugadas, se fueron moviendo sombras y apagando portazos, conforme se fueron vaciando botellas, llenando bolsillos y vaciando esperanzas, Mar se fue habituando al antro. No salió de la habitación lóbrega y viciada del proxeneta desde que llegó allí. Él ya la había comprado, y la retenía a su lado como un niño antojadizo que no quiere compartir su nuevo descubrimiento con nadie, ni siquiera con él mismo. Dejaba que se escurrieran entre sus labios los morfemas de la nueva vida a la que dio nombre: “Mar, mar, mar… sabes a él” decía. Y ella callaba mientras él le hablaba del mar, como si Alberti le hubiera poseído la boca, siempre el mar, con su oleaje de temperamento bravío, su marea de aterciopelada calma y su aroma a espuma salada; y entretanto ella recordaba su infancia, esas tardes infinitas con su hermano junto a la playa, el tacto de la arena entre sus dedos, el color anaranjado que el sol arrojaba sobre las nubes… Pero él nunca la dejaba enredarse en el exilio que su mente le tejía tan cuidadosamente —suprimiendo las partes malas de su pasado— y la llevaba irremediablemente a escuchar las crueles palabras que salían de su garganta ronca.
—Mar… Vuelve conmigo, estás ausente. ¿En qué piensas? Déjame escuchar tu voz alguna vez, háblame, bésame…no, mejor muérdeme, sé que me odias. Vamos, pequeña. No soporto esa mirada gris de brillo perdido, apesta a nostalgia. Sabes que esto es mejor que todo lo que has dejado atrás, has venido a mí porque ya no te quedaba nada; vamos… te estoy dando una oportunidad, aprovéchala y bésame, me lo debes.
Y ella, aferrada a su silencio, apartaba de su mente las preguntas de su pasado, las respuestas de sus recuerdos, y salía de entre las sábanas calientes de la cama para ponerse encima de él y morderle. Muy fuerte.
Era, ciertamente, como el mar: furiosa, ausente, salada, suave… pero cansada de estrellarse una y otra vez contra las afiladas rocas.

miércoles, 12 de mayo de 2010

La niña de la azotea se presenta


(Dos sujetos de dudosa procedencia dialogan mientras se columpian en medio de un prado casi vacío que desaparece en la nada)

