Tal es, en resumen, esta vida bohemia.

Vida de paciencia y valor, en la que sólo puede lucharse revestido con una resistente coraza de indiferencia a prueba de necios y envidiosos, en la que no se debe, si no se quiere tropezar en el camino, abandonar ni un solo instante el amor propio, que sirve de bastón de apoyo; vida encantadora y terrible, que tiene sus victorias y sus mártires, y en la que no debe penetrarse más que cuando se está dispuesto a padecer la implacable ley del vae victus.
H. M

miércoles, 31 de marzo de 2010

El antro (V)



Ella cerró los puños con fuerza y enredó entre sus dedos las mangas de aquella camisa mojada que tan grande le quedaba, que despertaba en ella recuerdos inflamables. Respiró hondo, ligeramente mareada; la tela se le pegó más a la piel reclamando una identidad propia y no aquel cuerpo tembloroso y exiguo lleno de huesos. Él siguió con la mirada las gotas de lluvia que caían sobre la alfombra, bajó la mano por la mejilla de la joven hasta llegar a los labios, los selló levemente con el pulgar y siguió descendiendo. Dibujó con una caricia áspera el contorno de su barbilla y su cuello, repasó la forma de sus clavículas y se detuvo en el primer botón de la camisa. Lo desabrochó. Y siguió bajando. Botón tras botón. Recuerdo tras recuerdo. Sueño tras sueño. Se volvió a detener en su cintura, jugueteó con el antepenúltimo botón y, con una sonrisa en la mirada, desgarró la tela.
Ella se sobresaltó. Se agarró al pico de la mesa con una mano y contuvo la respiración. Pero no se cubrió ni tuvo intención de hacerlo en ningún momento. Completamente desnuda, aguantó la mirada de su dueño con una calma rota mientras él se acercaba y la besaba.
—Sabes a salitre —dijo.
Ella no contestó. Cerró los ojos cuando él fue descendiendo de nuevo por su cuello, esta vez con la lengua y no con las manos; divertido como un niño al que le han traído un juguete nuevo. La cogió por las muñecas y la tumbó contra la mesa. Los vasos cayeron al suelo y el coñac se derramó sobre la camisa desgarrada y el agua fría. La siguió besando, lamiendo, mordiendo como un perro sediento contra la sufrida madera. Luego la soltó, retrocedió varios pasos y la contempló derrumbada.
Los primeros rayos del amanecer empezaban a colarse entre el polvo y el esqueleto de las persianas, envolviéndolo todo en un naranja pálido, en un color y una nota a los que nadie puso nombre antes porque nunca antes fueron. La joven yacía morena y de nácar, con sus pequeños pechos sacudidos por la respiración entrecortada; el vientre liso hundido, cuatro costillas a cada lado, ojos verdes perdidos en el techo.
—Dulce y salada al mismo tiempo —murmuró él— Te llamaré Mar.
Cogió la camisa empapada en cristales rotos de alcohol y se la lanzó a la muchacha. Luego salió de la habitación dando un portazo.

jueves, 25 de marzo de 2010

Casimiro Comino (I)



















Aquel era uno de esos días en los que se rompe el cielo y no para de llover. La ciudad respiraba con pesadez, grisácea, como una de esas víctimas del sobrepeso; acuchillada por el humo de los coches y el plomo de las nubes bajas.
Casimiro Comino observaba el espectáculo pluvial por encima de un montón de papeles, suspirando cada seis por cinco con aire ausente y tierra mustia; mientras a su lado un tipo que no recordaba haber visto en su vida hablaba sobre algo de la caída económica de la empresa, déficit de ganancias, decía. El resto escuchaba con interés, siguiendo varios gráficos colgados en la pared, tomando nota o cavilando. Entre ellos Casimiro se sentía como un estúpido caballero más de la mesa cuadrada, defendiendo el reino de los aburridos con traje y corbata, reuniones importantes y maletines llenos de burocracia. Aborrecía la burocracia.
Con un suspiró dejó el blablabla del tipo a un segundo o cuarto plano y ordenó sus papeles, por hacer algo. Releyó su propuesta y le pareció la mayor gilipollez que había escrito en su vida, entrecerró los ojos cuando vio un barquito dibujado en un borde del papel. ¿Cuándo había hecho eso? Cogió su pluma —una Watermann para firmas burocráticas importantes, por supuesto, en esa puñetera oficina todo era ampulosamente importante— y empezó a garabatear en la esquina opuesta otro barquito hundiéndose. “Nuestra empresa” escribió debajo. Su jefe carraspeó mosqueado.
—Comino. Su propuesta.
Casimiro alzó la vista sobresaltado. Todos lo miraban en silencio, a la espera de que hablara. Se levantó a regañadientes y al hacerlo, sus ojos se escurrieron entre las miradas críticas de su compañero y acabaron posados en la ventana de nuevo.
Entonces lo vio, y se le paró el corazón por un instante. Sólo un instante, al medio segundo latía como un animal enloquecido, desviviéndose por bombear sangre.
Había dejado de llover, el sol se abría paso entre algunas nubes… y allí estaba él, brillando a lo lejos, abrazando el oxígeno, besando los rascacielos. Reflejo de luz y agua, abanico de colores…
—Arco…iris —murmuró Casimiro con la mirada perdida.
—¿Perdón?
Pero Casimiro ya había dejado caer los papeles al suelo y saltaba por encima de la mesa en dirección a la puerta. Corrió como un loco por los pasillos mientras empujaba a todos los que se ponían por delante, derrapando en las esquinas con sus zapatos italianos y derramando cafés y papeles que volaban por doquier. Después de llegar al ascensor y comprobar que por romper su dedo contra el botón de llamada el cacharro no llegaría antes, se lanzó por las escaleras, saltando los peldaños de tres en siete. Le reventó las narices a un hombre cuando abrió la puerta que daba a la calle y miró en todas direcciones, desesperado, ignorando los gritos de aquellos que dejaba a sus espaldas. Entonces lo volvió a ver, al nordeste, coronando los edificios con su arco triunfal. Corrió riendo en aquella dirección, como un loco, como un niño, como un niño loco, con los brazos extendidos hacia el cielo y las manos completamente abiertas; se quitó la chaqueta y la tiró tras de sí, sin detenerse en ningún momento. También se deshizo de aquella corbata que le regaló su mujer hace años, aquella que tanto le gustaba a ella y le asfixiaba a él. La estampó contra el asfalto sin miramientos.
Esquivó coches y personas durante once calles, extasiado con la idea de alcanzar su arco iris, cuando de pronto el sol desapareció entre las nubes… y con él, su sueño.
Casimiro Comino gritó y cayó de rodillas en medio de la calle con lágrimas en los ojos. La ciudad se volvió a colorear de gris y las nubes lo envolvieron todo con su embarazo de agua. Los coches pitaban y otros caballeros de mesas cuadradas y trajes y corbatas agitaban el puño, culpando al pobre hombre de la ruptura de sus rutinas.
Casimiro se levantó y volvió resignado a su trabajo. El edificio entero era un caos de papeles y café derramado. La gente corría de un lado para otro, algunos se detenían a su paso y lo miraban con cautela o miedo, odio en el caso del de las narices reventadas y los derribados. Su jefe lo estaba esperando con los brazos cruzados y la mirada fría. Sus palabras fueron directas y cortantes.
—Comino. Está despedido.