Tal es, en resumen, esta vida bohemia.

Vida de paciencia y valor, en la que sólo puede lucharse revestido con una resistente coraza de indiferencia a prueba de necios y envidiosos, en la que no se debe, si no se quiere tropezar en el camino, abandonar ni un solo instante el amor propio, que sirve de bastón de apoyo; vida encantadora y terrible, que tiene sus victorias y sus mártires, y en la que no debe penetrarse más que cuando se está dispuesto a padecer la implacable ley del vae victus.
H. M

sábado, 17 de diciembre de 2016

Carpa Diem


Era necesario volver. La mía era una bestia diletante cansada de dormir; la tuya era grande y estaba por crecer. Las dos necesitaban ser heridas desparramadas en una habitación de hotel, un reguerillo de sangre que cuelga del nórdico para desquitarse. Era necesario volver para volverse a sentir. La tropelía de tus dientes que moran contra mí, el morado y amarillo de mi piel de ocelote ofendido, la dulce violencia de unas manos que maniatan y sujetan las ganas de.
no sé. Dos bestias que luchan.
A veces se me olvida que la vida ensucia, que escupe y tira como los borrachos a aquella sirena de Neruda. Y no hay nada que hacer, nada excepto abrir las piernas y contemplar el brillo que deja tu saliva. Y de ver cómo te mueves desnuda, cómo ondea la carpa enfurecida que nada en tu cadera, siempre luchando contra el agua y las dudas. ¿Qué voy a hacer contigo? Échale imaginación, y un par de galgos con hambre. Lo quiero todo en los huesos, con ladridos secos y calientes. Deja entrar a la lluvia, que se está matando contra los cristales, que moje a las bestias dormidas y diletantes, que las despierte entre barro y señales. Ahí, sí. Sigue. Así sí, asir también. Para. La bestia suelta un murmullo por lo bajo. El roce con las sábanas quema, enciéndete ese cigarrillo. A veces se me olvida lo necesario que es un descanso. Ser joven un rato, dar una calada simple y profunda. Me he prometido a mí misma no volver a pasar nunca tanta sed. Primero el latido, luego el picor, por último las olas. La mar salada. La sirena se ahoga. Su grito contra las rocas, contra mi boca.
A veces se me olvida que la vida es sucia y la suciedad necesaria. Y no hay nada que hacer, nada excepto abrir las piernas y confiar. Yo confío en que el amanecer llegue pronto y los servicios de limpieza tarde.
Siempre es necesario volver.

Y toda esta hambre.

lunes, 5 de diciembre de 2016

Yerma





Estaba algo asustada y temblorosa cuando te abrí la puerta 
que cercaba los lindes de mis cosechas y mis campos, 
era primavera de cereal y aloe vera, yo me había recuperado
del invierno cuando despuntaban las primeras luces de tu falda.
Tú, siempre tan desprendida, tan atolondrada golondrina,
revoloteabas por la tierra con tu risa de traviesa en travesía, 
persiguiendo saltamontes, quemando ortigas, 
explotando ciruelas que se desparramaban sobre tu barbilla.
Mujer sin tierra, niña caprichosa con un cielo despejado en tu frente
dueña de todo cuanto veías allende mi cuerpo 
(y mi boca y mis ojos y mis manos. 
¿Qué podía hacer yo con tanta batahola?
No podía coger esa insistencia dorada y arrojarla al sol,
una vez abierta mi herida era la vena de un armadillo 
que necesitaba ser tierna bajo tu alegre golpear. 
No podía pedirte que no pisaras lo sembrao,
que no crujieras a los caracoles que lamían las piedras
ni lanzaras tus piernas sobre todo lo que estaba por crecer. 
Después del vendaval de tus caprichos
empecé a recoger mis restos, lentamente,
con la triste parsimonia con la que se mueven
aquellos que se han quedado sin hogar.
Tú te sentaste a llorar en medio
de la tierra levantada
del campo ya tan yermo
del nosotros tan sin nada.