SUJETO 1.— ¿Sabes qué?
SUJETO 2.— Qué.
SUJETO 1. Ayer conocí a una niña de lo más peculiar.
SUJETO 2.— ¿Sí?
SUJETO 1.— Sí. Vive en la azotea de un edificio recientemente antiguo, con el suelo hecho de un cristal lo bastante duro como para que no se rompa pero lo suficientemente ligero como para que flote en el aire.
SUJETO 2.— ¿En serio?
SUJETO 1.— En serio. Ese lugar no es igual a nada que hayas podido ver antes. Allí el cielo tiene dos formas.
SUJETO 2.— ¿Dos?
SUJETO 1.— Sí. En una mitad es de día siempre, pero el sol es de fuego tenue porque a la niña no le gusta cegarse cada vez que lo mira; y en la otra mitad se pasea la noche, con estrellas pequeñitas y rechonchas pegadas como mocos en la bóveda celeste, y en medio, una luna brilla dulcemente para no despertar a nadie con todas sus fases al mismo tiempo.
SUJETO 2.— ¿Una luna con todas sus fases al mismo tiempo?
SUJETO 1.— Te lo juro, todas las caras al mismo tiempo…claro, que es una forma de hablar, porque allí no existe el tiempo.
SUJETO 2.— ¿No?
SUJETO 1.— No. Para la niña es absurdo así que lo eliminó. ¿Verdad, niña?
NIÑA.— Verdad.
SUJETO 2.— Increíble.
SUJETO 1.— ¿Verdad que sí? Tampoco come nada, ni duerme, no lo necesita; me dijo que renunció a todas sus necesidades corporales y materiales pero no renegó de su cuerpo para poder seguir sintiendo.
SUJETO 2.— ¿No es un ente etéreo como nosotros?
SUJETO 1.— Para nada, es de carne y hueso. Renegó de todas esas cosas porque dice que son rutinarias, y ella odia las rutinas. Pero puede comer si quiere por el puro placer de saborear un helado, por ejemplo, o dormir por el mero placer de soñar. Vaya, que todos son placeres en su azotea.
SUJETO 2.— ¿Y no se aburre de estar sola ahí arriba?
SUJETO 1.— ¡Qué va, si no está sola! Me contó que con ella viven dos personas. En la zona del día hay un niño que siempre está allí jugando, al parecer adora a la niña y siempre juega con ella.
SUJETO 2.— ¿Y la otra persona?
SUJETO 1.— Vive en la zona de la noche. Es un hombre al que le gusta mucho beber y contar historias. La niña me dijo que es tremendamente enigmático.
SUJETO 2.— ¿Y no juega con ella?
SUJETO 1.— Sí… pero ellos juegan de otra manera, como lo haría la noche. Pero calla, que no te he dicho lo más increíble. ¿Sabías que en esa azotea puede haber de todo?
SUJETO 2.— ¡No jodas!
SUJETO 1.— Lo que oyes. Al parecer la criatura tiene una imaginación desmedida y todo lo que pasa por su cabeza se materializa al instante. Eso sí, cosa extraña: todo lo que crea es pero no es.
SUJETO 2.— ¿Cómo es eso?
SUJETO 1.— Siendo. Todo su mundo tiene sentido y referencia pero carece de nombre.
SUJETO 2.— ¿No le pone nombre a nada?
SUJETO 1.— No le da la gana. Dice que vaya una gracia eso de ir por ahí etiquetando cosas y desvelando misterios, que le quita el encanto.
SUJETO 2.— ¿Entonces cómo llama a sus cosas?
SUJETO 1.— Cosas.
SUJETO 2.— Fascinante…
SUJETO 1.— Es imposible salir de allí indiferente. Su azotea es una suerte de mundo utópico en la que todos se creen reales…
SUJETO 2.— Espera.
SUJETO 1.— ¿Qué?
SUJETO 2.— Nosotros somos entes.
SUJETO 1.— Sí.
SUJETO 2.— Estamos materializados no como materia pero sí como entidades pensantes.
SUJETO 1.— Sí.
SUJETO 2.— Y estamos aquí columpiándonos en medio de ningún lugar mientras damos a conocer a esta cría.
SUJETO 1.— Ahá.
SUJETO 2.— Yo me creo real, ¿y tú?
SUJETO 1.— También.
SUJETO 2.— Y no tenemos nombre.
SUJETO 1.— Oh…
SUJETO 2.— Exacto. Podríamos ser una creación suya…
SUJETO 1.— Podríamos serlo.
SUJETO 2.— Qué locura. ¿Pero todo esto que me estás contando es verdad?
SUJETO 1.— Te lo juro. Cuando la conocí vivía en una azotea enorme con cielo bipolar y un montón de cosas sin nombre. Y era una niña… al menos hasta que la llamaron sus padres para cenar.
SUJETO 2.— ¿Qué?
SUJ…
NIÑA.—
¡Maldita sea! (Cabreada deja la pluma sobre el cuaderno y sale corriendo de su habitación) Voooooooooy.

(Vuelta a la realidad. Ya no es una niña)


Nota: He aquí la presentación de la niña de la azotea. Su historia irá apareciendo en pequeñas escenas inconexas entre sí que giran alrededor de un mundo utópico en el que no existe ni el materialismo, ni la rutina, ni los imposibles; creo que todos tenemos un pequeño mundo así dentro de nosotros. Este, sin duda, es el mío: el de una niña que no es niña.
Espero que os guste.

