Tal es, en resumen, esta vida bohemia.

Vida de paciencia y valor, en la que sólo puede lucharse revestido con una resistente coraza de indiferencia a prueba de necios y envidiosos, en la que no se debe, si no se quiere tropezar en el camino, abandonar ni un solo instante el amor propio, que sirve de bastón de apoyo; vida encantadora y terrible, que tiene sus victorias y sus mártires, y en la que no debe penetrarse más que cuando se está dispuesto a padecer la implacable ley del vae victus.
H. M

sábado, 18 de diciembre de 2010




Aquella gacela se siente y no se percibe,
es una flor blanca, arrancada de entre risas de serafinas nabokovianas,
escondida entre mil lunas con insomnio y almizcle.
[Aquella gacela…

Que trafica con viento de goma y alquitrán,
con la marea que escupen los dientes azulados de los caballeros;
esos filósofos muertos que se columpian entre los ramajes de cemento
y las estrellas pardas y las luces rojas y los pequeños deseos
mientras lloran por el estómago a arcadas— a carcajadas, a patadas—,
y les suda la mente con el miedo al tiempo.

Aquella gacela se pierde y jamás se aprecia,
es una mujer pagada, sacada de entre leyendas de ciervas becquerianas,
escrita entre mil páginas con pluma y miseria.
[Aquella gacela…

Que predica salvedades con ostras de mar vacío,
labios amados y calla limeña:
ese silencio de pulmón parado, costillas huecas y hueso alado.
¿Y las cartas? De la muerte al polvo solo hay un beso,
pero no tiene sangre, solo sabor salado, venas de alambre;
¿y las cartas? El viejo sabe que aquí crecen en buzones de mimbre seco.

Aquella gacela se cree y nunca se engaña,
es una flaca desdichada, rescatada de entre vasos de noches bukowskianas,
hundida entre sábanas de cigarrillos melifluos y humo dengue.
[Aquella gacela…
Que platica con estatuas de mármol y sombras de pez,
con el otoño templado que desprenden las cortezas de los árboles;
allí donde hay madera roída, ella ve raíces de papel:
esa gnosis psicométrica de alma pizarnikiana.
¿Quién es el cuerdo, según el loco?
Ella siempre viceversa los versos.
¡Mírala!

[Aquella gacela…

esa mujer pagada,
hundida entre sábanas…

Parece no tener nada,
pero
puede cambiar
el mundo]