Tal es, en resumen, esta vida bohemia.

Vida de paciencia y valor, en la que sólo puede lucharse revestido con una resistente coraza de indiferencia a prueba de necios y envidiosos, en la que no se debe, si no se quiere tropezar en el camino, abandonar ni un solo instante el amor propio, que sirve de bastón de apoyo; vida encantadora y terrible, que tiene sus victorias y sus mártires, y en la que no debe penetrarse más que cuando se está dispuesto a padecer la implacable ley del vae victus.
H. M

viernes, 30 de octubre de 2009

El antro (II)

El vestíbulo estaba teñido de sombras apagadas y humo rojo. Al fondo, tiradas como
colillas aplastadas, estaban las putas. Sonreían desde sus cojines con los labios manchados de carmín, los ojos hinchados y el pelo suelto; falsas, pero no mentirosas, desempeñaban su pantomima con una maestría teatral. Le dedicaban a cada cliente una mirada de deseo envilecida de rímel, curvando los labios en una sonrisa pícara con la misma naturalidad que utilizaban para respirar. Algunas fumaban o le daban pequeños sorbos a sus copas de Gin-tonic, otras rodeaban con sus largas piernas las cinturas de los ansiosos clientes, que pagaban generosas cifras por un poco de juego antes de subir a las habitaciones.

Sea como sea todos se quedaron mirando con curiosidad a aquella joven que llegó empapada, cubierta únicamente por una camisa blanca que se le pegaba a la piel como un manto de plumas. Se perdieron en sus ojos lacerados, que atravesaban con frialdad todo cuanto veían, y se encontraron un poco más abajo, deseando aquel vientre liso que desembocaba en una cadera tierna y delicada. La primera en reaccionar fue una mujer ya entrada en años, que devolvió a las prostitutas a su trabajo de un gesto seco, se acercó a la recién llegada y cogiéndola por el mentón con sus ásperos dedos, la estudió minuciosamente. Ésta se estremeció al primer contacto, pero luego su cuerpo se relajó y afrontó la mirada de la mujer con falsa indiferencia.
Sin mediar palabra, la mujer dio media vuelta y subió las escaleras; la joven la siguió, silenciosa, dejando tras de sí un reguero de agua.

domingo, 18 de octubre de 2009

¡Brazos abajo, esto es un materialismo! (II)

SEGUNDO ACTO

(Del otro lado de la calle aparecen los faros de un coche policía. Linda y los tres ancianos se vuelven a mirarlo, expectantes)

JUACHO TACORTTA.— Hombre, ya iba siendo hora de un poquito de autoridad.

(El vehículo se detiene frente a ellos y de él baja un policía, ya bien entrado en la cuarentena, de pelo cano y ojos muy separados)

AGENTE.— A ver, ¿qué pasa aquí?
LINDA.— Unos desgraciados me han robado el bolso.
EVERARDO.— Y el brazo.
SEBERINO.— Esta juventud…
AGENTE.— (dirigiéndose a Linda) ¿Ha visto cómo eran los ladrones?
LINDA.— Por supuesto. Unos cabrones.
SEBERINO.— Jóvenes.

(Los tres viejos irrumpen en carcajadas)

LINDA.— ¡No tiene gracia!
AGENTE.— A ver, señores, por favor. Guarden silencio. Está hablando la señorita (suspirando) ¿Vio usted cómo eran los ladrones físicamente?
LINDA.— (irónica) ¡Claro! Pude vislumbrar sus caras por una décima de segundo con los superpoderes de estos ojitos (señalándose ambos ojos)
AGENTE.— ¿Es eso sarcasmo?

(los viejos ríen)

LINDA.— (Arrogante) ¿Se toma usted todas las drogas que requisa, señor agente?

(Los viejos empiezan a ahogarse de la risa. Al agente se le ha marcado una vena en la sien derecha, a todas luces es un signo de rabia.)

LINDA.— Llevaban casco.
AGENTE.— ¿Casco?
LINDA.— Sí, esos cacharros que te pones en la cabeza para ir en moto.
AGENTE.— Sé lo que es un casco, gracias. Así que iban en moto…. ¿pudiste ver la matrícula?
LINDA.— A la velocidad del rayo, oiga. Además con la maravillosa memoria que tengo…
AGENTE.— ¿Es eso ironía otra vez? Señorita tendré que pedirle que deje de hacer eso.