viernes, 30 de abril de 2010

Las uniones posibles

La desparramada rosa imprime gritos en la nieve. Caída de la noche, caída del río, caída del día. Es la noche, amor mío, la noche caliginosa y extraviada, hirviendo sus azafranadas costumbres en la inmunda cueva del sacrosanto presente. Maravillosa ira del despertar en la abstracción mágica de un lenguaje inaceptable. Ira del verano. Ira del invierno. Mundo a pan y agua. Sólo la lluvia se nos dirige con su ofrenda inimaginable. La lluvia al fin habla y dice.
Meticulosa iniciación del hábito. Crispados cristales en jardines arañados por la lluvia. La posesión del pretendido pasando, del pueblo incandescente que llamea en la noche invisible. El sexo y sus virtudes de obsidiana, su agua flamante haciéndose en contra de los relojes. Amor mío, la singular quietud de tus ojos extraviados, la benevolencia de los grandes caminos que acogen muertos y zarzamoras y tantas sustancias vagabundas o adormiladas como mi deseo de incendiar esta rosa petrificada que inflige aromas de infancia a una criatura hostil a su memoria más vieja. Maldiciones eyaculadas a pleno verano, cara al cielo, como una perra, para repudiar el influjo sórdido de las voces vidriosas que se estrellan en mi oído como una ola en una caracola.
Véate mi cuerpo, húndase su luz adolescente en tu acogida nocturna, bajo olas de temblor temprano, bajo alas de temor tardío. Véate mi sexo, y que haya sonidos de criaturas edénicas que suplan el pan y el agua que no nos dan.
¿Se cierra una gruta? ¿Llega para ella una extraña noche de fulgores que decide guardar celosamente? ¿Se cierra un paisaje? ¿Qué gesto palpita en la decisión de una clausura? ¿Quién inventó la tumba como símbolo y realidad de lo que es obvio?
Rostros vacíos en las avenidas, árboles sin hojas, papeles en las zanjas: escritura de la ciudad. ¿Y qué haré si todo esto lo sé de memoria sin haberlo comprendido nunca? Repiten las palabras de siempre, erigen las mismas palabras, las evaporan, las desangran. No quiero saber. No quiero saberme saber. Entonces cerrar la memoria: sus jardines mentales, su canto de veladora al alba. Mi cuerpo y el tuyo terminando, recomenzando, ¿qué cosa recomenzando? Trepidación de imágenes, frenesí de sustancias viscosas, noches caníbales alrededor de mi cadáver, permisión de no verme por unas horas, alto velar para que nada ni nadie se acerque. Amor mío, dentro de las manos y de los ojos y del sexo bulle la más fiera nostalgia de ángeles, dentro de los gemidos y de los gritos hay un querer lo otro que no es otro, que no es nada…



sábado, 24 de abril de 2010

Despierto.

La
peor
pesadilla
del
hombre
es
su
despertar.









Frío. La habitación está en penumbra a excepción del capricho de las luces y sombras azuladas que vomita el televisor; en su pantalla no hay imágenes, sólo nieve. Y ya no sé si es noche o madrugada lo que hay tras esa ventana. El viento furioso e inclemente del invierno golpea los cristales con la determinación de un cleptómano que quiere entrar para robar letargos, y las ramas de los árboles arañan el cielo con una canción semejante al crepitar del fuego. Me levanto del sufrido sillón al compás del crujir de un tropel de huesos y apago el televisor. El silencio que le sigue es ruido ensuciado para mis oídos.
El termostato marca 23 grados, golpeteo la pantalla con el dedo pero no está roto, a mis espaldas Bóreas silba una grotesca melodía con burla. Me arrastro hasta mi cuarto con pesadez y me apoyo en el quicio de la puerta para observarla. Duerme, serena y bella en su lado de la cama, con la inocencia de una niña que no sabe nada del mundo en el que vive y la tranquilidad del que vive sabiéndose inocente del crimen del mundo. La ciudad casi no deja ver las estrellas en el firmamento, pero hay luna llena y sus rayos se escurren entre el polvo y el cristal de la noche. El haz blanco de luz acaricia su silueta sin tocarla, dibujando el contorno de su pecho, la ternura de sus caderas y la curvatura suave de su espalda. Las sábanas se enredan entre su aliento y consiguen retratar el movimiento acompasado de su respiración sin estropearla.
La cubro con una manta tratando de no despertarla y me echo a su lado con cuidado. Ella se mueve y sin abrir los ojos suelta todo el aire en un suspiro. Por la expresión de su cara parece que esté teniendo una pesadilla. Murmura algo que no logro comprender.
—Cariño, vuélvete a dormir —le digo mientras le aparto un mechón de la cara.
Abre los ojos y me mira perdida. Le brillan las pupilas.
—Tengo frío —susurra de nuevo— No te vayas.
—Estoy aquí.
La abrazo. Está tibia pero tiembla. Cuando se vuelve a dormir hundo mi nariz en el perfume de su pelo, cierro los ojos, y me abandono yo también al sueño…


