Tal es, en resumen, esta vida bohemia.

Vida de paciencia y valor, en la que sólo puede lucharse revestido con una resistente coraza de indiferencia a prueba de necios y envidiosos, en la que no se debe, si no se quiere tropezar en el camino, abandonar ni un solo instante el amor propio, que sirve de bastón de apoyo; vida encantadora y terrible, que tiene sus victorias y sus mártires, y en la que no debe penetrarse más que cuando se está dispuesto a padecer la implacable ley del vae victus.
H. M

domingo, 11 de marzo de 2012

Tuya, A.


Yo corría por campos de amapolas con las manos huecas. Allí donde se acababa el mundo yo sostenía mis miedos, mirando a todos lados con los brazos en alto y la garganta en vilo. Sobre mi cabeza un eclipse de mundo ensombrecía las venas calladamente, se posaba en mi boca y emprendía el vuelo una y otra vez.
Reventaba y clamaba, calmada, por partes iguales el linde de mi vida. Acuciaba las espuelas de lo inevitable al ver que la muerte no llegaba y la libertad cada día volaba más lejana. Y los pájaros reían, sosteniendo fotografías calientes entre sus plumas, brillando a cada desgracia que se avecinaba.
Y entonces apareciste tú, con tu mirada imposible de ámbar y verde y azul, golpeando los tambores de la tierra con tus piernas, ahuyentando las amapolas y los eclipses. Se me cayeron los miedos cuando cogiste mis manos entre las tuyas, se me posó la libertad en el hombro cuando tu piel rozó la mía y callaste mis clamores con el manso beso de tus labios. ¿Quién eres? Y el fin del mundo se tornó finito, pronto tus ojos derramaron un mar de ámbar y verde y azul que se tragó las amapolas, y de nuestros cuerpos brotó arena con tacto de fuego.
Corrimos por la orilla bañada en agua plateada, pateando los relojes reales que se derretían entre las algas, besándonos cuando subía la marea, mordiéndonos cuando bajaba. Y tú me enseñaste a amar, y yo te enseñé a aprender, mientras a nuestro alrededor el mundo prendía en llamaradas que no nos tocaban. Y te tiré al mar, y de ti nacieron perlas que se quedaron en el cielo contemplándonos, mientras rodábamos por la vida a carcajadas, arrancándonos la piel a dentelladas, curándonos las heridas a besos. ¿Estás loca? A ratos, decía, mientras gemía entre sábanas tejidas con una droga personal y lamía el abismo de tu cuello . Y se nos acababan los silencios con cada suspiro incierto, para que no se apagaran los sueños, porque veinte pájaros nos salían del pecho con veinte mariposas en el pico y veinte amaneceres en sus alas. Rompe los relojes, amor, que la eternidad no se hace sola; y aráñame, que nos lo piden las olas. Yo prometo no quejarme, tú promete no parar.
Y mientras, a nuestro alrededor el mundo estallaba en llamaradas sin tocarnos.

jueves, 1 de marzo de 2012

Casimiro Comino (IV)



—Es aquel hombrecillo de allí, el que se mira las manos.

—¿Ese? —el inspector entrecerró los ojos, albergando dudas— pero si parece inofensivo.

—En este trabajo nunca debemos guiarnos por las apariencias, señor —explicó el agente— Casimiro Comino, 47 años, está acusado de robo de coche con violencia y conducción temeraria.

—¿Antecedentes penales?

—Está limpio, pero la propietaria del coche lo ha denunciado y exige juicio.

—Qué curioso…—el inspector escudriñó al preso a través de la celda, era el más hundido entre todos los hombres que se encontraban allí, inmóvil y con la vista congelada en sus manos—¿Ha dicho algo en su defensa?

—Que nunca ha hecho daño alguno y repetía no se qué de un arcoiris.

—¿Y su abogado?

—No quiere abogados, ni el suyo propio ni otro de oficio, dice ser tan inocente que no necesita que nadie hable por él, que solo quiere que lo dejemos tranquilo para poder llegar hasta su arco iris.

—¡Já! Cuánta mariconada. Lo más seguro es que necesite atención médica.

—Llamaré al psicólogo para que hable con él.

Ambos se alejaron de la celda tratando el asunto mientras Casimiro, embargado por una depresión extraña y tranquila, escrutaba sus manos rechonchas y peludas. Algo había vuelto a fallar, ¿pero qué?

—¿Tienes un cigarro?

Casimiro contempló ceñudo al hombre que lo había sacado del hilo o maraña de sus pensamientos.

—Aquí no se puede fumar— refunfuñó.

Como respuesta el hombre le hizo un corte de mangas. Vestía de traje pero tenía las manos sucias y las uñas negras y quebradas.

