Tal es, en resumen, esta vida bohemia.

Vida de paciencia y valor, en la que sólo puede lucharse revestido con una resistente coraza de indiferencia a prueba de necios y envidiosos, en la que no se debe, si no se quiere tropezar en el camino, abandonar ni un solo instante el amor propio, que sirve de bastón de apoyo; vida encantadora y terrible, que tiene sus victorias y sus mártires, y en la que no debe penetrarse más que cuando se está dispuesto a padecer la implacable ley del vae victus.
H. M

jueves, 25 de marzo de 2010

Casimiro Comino (I)



















Aquel era uno de esos días en los que se rompe el cielo y no para de llover. La ciudad respiraba con pesadez, grisácea, como una de esas víctimas del sobrepeso; acuchillada por el humo de los coches y el plomo de las nubes bajas.
Casimiro Comino observaba el espectáculo pluvial por encima de un montón de papeles, suspirando cada seis por cinco con aire ausente y tierra mustia; mientras a su lado un tipo que no recordaba haber visto en su vida hablaba sobre algo de la caída económica de la empresa, déficit de ganancias, decía. El resto escuchaba con interés, siguiendo varios gráficos colgados en la pared, tomando nota o cavilando. Entre ellos Casimiro se sentía como un estúpido caballero más de la mesa cuadrada, defendiendo el reino de los aburridos con traje y corbata, reuniones importantes y maletines llenos de burocracia. Aborrecía la burocracia.
Con un suspiró dejó el blablabla del tipo a un segundo o cuarto plano y ordenó sus papeles, por hacer algo. Releyó su propuesta y le pareció la mayor gilipollez que había escrito en su vida, entrecerró los ojos cuando vio un barquito dibujado en un borde del papel. ¿Cuándo había hecho eso? Cogió su pluma —una Watermann para firmas burocráticas importantes, por supuesto, en esa puñetera oficina todo era ampulosamente importante— y empezó a garabatear en la esquina opuesta otro barquito hundiéndose. “Nuestra empresa” escribió debajo. Su jefe carraspeó mosqueado.
—Comino. Su propuesta.
Casimiro alzó la vista sobresaltado. Todos lo miraban en silencio, a la espera de que hablara. Se levantó a regañadientes y al hacerlo, sus ojos se escurrieron entre las miradas críticas de su compañero y acabaron posados en la ventana de nuevo.
Entonces lo vio, y se le paró el corazón por un instante. Sólo un instante, al medio segundo latía como un animal enloquecido, desviviéndose por bombear sangre.
Había dejado de llover, el sol se abría paso entre algunas nubes… y allí estaba él, brillando a lo lejos, abrazando el oxígeno, besando los rascacielos. Reflejo de luz y agua, abanico de colores…
—Arco…iris —murmuró Casimiro con la mirada perdida.
—¿Perdón?
Pero Casimiro ya había dejado caer los papeles al suelo y saltaba por encima de la mesa en dirección a la puerta. Corrió como un loco por los pasillos mientras empujaba a todos los que se ponían por delante, derrapando en las esquinas con sus zapatos italianos y derramando cafés y papeles que volaban por doquier. Después de llegar al ascensor y comprobar que por romper su dedo contra el botón de llamada el cacharro no llegaría antes, se lanzó por las escaleras, saltando los peldaños de tres en siete. Le reventó las narices a un hombre cuando abrió la puerta que daba a la calle y miró en todas direcciones, desesperado, ignorando los gritos de aquellos que dejaba a sus espaldas. Entonces lo volvió a ver, al nordeste, coronando los edificios con su arco triunfal. Corrió riendo en aquella dirección, como un loco, como un niño, como un niño loco, con los brazos extendidos hacia el cielo y las manos completamente abiertas; se quitó la chaqueta y la tiró tras de sí, sin detenerse en ningún momento. También se deshizo de aquella corbata que le regaló su mujer hace años, aquella que tanto le gustaba a ella y le asfixiaba a él. La estampó contra el asfalto sin miramientos.
Esquivó coches y personas durante once calles, extasiado con la idea de alcanzar su arco iris, cuando de pronto el sol desapareció entre las nubes… y con él, su sueño.
Casimiro Comino gritó y cayó de rodillas en medio de la calle con lágrimas en los ojos. La ciudad se volvió a colorear de gris y las nubes lo envolvieron todo con su embarazo de agua. Los coches pitaban y otros caballeros de mesas cuadradas y trajes y corbatas agitaban el puño, culpando al pobre hombre de la ruptura de sus rutinas.
Casimiro se levantó y volvió resignado a su trabajo. El edificio entero era un caos de papeles y café derramado. La gente corría de un lado para otro, algunos se detenían a su paso y lo miraban con cautela o miedo, odio en el caso del de las narices reventadas y los derribados. Su jefe lo estaba esperando con los brazos cruzados y la mirada fría. Sus palabras fueron directas y cortantes.
—Comino. Está despedido.