*****


Despierto.
El viento sacude las ventanas sin tregua. Son las cuatro y once minutos de la noche y los ojos me pesan como si no hubiera dormido nada.
Frío. Ella está inmóvil entre mis brazos. Me separo de su cuerpo y la contemplo dormir. Callo y no escucho más que a Bóreas gritar. Miro y no veo más que su piel de alabastro recortarse contra las sábanas, que ya no se mueven al compás de su respiración. Pongo mi mano en su hombro y la llamo. Fría. No contesta. Le doy la vuelta, su cuerpo rueda por inercia hacia mí y sus ojos abiertos me atraviesan sin ver. Ya no le brillan las pupilas…

viernes, 23 de abril de 2010

Libro, te quiero.




No leo por leer, ni dejo que me den gato por libro. Desconfío de los libros que maúllan hinchando el lomo, engatusándome con su piel o su rústica. Recelo también de los libros que me aúllan como lobos, entre manadas de Premios y floripondios. Si al llegar a la décima página (quizás hasta la duodécima) no me he metido de cabeza y de corazón en lo que me está contando, abandono toda esperanza.
Pero si dentro del libro, y de mí, empiezo a descubrir un paraíso flotante entre el oleaje de palabras, si ahí encuentro el sosiego que me faltaba, el alivio de mis miserias; si el libro aviva mi ingenio, como decía el señor Miguel (de Cervantes); si me complace hacer y rehacer lo andado, a mi aire, paseando por el significado de un texto pero también leyendo entre líneas para descubrir lo no escrito, no hace falta que nadie me diga más: voy por buen camino.
Dicen que los autores, por más obras que publiquemos, siempre escribimos el mismo libro. Quizás. Sólo sé que un mismo libro se convierte en tantos libros distintos como lectores tenga. Cada cual lo reescribe al leerlo. Y mi Gaznápira, por hablar en familia, o Madame Bovary, o la Aldonza manchega se parecen poco a las que “reescribirán” otros lectores cuando se las encuentren al abrir las páginas donde habitan.
Y además, cuando vuelvas a leer ese libro muchos años después comprobarás que tampoco es el mismo que recordabas. Tú también habrás cambiado y si has seguido enviciado con la adicción a la lectura, eligiendo bien y leyendo mejor, serás más sabio o sabia, más interesante, más persona y, probablemente, más feliz.
Por eso, escoge cada libro como quien elige un amor. Si aciertas, gózalo. Y si te falta, otro te espera. Y otro…






Andrés Berlanga










Yo no podría haberlo dicho mejor.

Hoy es un día especial: he tenido el honor de recibir dos primeros premios en certámenes literarios y he agrandado mi pequeña biblioteca con Isabel Allende, Paulo Coelho, Hannah Tinti, Ángela Becerro y Pizarnik. Y mientras escribo esto la voz de Fito, que está a ciento cincuenta metros de mí, se cuela por mi ventana.
Hoy hay magia en las calles, hay rosas en las manos, hay millones de palabras en el aire.
Y libros, y libros y más libros.
Debería ser el día del libro todos los días.

Feliz día, escritores.
Feliz día, lectores.
Feliz día, libros.





lunes, 12 de abril de 2010

Ya no te quiero




Fuera, cariño, cabrón.
Aléjate de mí.
Ya no te quiero.
Ya no me quiero.
La última vez que te vi
fue a través del cristal
de la ventana
de la esquina
de mi casa;
te mírame,
me mírote,
y nos escupimos
un hasta nunca.
Y en las perlas
de nuestra saliva
brillaba
un te recuérdame de ti,
y un me olvídate de mi.
Pero el te quiero
no estaba.
No lo queríamos,
no lo odiábamos.
Simplemente moría
agazapado
en las paredes oxidadas
del rincón
de las vísceras
del nosotros.