lunes, 28 de noviembre de 2016

In memoriam



El camino hacia el cementerio es largo. Los abrigos negros avanzan silenciosos entre los cipreses blancos. El cielo llueve congestionado, llueve sobre mi cara, sobre los paraguas y los pasos. A lo lejos se levanta la loma de nuestros olivos, y me viene a la memoria el tacto de sus ramas peinadas y sus aceitunas suaves, de cómo los jerséis sudaban campo y el vaho calentaba y humedecía nuestros labios a través de las prendas. Tú te subías al tronco y te hacías olivo y tu cabeza flotaba sobre las hojas con tu boina y su rabillo. ¿Por qué no la llevas ahora que es todo tan frío?
La capilla tiene yedra trepando por las paredes, por las lápidas, mesas de mármol con una laguna en medio para que las familias se reúnan alrededor. El coche fúnebre se para y se abre. Los hombres te cogen a hombros resoplando, aunque ya no pesas. Mi padre llora, el peso recae sobre todo en él, ha olvidado el estoicismo que heredó de ti. Recuerdo bien los días épicos de Vivar, cuando recitabas sus versos de memoria, cuando todavía tenías memoria y no te temblaba la voz. Te ponías de pie y te hacías tan grande como el Cid, Justo el Campeador. ¿Contra qué luchas ahora? La muerte es una cura porque ya no te hace falta recordar. Ni que yo me ponga pantalones rotos para que me reconozcas, ni que tengamos que repetir los nombres, las caras, lo que pasó ayer, o hace veinte minutos. Ya no te tienes que agobiar más porque estemos todos aquí y no sepas por qué. Te estamos inhumando, sin tu boina, sin tu memoria, sin tus olivos ni tu porte campeador. Te estamos enterrando sin nada de lo que eras tú. ¿Se secará el cemento con esta lluvia? Nos vamos. La muerte es una cura porque ya no tendrás que recordar. La muerte es una cura porque olvidarás la angustia que dejan las ausencias. 
La muerte es esta lluvia limpiando la memoria.

martes, 8 de noviembre de 2016

Jitanjáfora

Obra de Agnes Cecile


Apenas él le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémiso y caían en hidromurias, en salvajes ambonios, en sustalos exasperantes. Cada vez que él procuraba relamar las incopelusas, se enredaba en un grimado quejumbroso y tenía que envulsionarse de cara al nóvalo, sintiendo cómo poco a poco las arnillas se espejunaban, se iban apeltronando, reduplimiendo, hasta quedar tendido como el trimalciato de ergomanina al que se le han dejado caer unas fílulas de cariaconcia. Y sin embargo era apenas el principio, porque en un momento dado ella se tordulaba los hurgalios, consintiendo en que él aproximara suavemente sus orfelunios. Apenas se entreplumaban, algo como un ulucordio los encrestoriaba, los extrayuxtaba y paramovía, de pronto era el clinón, la esterfurosa convulcante de las mátricas, la jadehollante embocapluvia del orgumio, los esproemios del merpasmo en una sobrehumítica agopausa. ¡Evohé! ¡Evohé! Volposados en la cresta del murelio, se sentían balpamar, perlinos y márulos. Temblaba el troc, se vencían las marioplumas, y todo se resolviraba en un profundo pínice, en niolamas de argutendidas gasas, en carinias casi crueles que los ordopenaban hasta el límite de las gunfias.