10 comentarios:

Goodbye Clarice dijo...

Pobre Comino, lo fusilaron cuando apenas acabó de nacer.

Son estos personajes cotidianos, familiarizados con su desgracia rutinaria, los que más me dan pena. No se mueren de hambre, ni de amor, pero parece que se mueren de algo, de todas formas.

Volver a entrar en tu rinconcito bohemio y ser bienvenida por el maravilloso Divenire de Einaudi fue como un gran soplo de aire fresco. Cuídate.

--x

Nicir dijo...

PERFECTAMENTE genialoso, me ha encantado de verdad ^o^

Besos

Akhnu dijo...

Obra maestra. Siguiendo tu consejo, he leído despacio, y creo que la música ha encajado a la perfección con el texto.

Me ha encantado, de verdad, ni siquiera sé con qué palabras decir cuánto me ha gustado.

lis.en.silencio dijo...

Pobrecito, todos hemos sido Casimiro alguna vez, sobre todo ahora cuando la crisis nos axfisia como la corbata que le regaló su mujer y no para de llover en todo el país. A veces le hace pensar a una que el hombre del tiempo esté compinchado con los grandes empresarios o políticos o yo que sé para que todos estemos sumergidos en un enorme pesimismo y evitar que nos distraigamos con algún que otro arco iris para que no decaiga la productividad.
Pero esto tan solo forma parte de las idas de olla de una lunática a las dos de la madrugada :)

Daniel HB. dijo...

... pero es cosa de uno hacer su arcoiris propio, es decir, todos tenemos algo que nos aliente; quizá para Comino su escape era ese arcoiris, espera, ya entiendo, se fulminó al volver a nublarce, mmm yo que el me dibujaba un arcoiris en plena conferencia...

=)...

lara dijo...

Apatía, ilusión, locura, decepción, abatimiento y de nuevo...
Un carrusel de emociones en apenas unos párrafos... y esa música que mece el relato...

No dejes que pase tanto tiempo entre un post y otro.
Gracias

David dijo...

Tendre que ir con más cuidado con mis distracciones, uno se puede distraer si hay peligro de despido.

Como me gusto tu blog me he aderido y volvere con más calma

Ahi te dejo un beso para toda la semana santa

FALSARIO dijo...

descubri tu palabras, en la casualida el ciberespacio l y la verdad qu m han gustado mucho, sigu sostnindo libros por capitulos sueltos qu m encantan. un saludo de este tu nuvo seguidor falsario.

www.falsario.org
www.falsario.es

Natalia Astúa Castillo (Natalia Astuácas) dijo...

Holaaaaaaaaaaaa.
Gracias por tu visita a mi sitio.
Te dejo un fuerte abrazo y magia.
Pura vida.
Cuidate mucho, besos.

La sonrisa de Hiperión dijo...

Que chulada de foto... me ha encantado

Saludos y un abrazo