Fuera, mi vida, bastardo.
Aléjate de mi.
Que se te envenene
el sexo
si me llamas,
que se te caigan
los ojos
si me miras,
que se te jodan
las entrañas
si me piensas.
Ya no quiero
tus besos
que fueron lluvia
que fueron fuego
que fueron nada
y lo fueron todo.
Ya no quiero
tus palabras,
ni tus silencios,
que se clavaron
en mi alma podrida.
Ni quiero
tus caricias
en el mapa
de mi piel,
ni esa arruga
tuya
casi imperceptible
que dejaste
en el pico
de las sábanas
del extremo izquierdo
de la cama
de mi yo.
Ya no quiero
tus miradas
de plástico,
o amor,
o miedo,
o lujuria,
o dulzura,
o mierda.
Ni quiero
tu olor,
no lo quiero,
pero se me ha quedado pegado
en cada fibra
del tejido
de la tela frágil
de la ropa
de mi ser.

Fuera, amado, imbécil.
Ya no te quiero.
Ya no me quiero,
Porque me recuerdo a ti.
Porque soy todo
lo que dejaste:
nada.
Porque ahora soy tú,
y de mí…
reniego.

jueves, 8 de abril de 2010

No me llames perfecta.



Me levanté de su lado y me dirigí a la ventana. Estaba amaneciendo, una ligera brisa sonrosada besaba las cortinas y mis piernas desnudas. Él estaba tendido en la cama, mirándome fijamente. Una leve sonrisa curvó sus labios cuando me senté en el alféizar.
—¿Qué? —le pregunté.
—Nada —sus ojos oscuros brillaban, sonrió aún más—. Que eres perfecta.
Con la frente apoyada contra el frío cristal, contemplé a la gente pasar durante unos segundos. Luego me dirigí a él.
—¿Sí? Entonces…—le di una calada a mi cigarro y dejé que el humo se escapara con el aire— entonces es que me falta algo.





¿No crees?

miércoles, 31 de marzo de 2010

El antro (V)



Ella cerró los puños con fuerza y enredó entre sus dedos las mangas de aquella camisa mojada que tan grande le quedaba, que despertaba en ella recuerdos inflamables. Respiró hondo, ligeramente mareada; la tela se le pegó más a la piel reclamando una identidad propia y no aquel cuerpo tembloroso y exiguo lleno de huesos. Él siguió con la mirada las gotas de lluvia que caían sobre la alfombra, bajó la mano por la mejilla de la joven hasta llegar a los labios, los selló levemente con el pulgar y siguió descendiendo. Dibujó con una caricia áspera el contorno de su barbilla y su cuello, repasó la forma de sus clavículas y se detuvo en el primer botón de la camisa. Lo desabrochó. Y siguió bajando. Botón tras botón. Recuerdo tras recuerdo. Sueño tras sueño. Se volvió a detener en su cintura, jugueteó con el antepenúltimo botón y, con una sonrisa en la mirada, desgarró la tela.
Ella se sobresaltó. Se agarró al pico de la mesa con una mano y contuvo la respiración. Pero no se cubrió ni tuvo intención de hacerlo en ningún momento. Completamente desnuda, aguantó la mirada de su dueño con una calma rota mientras él se acercaba y la besaba.
—Sabes a salitre —dijo.
Ella no contestó. Cerró los ojos cuando él fue descendiendo de nuevo por su cuello, esta vez con la lengua y no con las manos; divertido como un niño al que le han traído un juguete nuevo. La cogió por las muñecas y la tumbó contra la mesa. Los vasos cayeron al suelo y el coñac se derramó sobre la camisa desgarrada y el agua fría. La siguió besando, lamiendo, mordiendo como un perro sediento contra la sufrida madera. Luego la soltó, retrocedió varios pasos y la contempló derrumbada.
Los primeros rayos del amanecer empezaban a colarse entre el polvo y el esqueleto de las persianas, envolviéndolo todo en un naranja pálido, en un color y una nota a los que nadie puso nombre antes porque nunca antes fueron. La joven yacía morena y de nácar, con sus pequeños pechos sacudidos por la respiración entrecortada; el vientre liso hundido, cuatro costillas a cada lado, ojos verdes perdidos en el techo.
—Dulce y salada al mismo tiempo —murmuró él— Te llamaré Mar.
Cogió la camisa empapada en cristales rotos de alcohol y se la lanzó a la muchacha. Luego salió de la habitación dando un portazo.

