Tal es, en resumen, esta vida bohemia.

Vida de paciencia y valor, en la que sólo puede lucharse revestido con una resistente coraza de indiferencia a prueba de necios y envidiosos, en la que no se debe, si no se quiere tropezar en el camino, abandonar ni un solo instante el amor propio, que sirve de bastón de apoyo; vida encantadora y terrible, que tiene sus victorias y sus mártires, y en la que no debe penetrarse más que cuando se está dispuesto a padecer la implacable ley del vae victus.
H. M

domingo, 21 de febrero de 2010

La Noche




La Noche… siempre la Noche.
Sobrevuela ciudades y campos como un cuervo que se sabe enjaulado al amanecer; y aunque lleve surcando el mismo cielo desde mucho antes de que naciera el Sol, jamás ha volado ni volará del mismo modo.
La Noche es anciana, frenética, excitada y joven.
Y cuando llega todos los ancianos se vuelven frenéticos, excitados y jóvenes.
Yo me conformo con ser joven y parecer mayor, excitada y frenética.

De mi espejo se descuelga una sonrisa cuando sale el cuervo, de mis pulmones aparece un suspiro cuando entra el humo. Escapo yo también de mi jaula diurna y cambio los libros de texto por literatura, los pantalones por medias, las ojeras por rímel, el bolígrafo por un cigarro. Y bajo a la calle con mi amiga Noche a ver qué sorpresa me tiene preparada hoy. Nunca se sabe por dónde va a venir, si me va a vender al peligro, me va a ofrecer dulzura o tan solo encontraré agua y paja. A veces acabo mezclándome con la música de un concierto, últimamente más que nunca. Veo su rostro entre las botellas de la barra, sus ojos que me miran y su media sonrisa que me ofrece…¿qué? ¿dulzura o peligro? Tiene cara de llamarse Sara, o Vanesa… Algún día me lo dirá pero seguro que con tanto ruido no la oiré y la llamaré Carmen, o la chica de los conciertos…
Y por detrás me sonríe también un hombre, pero ese tiene cara de llamarse idiota.

En verano acabo con una brújula en la mano y un libro de astronomía en la otra. Me alejo todo lo que puedo de la ciudad y las luces siguiendo la línea del mar. Retozo en la arena, que entonces es suave y fresca como una sábana en invierno y miro al cielo hasta que me da tortícolis. Es como estudiar anatomía nocturna. A la Noche ni siquiera le avergüenza eso, desfila con elegancia por la exosfera y aunque lo cubra todo con su vestido de estrellas jamás podrás llamarla gorda. Su hermosura me anima a bañarme desnuda en el mar tranquilo y oscuro, a excepción de la espuma de las olas y el camino en plata que señala la luna. Sí, la Noche es una anciana frenética, excitada y jóven que tiene sobre el labio un brillante lunar del tamaño de un satélite. Y le sienta mejor que a Marilyn Monroe a mi humilde entender.

La Noche ante todo es extraña. Todo es extraño cuando son las cuatro de la mañana y hay cristales en los párpados que no te dejan pegar ojo e ideas disparatadas que no te dejan soñar. No sé qué es peor. En ambos casos acabo aquí escribiendo.
Yo creo que fue una noche como ésta en la que Satie compuso sus Gnossiennes, la gente lo llamaba loco porque a veces no ponía ni compás ni tonalidad en las partituras. He tenido el placer de interpretar al piano —en esas tardes aburridas y largas que no parecen terminar nunca— dichas partituras imposibles; y su sonido cadencial, extravagante y dulce agitaba al cuervo de la jaula. Por eso creo que no estaba loco, solo escribía para la Noche, como yo. Escribía obras frenéticas, excitadas y jóvenes.

Disparates, dicen. Que digan, que digan.

Son esos contrasentidos los que atraen a la musa como si fuera una perra en celo. Muchas veces tarda en aparecer (a saber dónde estará), pero al final acaba llamando a la puerta justo después de que yo abra la nevera y me encuentre con que solo hay un montón de mariposas congeladas al vuelo. A mi musa le encanta las enajenaciones de los hambrientos en plena vigilia. También es extraña, por eso se lleva tan bien con la Noche. Se llevan tan bien que ambas me ponen los cuernos desde hace diecisiete años.
La verdad es que lo entiendo.

La Noche… Siempre la Noche. Arrebatadora… Siempre arrebatadora.

Creo que alguien debería decirle que no hay prisa. Porque va por ahí seduciendo musas, frenética y extasiada; como si el amanecer la fuera a encerrar en una jaula, como si se le hubiera olvidado que en realidad seguirá sobrevolando el firmamento con su vestido de estrellas y su increíble lunar en la otra mitad del mundo. Seguirá poniéndome los cuernos en la otra mitad del mundo. Seguirá inspirando a locos en la otra mitad del mundo. Seguirá desnudándose en la otra mitad del mundo. Seguriá seduciéndome en la otra mitad del mundo. Claro que si lo supiera no sería una anciana frenética, excitada y joven…
No sería Noche.

lunes, 15 de febrero de 2010

El antro (IV)

—¿Cómo te llamas?
Ella permaneció silente pero con la mirada congelada y fija en las retinas envenenadas del proxeneta. Él fingió un gesto de sorpresa y se reclinó en su vieja butaca, sonriendo.
—Oh, ya veo —dijo— no tienes nombre.
Se levantó con esfuerzo y rodeó la mesa hasta situarse a un metro de la joven.
—No, espera, lo tienes, pero no lo quieres. Forma parte de tu pasado, ¿verdad? Es para ti una palabra gastada de dolor, un hervidero de recuerdos, de esos que queman. Porque un nombre…un nombre solo cobra significado cuando alguien lo pronuncia, ¿no crees?
Con parsimonia cogió una botella de coñac y la abrió. Pegó su nariz al vidrio y olió con placer el fuerte licor, dejando una pequeña huella de vaho en el cristal.
—¿Quieres? —sin esperar respuesta sirvió dos vasos y le tendió uno a la muchacha— tranquila, no mata —sonrió— al menos no mucho.
Ella siguió sin decir nada, bajó la mirada al fondo de su vaso y después la dirigió al vaso de él, cuyo contenido se agitaba como las olas de un mar embravecido chocando contra su garganta. Dejó de beber y con un fuerte suspiro y los ojos brillantes continuó hablando.
—Apostaría todas esas putas que tengo ahí abajo a que tu nombre ha sido pronunciado demasiadas veces. Por eso huyes, ¿no es así? Huyes de tu vida, de tu nombre, de su significado y de todos aquellos que lo pronunciaron. ¿Qué has hecho, niña mala? ¿Te juntaste con quien no debías? —riendo— Sí…sí. Conozco a muchas que han pasado por lo mismo: Marta, Lola, Ana… pero todas tienen nombre, se lo puse yo. Este lugar es maravilloso, ¿eh? Entras acojonada, sin nombre, sin pasado, sin nada ni nadie, casi desnuda —le acarició una mejilla, ella se estremeció al contacto de sus ásperas manos— mojada… Y sales de aquí con un bonito nombre, un trabajo y…Bueno, muñeca, para qué engañarnos. No sales.