Tal es, en resumen, esta vida bohemia.

Vida de paciencia y valor, en la que sólo puede lucharse revestido con una resistente coraza de indiferencia a prueba de necios y envidiosos, en la que no se debe, si no se quiere tropezar en el camino, abandonar ni un solo instante el amor propio, que sirve de bastón de apoyo; vida encantadora y terrible, que tiene sus victorias y sus mártires, y en la que no debe penetrarse más que cuando se está dispuesto a padecer la implacable ley del vae victus.
H. M

martes, 21 de febrero de 2012

Despedida

Cilantro es mi nombre de agua en las alboradas

un tambor pequeño un golpe fuerte

corazón de escamas doradas

y un eco. Siempre.

[...]

miércoles, 15 de febrero de 2012

Madame Sagard y el ruiseñor.



Aquella mañana el cielo estaba encapotado con un manto de nubes y rayos crepusculares, de esos que filtran llamadas de Dios a pedazos. Madame Sagard caminaba entre chopos doblados por el viento, las hojas muertas se agolpaban bajo la pisada firme de sus zapatos y esa luz extraña sacaba destellos de los polvos de arroz de su piel. Desde que la abandonó su marido, ella salía a pasear todos los días con porte rígido y soberbio, saludando a todo el mundo con un leve movimiento de cabeza y rechazando cortésmente los productos que los vendedores le ofrecían. Nunca tuvo la sangre tan flemática, en otros tiempos su sonrisa era preciosa y cálida, pero desde que se mudó al treinta y tres de la Rue Linois y le salió su primera cana, Madame Sagard ocultó parte de ese encanto bajo capas y capas de laconismo.

Fue bajando tranquilamente, con indolencia incluso, hasta llegar al Pont de Grenelle. Allí, en el cruce del puente, como todas las mañanas, estaba la joven que vendía limones. Iba envuelta en raso grueso para protegerse del frío y sujetaba una cesta de mimbre llena de limones con manos pequeñas y temblorosas. A su lado Madame Sagard parecía una condesa germana, con su tez pálida y su abrigo de marta cibelina, pero lo que nadie sospecharía nunca es que esa chiquilla de pelo salvaje era la única que conseguía que la sangre de nuestra condesa germana —por lo general de discurrir lento— se agolpara en sus venas como un montón de caballos desbocados y provocara que su corazón renaciera como un ave fénix, batiendo sus alas en tropel.
Tomó aliento, reunió fuerzas de París sabe dónde, y se acercó a la vendedora para comprarle un limón como hacía todas las mañanas desde que la abandonó su marido. Ella depositó en sus manos el mejor fruto de su cesta y le otorgó un débil “merci”, Madame le pagó más de la cuenta y se fue apresurada antes de que se desvaneciera la tierra y su mundo cayera en las aguas del Sena.

El camino de vuelta fue atropellado, pasaba velozmente ante todo el mundo, sin saludar, aprisionando el limón contra su pecho y respirando con dificultad. Cuando llegó a su casa cerró la puerta con un sonoro crujido y soltó todo el aire que le quedaba en los pulmones en un suspiro con forma de llanto. Unos minutos después, Madame Sagard se encontraba frente a su gran espejo de plata batida, empolvándose el rostro de nuevo y reorganizando su pelo. Se dirigió al salón mientras se iba desnudando y se sentó en un sillón desgastado. Desde su jaula, el ruiseñor la miró escéptico.
—¿Otra vez?
Ella, distraída, asintió con la cabeza.
A su alrededor, cientos de limones.