jueves, 25 de marzo de 2010

Casimiro Comino (I)



















Aquel era uno de esos días en los que se rompe el cielo y no para de llover. La ciudad respiraba con pesadez, grisácea, como una de esas víctimas del sobrepeso; acuchillada por el humo de los coches y el plomo de las nubes bajas.
Casimiro Comino observaba el espectáculo pluvial por encima de un montón de papeles, suspirando cada seis por cinco con aire ausente y tierra mustia; mientras a su lado un tipo que no recordaba haber visto en su vida hablaba sobre algo de la caída económica de la empresa, déficit de ganancias, decía. El resto escuchaba con interés, siguiendo varios gráficos colgados en la pared, tomando nota o cavilando. Entre ellos Casimiro se sentía como un estúpido caballero más de la mesa cuadrada, defendiendo el reino de los aburridos con traje y corbata, reuniones importantes y maletines llenos de burocracia. Aborrecía la burocracia.
Con un suspiró dejó el blablabla del tipo a un segundo o cuarto plano y ordenó sus papeles, por hacer algo. Releyó su propuesta y le pareció la mayor gilipollez que había escrito en su vida, entrecerró los ojos cuando vio un barquito dibujado en un borde del papel. ¿Cuándo había hecho eso? Cogió su pluma —una Watermann para firmas burocráticas importantes, por supuesto, en esa puñetera oficina todo era ampulosamente importante— y empezó a garabatear en la esquina opuesta otro barquito hundiéndose. “Nuestra empresa” escribió debajo. Su jefe carraspeó mosqueado.
—Comino. Su propuesta.
Casimiro alzó la vista sobresaltado. Todos lo miraban en silencio, a la espera de que hablara. Se levantó a regañadientes y al hacerlo, sus ojos se escurrieron entre las miradas críticas de su compañero y acabaron posados en la ventana de nuevo.
Entonces lo vio, y se le paró el corazón por un instante. Sólo un instante, al medio segundo latía como un animal enloquecido, desviviéndose por bombear sangre.
Había dejado de llover, el sol se abría paso entre algunas nubes… y allí estaba él, brillando a lo lejos, abrazando el oxígeno, besando los rascacielos. Reflejo de luz y agua, abanico de colores…
—Arco…iris —murmuró Casimiro con la mirada perdida.
—¿Perdón?
Pero Casimiro ya había dejado caer los papeles al suelo y saltaba por encima de la mesa en dirección a la puerta. Corrió como un loco por los pasillos mientras empujaba a todos los que se ponían por delante, derrapando en las esquinas con sus zapatos italianos y derramando cafés y papeles que volaban por doquier. Después de llegar al ascensor y comprobar que por romper su dedo contra el botón de llamada el cacharro no llegaría antes, se lanzó por las escaleras, saltando los peldaños de tres en siete. Le reventó las narices a un hombre cuando abrió la puerta que daba a la calle y miró en todas direcciones, desesperado, ignorando los gritos de aquellos que dejaba a sus espaldas. Entonces lo volvió a ver, al nordeste, coronando los edificios con su arco triunfal. Corrió riendo en aquella dirección, como un loco, como un niño, como un niño loco, con los brazos extendidos hacia el cielo y las manos completamente abiertas; se quitó la chaqueta y la tiró tras de sí, sin detenerse en ningún momento. También se deshizo de aquella corbata que le regaló su mujer hace años, aquella que tanto le gustaba a ella y le asfixiaba a él. La estampó contra el asfalto sin miramientos.
Esquivó coches y personas durante once calles, extasiado con la idea de alcanzar su arco iris, cuando de pronto el sol desapareció entre las nubes… y con él, su sueño.
Casimiro Comino gritó y cayó de rodillas en medio de la calle con lágrimas en los ojos. La ciudad se volvió a colorear de gris y las nubes lo envolvieron todo con su embarazo de agua. Los coches pitaban y otros caballeros de mesas cuadradas y trajes y corbatas agitaban el puño, culpando al pobre hombre de la ruptura de sus rutinas.
Casimiro se levantó y volvió resignado a su trabajo. El edificio entero era un caos de papeles y café derramado. La gente corría de un lado para otro, algunos se detenían a su paso y lo miraban con cautela o miedo, odio en el caso del de las narices reventadas y los derribados. Su jefe lo estaba esperando con los brazos cruzados y la mirada fría. Sus palabras fueron directas y cortantes.
—Comino. Está despedido.