(Los viejos se tronchan. El agente está cada vez más cabreado)

AGENTE.— ¿Y eso? (señalando el brazo que Linda sostiene en la mano)
LINDA.— Mi brazo.
JUACHO TACORTTA.— Se lo han arrancado del tirón.
EVERARDO.— Los muy bestias.
SEBERINO.— Esta juventud…
LINDA.— ¡Callaos de una jodida vez! Lleváis toda la noche igual, maldita sea. Que si me han arrancado el brazo, que si me han robado el bolso, que si soy una maleducada, que si Dios que lo fundó. Yo solo quería correrme una juerga esta noche. Salir a emborracharme, de bar en bar, de esquina en esquina. Acabar apestando a alcohol, a tabaco y a colonia de hombre. O de mujer, qué más da. (Agita su brazo arrancado en el aire, furiosa) ¡Yo solo quería ser la reina! ¡Y ahora estoy en una puñetera calle sin nombre, con tres viejos imbéciles y un criado de la pasma, sin bolso, sin móvil, sin carné, sin llaves y sin nada! (gritando) ¡Joder!
AGENTE.— Señorita tendré que pedirle que se calme.
LINDA.— ¡No me da la gana!
JUACHO TACORTTA.— Cuidado que revienta.
SEBERINO.— ¿Pensabas hacer todo eso, criatura?
AGENTE.— ¿Eres mayor de edad?

(Se hace el silencio. Linda cierra los ojos)

LINDA.— Sí…
AGENTE.— Enséñeme su carné de identidad, por favor.
LINDA.— ¡Iba en el jodido bolso!
JUACHO TACORTTA.— Aquí se arma…
AGENTE.— Lo siento señorita, pero se tendrá que venir conmigo.
LINDA.— Ni hablar.
SEBERINO.— Uy, uy uy…

(Linda sale corriendo, pero con los tacones de las botas no llega muy lejos. Le tira el brazo arrancado al policía cuando éste la alcanza)

AGENTE.— Eso es agresión a la autoridad (Saca las esposas pero no sabe cómo inmovilizar el único brazo de la joven. Al final opta por poner un aro en la muñeca y llevar el otro en la mano como si de un perro se tratara)
LINDA.— ¡Suéltame, sucio mono!
AGENTE.— (Arrastrando a Linda) Tiene derecho a guardar silencio, todo lo que diga podrá ser utilizado en su contra.

(Se alejan los dos, el agente cabreado, la joven gritando. Aún cuando se cierra la puerta del coche se pueden escuchar los improperios de ella. Desaparecen al final de la calle, como los ladrones)

JUACHO TACORTTA.— Ahí va la reina de la noche.
EVERARDO.— Sin brazo
SEBERINO.— Sin bolso.
JUACHO TACORTTA.— Sin noche.
JUACHO TACORTTA, EVERARDO Y SEBERINO.— (Al unísono) Esta juventud…

(se cierra el telón)


FIN

jueves, 15 de octubre de 2009

El antro (I)

Llegó a aquel antro una fría noche de noviembre. Llovía y en la calle no había más vida que aquella que poseen las gotas al morir en el duro asfalto, cosiendo con agua la suave luz de las farolas y los cristales de los coches. Ella iba empapada, tan solo una fina camisa blanca cubría su piel por encima de las rodillas, dejándole poco lugar a la imaginación, resentida entelequia. Caminaba descalza en un manto de gris oscuro, con el pelo suelto sobre los hombros y la mirada extraviada.
Y aquel antro de proterva muerte estaba abierto, como cada noche, abierto al jadeo más perro del hombre. Su rojo neón jugaba con la bruma, incitándola a acercarse, retándola a una partida de sexo; y la bruma, obediente… acudía.
Pero a la joven que llegaba empapada no le interesaba el rojo, ni los juegos. Buscaba huir, dejar atrás un pasado que nosotros desconocemos, y había llegado a aquel extremo en el que se retracta todo aquello que antes se señalaba con el dedo ¿Vender su cuerpo? ¿Cómo puede? Qué desfachatez, yo nunca sería capaz de una cosa así.

¿Sabéis qué? Ella decía lo mismo.

Abrió la puerta. Cuando ésta se cerró, dejó fuera el incesante sonido de la lluvia y el último vestigio de dignidad que le quedaba.