Tal es, en resumen, esta vida bohemia.

Vida de paciencia y valor, en la que sólo puede lucharse revestido con una resistente coraza de indiferencia a prueba de necios y envidiosos, en la que no se debe, si no se quiere tropezar en el camino, abandonar ni un solo instante el amor propio, que sirve de bastón de apoyo; vida encantadora y terrible, que tiene sus victorias y sus mártires, y en la que no debe penetrarse más que cuando se está dispuesto a padecer la implacable ley del vae victus.
H. M

lunes, 23 de agosto de 2010





Gacela de mirar azabache, te busco entre mis miedos más dulces cuando me libero, entre tantos rostros jerarquizados, entre tantas noches desequilibradas. Te busco y tu me vienes con tu piel de clavo y canela, a lo Gabriela, con esas sonrisas de serafina Nabokoviana y una manzana envenenada, mientras me hundo un poco más en los perfumes del pecado que se esconden a cascadas en tu cuello.

Deja que me consuma entre el fuego que levantan las ventanas, que le presente las estrellas a tus lunares y peregrine en tu espalda infinita. Deja que te recite en el abismo de tu clavícula izquierda versos tristes y palabras plateadas, que las recoja con los labios cuando caigan por tu vientre liso y las imprima con cuidado sobre nuestras manos.

Hagamos otro universo entre estas sábanas ahora que no miran, ahora que no dicen; y tiémblame con mentiras llenas de placeres efímeros, gacela. Porque no aguanto más sin poder escribirte a escondidas de este violonchelo níveo. Cuando pregunten, cuando griten, hazme los honores de salir corriendo golpeando la tierra con tus sueños, yo te seguiré entre esquirlas de cisnes y plumas como de satén, de esas que tanto te gustan.

jueves, 5 de agosto de 2010

El problema de identidad de posesión o posesión identificativa

(Niña está tumbada en un sofá de agua, con el pelo suelto cayendo sobre el cristal del suelo, una pierna encima del respaldo y otra encogida. Contempla las estrellas en silencio mientras escucha las sutilezas del hombre borracho cuentista de la azotea nocturna)

HOMBRE BORRACHO CUENTISTA.— Yo es que todavía no me explico esta sed, es como una puñetera jauría de perros rabiosos mordisqueándome el gaznate. ¿Y sabes? No lo necesito, porque no tengo problemas, ni mala educación… (se ríe) si no he tenido padres, ya lo sabes, ni mascotas. No sé a qué cuento ha venido eso. El caso es que el otro día vi mi reflejo en uno de los cristales de la parte del día, y soy más joven y guapo de lo que me imaginaba, con los ojos claros, —no pude distinguir el color pero vi que eran claros— el cabello oscuro, las mandíbulas cuadradas, igual que ese tío vuestro de tu otro mundo… ¿cómo se llamaba? Bah, tenía un apellido pítico. Si hasta me imaginaste con perilla, soy tremendo ¿de dónde te sacas esas ideas? (Niña ríe y señala los pantalones del hombre sin volverse para mirar. Entonces él sonríe con malicia y se asoma a su entrepierna) Por supuesto, mi amiguito, no lo olvidemos… Joder, Niña, dame otra botella de esa condenada delicia de licor.
NIÑA.— ¿Tú crees que todo eso que tienes es lo que te hace feliz?
HOMBRE BORRACHO CUENTISTA.— (Encogiéndose de hombros) Supongo.
NIÑA.— Entonces… ¿si te quito todo lo que tienes dejas de ser feliz?
HOMBRE BORRACHO CUENTISTA.— ¿Por qué ibas a hacerlo?
NIÑA.— Tú contesta.
HOMBRE BORRACHO CUENTISTA.— (dubitativo) Sí…
NIÑA.— No.
HOMBRE BORRACHO CUENTISTA.— (sorprendido) ¿No?

(Niña se levanta y sin responder se acerca al borde de la azotea, donde acaba el cristal y empieza la zona de vacío que separa la Tierra de su mundo imaginativo. Coge un catalejo dorado y contempla su otro mundo, siempre tan real, rutinario y complejo.)

NIÑA.— ¿Es médico aquel que tiene fonendoscopio? (pregunta sin dejar de mirar por el catalejo) ¿Y cazador aquel que posee una escopeta? No tiene por qué… la mayoría creería que sí solo porque sienten que todo lo que les rodea los identifica. El mundo de ahí abajo todavía se lamenta de lo que carece mientras que desgasta lo que tiene sin darse cuenta. Anda toma.
(Le tiende una botella de absenta al Hombre Borracho Cuentista).

HOMBRE BORRACHO CUENTISTA.— Gracias encanto (se bebe la mitad de la botella y suspira sonriendo de oreja a oreja) Todo eso que dices está muy bien, ¿pero por qué no me pones nombre?
NIÑA.— Forma parte del problema de identidad de posesión o posesión identificativa. Yo te otorgo un nombre, ¿no? Luego lo haces tuyo, tienes nombre. Y ahora llegan todos ellos (Niña os señala con el catalejo) y te comparan con alguien que conocen que tenga el mismo nombre. Luego ya no eres completamente tú, porque como no existes, te van a imaginar igual o casi igual que a esa otra persona.
HOMBRE BORRACHO CUENTISTA.— Entonces ponme un nombre que nunca antes se le haya puesto a nadie.
NIÑA.— (Sentándose de nuevo en el sofá de agua) Se me ocurre una cosa mejor. (Distraídamente, juega con unos peces de colores que acaba de crear y que nadan libremente por el sofá) Tú me cuentas una historia y ellos… te ponen el nombre.