domingo, 21 de febrero de 2010

La Noche




La Noche… siempre la Noche.
Sobrevuela ciudades y campos como un cuervo que se sabe enjaulado al amanecer; y aunque lleve surcando el mismo cielo desde mucho antes de que naciera el Sol, jamás ha volado ni volará del mismo modo.
La Noche es anciana, frenética, excitada y joven.
Y cuando llega todos los ancianos se vuelven frenéticos, excitados y jóvenes.
Yo me conformo con ser joven y parecer mayor, excitada y frenética.

De mi espejo se descuelga una sonrisa cuando sale el cuervo, de mis pulmones aparece un suspiro cuando entra el humo. Escapo yo también de mi jaula diurna y cambio los libros de texto por literatura, los pantalones por medias, las ojeras por rímel, el bolígrafo por un cigarro. Y bajo a la calle con mi amiga Noche a ver qué sorpresa me tiene preparada hoy. Nunca se sabe por dónde va a venir, si me va a vender al peligro, me va a ofrecer dulzura o tan solo encontraré agua y paja. A veces acabo mezclándome con la música de un concierto, últimamente más que nunca. Veo su rostro entre las botellas de la barra, sus ojos que me miran y su media sonrisa que me ofrece…¿qué? ¿dulzura o peligro? Tiene cara de llamarse Sara, o Vanesa… Algún día me lo dirá pero seguro que con tanto ruido no la oiré y la llamaré Carmen, o la chica de los conciertos…
Y por detrás me sonríe también un hombre, pero ese tiene cara de llamarse idiota.

En verano acabo con una brújula en la mano y un libro de astronomía en la otra. Me alejo todo lo que puedo de la ciudad y las luces siguiendo la línea del mar. Retozo en la arena, que entonces es suave y fresca como una sábana en invierno y miro al cielo hasta que me da tortícolis. Es como estudiar anatomía nocturna. A la Noche ni siquiera le avergüenza eso, desfila con elegancia por la exosfera y aunque lo cubra todo con su vestido de estrellas jamás podrás llamarla gorda. Su hermosura me anima a bañarme desnuda en el mar tranquilo y oscuro, a excepción de la espuma de las olas y el camino en plata que señala la luna. Sí, la Noche es una anciana frenética, excitada y jóven que tiene sobre el labio un brillante lunar del tamaño de un satélite. Y le sienta mejor que a Marilyn Monroe a mi humilde entender.

La Noche ante todo es extraña. Todo es extraño cuando son las cuatro de la mañana y hay cristales en los párpados que no te dejan pegar ojo e ideas disparatadas que no te dejan soñar. No sé qué es peor. En ambos casos acabo aquí escribiendo.
Yo creo que fue una noche como ésta en la que Satie compuso sus Gnossiennes, la gente lo llamaba loco porque a veces no ponía ni compás ni tonalidad en las partituras. He tenido el placer de interpretar al piano —en esas tardes aburridas y largas que no parecen terminar nunca— dichas partituras imposibles; y su sonido cadencial, extravagante y dulce agitaba al cuervo de la jaula. Por eso creo que no estaba loco, solo escribía para la Noche, como yo. Escribía obras frenéticas, excitadas y jóvenes.

Disparates, dicen. Que digan, que digan.