Todavía me falta velocidad… no. No soy yo, sino ellos. Miró al otro lado de la celda, dos agentes de policía tomaban café y se reían de algo que su jefe había dicho media hora antes. Ellos son los que me detienen, los que me impiden cumplir mi sueño. Enfocó los barrotes de su celda, los policías se convirtieron en dos manchas borrosas en segundo plano. Soy un pájaro. Soy un maldito pájaro enjaulado, pero…¿tengo alas?

Se escuchó el chasquido de la puerta al abrirse. Era el mismo agente que hablaba antes con el inspector.

—¿Casimiro Comino? Venga conmigo.

Casimiro se levantó con parsimonia y se dirigió hacia la puerta. El hombre del traje le escupió en un zapato cuando pasó junto a él, pero no le hizo caso y salió de la celda en pos de su captor. Avanzaron por un largo pasillo vacío, todo estaba sumido en el más profundo silencio y no se escuchaba más que el sonido lejano de las oficinas. Se detuvieron ante una puerta cerrada. Tam, tam tam. Tres golpes en metal y una voz aterciopelada.

—Que pase.

El agente le hizo un gesto a Casimiro para que entrara. La puerta se cerró tras él. La habitación era un baño de luz comparado con la celda, cuando sus ojos se acostumbraron, se encontró con un señor sentado tras una mesa blanca, a juego con las paredes y con su bata. Le señaló una silla para que se sentara, sin mediar palabra. Sus manos eran pequeñas y esqueléticas, con uñas limpias, se movían ágilmente mientras jugaban con los bolígrafos que descansaban alineados sobre la mesa.

—¿Nombre?

—Casimiro Comino.

—¿Profesión?

—No tengo.

El médico elevó una ceja por encima de sus gafas.

—Aquí dice que es usted contable —dijo señalando unos papeles.

—Ya no.

—¿Por qué?

—Me echaron.

—¿Por qué?

—Porque salí… salí corriendo en medio de una reunión.

—Curioso… —su bolígrafo empezó a volar sobre el papel, anotando palabras inteligibles —¿Qué le llevó a actuar así?

—El arco iris.

—¿El arco iris?

—El arco iris.

El médico se levantó, era terriblemente bajito pero consiguió quedar por encima del pobre Casimiro, que estaba encogido en su silla.

—¿Qué tiene el arcoiris?— preguntó.

—Mi libertad.

—¿No es usted un hombre libre? ¿Con trabajo? ¿Esposa?... Es más de los que muchos podrían decir.

—¡No! ¡No! y ¡No! ¡Eso no es libertad! Mi esposa decía lo mismo… todos decís lo mismo, estáis contaminados. ¿Es que no lo véis?

—Pues no… —el médico se miró las mangas de su bata, completamente blancas, con una leve sonrisa— Yo no lo veo. —Siguió escribiendo en su cuaderno.

—¿Qué demonios está apuntando ahí todo el rato? ¡No estoy loco, maldita sea!

—Aquí nadie ha hablado de locura, Casimiro —contestó el médico— Solo intento ayudarte, comprenderte. Sé que es duro… ¿Dónde está su esposa? ¿Quiere que la llamemos?

—No. Se fue.

—¿A dónde?

—Al infierno del que vino.

—Necesita usted reposar, Casimiro. Ha perdido demasiadas cosas en este tiempo, su actitud…

—No, señor, por ahí sí que no paso. ¿Qué he perdido? ¿Mi trabajo? ¿Mi esposa? No, no, no. Lo más importante que tenía lo perdí cuando conseguí todas esas cosas. Lo más importante es mi libertad y la estoy perdiendo a cada minuto que pasa. Ahora suélteme y déjeme ir a buscarla, está justo al otro lado del arcoiris.

—Casimiro, puede que ese arcoiris del que tanto habla solo esté en su cabeza. Yo no he visto ninguno en todo el día.

—Porque está aquí encerrado. Está ciego. Todos estáis ciegos, pero me llamáis loco a mí.

—Le repito que no estoy hablando de locura, solo sufre usted una crisis nerviosa, tiene que controlar eso y…

—¡Que te calles, coño! —Se levantó tirando la silla al suelo, el médico retrocedió mientras se abría la puerta y dos agentes entraban para sujetarlo —¡Soltadme, joder! ¡Va a volver! ¡Va a volver!

—¿Quién va a volver?— le preguntó con calma, aunque por dentro sabía que estaba cagado de miedo.

—El arco iris… —sollozó Casimiro.

—No existe tal arcoiris, señor, solo está en tu cabeza —el médico garabeteó su firma sobre el cuaderno, arrancó el informe con furia y se lo tendió a uno de los policías, que asintió con la cabeza tras echarle un vistazo— He intentado ayudarle, pero se ha condenado usted solo. Casimiro Comino, está usted demente.