Son esos contrasentidos los que atraen a la musa como si fuera una perra en celo. Muchas veces tarda en aparecer (a saber dónde estará), pero al final acaba llamando a la puerta justo después de que yo abra la nevera y me encuentre con que solo hay un montón de mariposas congeladas al vuelo. A mi musa le encanta las enajenaciones de los hambrientos en plena vigilia. También es extraña, por eso se lleva tan bien con la Noche. Se llevan tan bien que ambas me ponen los cuernos desde hace diecisiete años.
La verdad es que lo entiendo.

La Noche… Siempre la Noche. Arrebatadora… Siempre arrebatadora.

Creo que alguien debería decirle que no hay prisa. Porque va por ahí seduciendo musas, frenética y extasiada; como si el amanecer la fuera a encerrar en una jaula, como si se le hubiera olvidado que en realidad seguirá sobrevolando el firmamento con su vestido de estrellas y su increíble lunar en la otra mitad del mundo. Seguirá poniéndome los cuernos en la otra mitad del mundo. Seguirá inspirando a locos en la otra mitad del mundo. Seguirá desnudándose en la otra mitad del mundo. Seguriá seduciéndome en la otra mitad del mundo. Claro que si lo supiera no sería una anciana frenética, excitada y joven…
No sería Noche.

lunes, 15 de febrero de 2010

El antro (IV)

—¿Cómo te llamas?
Ella permaneció silente pero con la mirada congelada y fija en las retinas envenenadas del proxeneta. Él fingió un gesto de sorpresa y se reclinó en su vieja butaca, sonriendo.
—Oh, ya veo —dijo— no tienes nombre.
Se levantó con esfuerzo y rodeó la mesa hasta situarse a un metro de la joven.
—No, espera, lo tienes, pero no lo quieres. Forma parte de tu pasado, ¿verdad? Es para ti una palabra gastada de dolor, un hervidero de recuerdos, de esos que queman. Porque un nombre…un nombre solo cobra significado cuando alguien lo pronuncia, ¿no crees?
Con parsimonia cogió una botella de coñac y la abrió. Pegó su nariz al vidrio y olió con placer el fuerte licor, dejando una pequeña huella de vaho en el cristal.
—¿Quieres? —sin esperar respuesta sirvió dos vasos y le tendió uno a la muchacha— tranquila, no mata —sonrió— al menos no mucho.
Ella siguió sin decir nada, bajó la mirada al fondo de su vaso y después la dirigió al vaso de él, cuyo contenido se agitaba como las olas de un mar embravecido chocando contra su garganta. Dejó de beber y con un fuerte suspiro y los ojos brillantes continuó hablando.
—Apostaría todas esas putas que tengo ahí abajo a que tu nombre ha sido pronunciado demasiadas veces. Por eso huyes, ¿no es así? Huyes de tu vida, de tu nombre, de su significado y de todos aquellos que lo pronunciaron. ¿Qué has hecho, niña mala? ¿Te juntaste con quien no debías? —riendo— Sí…sí. Conozco a muchas que han pasado por lo mismo: Marta, Lola, Ana… pero todas tienen nombre, se lo puse yo. Este lugar es maravilloso, ¿eh? Entras acojonada, sin nombre, sin pasado, sin nada ni nadie, casi desnuda —le acarició una mejilla, ella se estremeció al contacto de sus ásperas manos— mojada… Y sales de aquí con un bonito nombre, un trabajo y…Bueno, muñeca, para qué engañarnos. No sales.

miércoles, 13 de enero de 2010

Doscientos cuatro meses, ochocientas ochenta y siete semanas, seis mil doscientos nueve días y ciento cuarenta y nueve mil dieciséis horas.




Cuando Jano me abrió la puerta que da a la vida lo primero que hice fue joderle la marrana a la señorita superstición. Muere, superstición, muere. Luego me di cuenta de que perdí por el camino mi glándula tiroidea y otros órganos de poca importancia como la cordura y la razón. Y aunque a partir de entonces mi vida ha sido un completo sturm und drag, he de decir que he pasado doscientos cuatro meses, ochocientas ochenta y siete semanas, seis mil doscientos nueve días y ciento cuarenta y nueve mil dieciséis horas de la hostia.



Gracias, mundo.