Rayuela 
Julio Cortázar

miércoles, 19 de octubre de 2016

Al acecho del otoño


Un temblor en los labios
el crujir de las hojas en el pelo
tú tan roja jilguero en su nido
yo tan insoportable nostalgia naranja.
¿Viniste? 
El otoño se me echó encima
y no sé si puedo seguir recordando
tu boca de vino, tu cuello como de abedul
tus pestañas que eran abubillas 
postradas ante la lluvia inminente.
Hay un resquicio en mi memoria
¿Vienes? 
De la separación de hemisferios
se escapa el espacio entre nuestros labios.
Esa micra divina que falta, ese sinlatir tardío
me parece la caricia de un animal
que apenas respira.
¿Vendrás? 
Recuerdo que te llamé a gritos
y tú me miraste abriendo mucho los ojos
con agazapado lomo tenso 
moteado por un breve sol.
¿Te vas?
Llueve. Un ciervo huye
hacia las montañas.

martes, 11 de octubre de 2016

Hernán el charlatán

Hernán el Charlatán nació en silencio. Los médicos no arrancaron de él ni un berrido cuando le dieron la bienvenida a este mundo doloroso con un azote no menos doloroso. Su madre rompió a llorar, desconsolada por no escucharle, y cuando le pusieron entre los brazos a ese niño rojizo y callado, lo agarró con fuerza para que nadie, ni siquiera la muerte, se lo arrebatara. 
Hernán pasó los siguientes años atravesado por un mutismo sin precedentes. Creció entre silencios, regado por la sobreprotección de su madre —que no lo soltó desde que lo tuvo en brazos por primera vez— y por la rabia impotente de su padre. El niño resultó ser una criatura chocante, feliz y muy atrolondrada. Su padre, que era un hombre muy empírico, vaticinaba su futuro con la voz solemne y oscura. 
—Este crío no llegará a nada —solía decir.
Siempre que llamaba a su hijo, su nombre sonaba como una persiana metálica bajando: «¡Herrrrrrrnán!» Y la no respuesta para él era como cientos de cuchillos atravesándole las sienes, una afrenta al sentido común, al lealtazgo, al respeto... y a otras subjetividades que se le iban ocurriendo en el momento para justificar el enfado y sus consecuentes azotes. El muchacho era castigado cada vez que correteaba de la mano de las musarañas, lo cual ocurría con demasiada frecuencia; y aunque de su boca no saliera ni un sonido, la carne enrojecida le palpitaba hasta que llegaba su madre y lo calmaba con un dulce abrazo.

Pensaron que aquello sería sólo una etapa, alguna fase de esas anales de las que tanto hablaba Freud y que consiste en dar por culo, básicamente. Tenían la esperanza de que se le pasara y que por fin se dignara a decir algo; pero no fue así. Mientras el resto de la humanidad aprendía a hablar antes que a pensar, Hernán permaneció la mitad de su infancia callado, tan inmerso en su silencio que llegaron a temer que fuera mudo. Los logopedas y lingüistas analizaban al niño con la meticulosa pasión de los rusos, teorizando sobre Chomsky y llevando a cabo pruebas y métodos de origen polaco. Nadie consiguió dar con el problema ni elaborar un diagnóstico claro. El único que postuló su teoría con convencimiento y a gritos fue su padre:
—Este crío no es mudo... ¡es imbécil!

Una calurosa mañana de agosto, tras siete años de silencio, Hernán entró en la cocina, se situó frente a su madre, abrió los labios y dejó escurrir una palabra que llevaba días haciéndole cosquillas en la lengua: “semperiternino”. A la pobre mujer se le cayó al suelo el cuchillo con el que estaba troceando la remolacha. No sabía qué endemoniada palabra era aquella, ni de dónde la había sacado, pero le llenó la cara de besos mientras él le llenaba los oídos de sandeces como “mamá, te sudan los dientes” o “ya han llegado los mortreños...” Ella, sin hacerle mucho caso, lo abrazaba con más fuerza aún, feliz y sorprendida porque el chiquillo hablara, aunque sólo fueran tonterías.
—¡Padre de Hernán, corre! —le gritó a su marido—. ¡Nuestro hijo ha dicho sus primeras palabras! ¡Deprisa, tienes que ver esto! ¡Te dije que no era imbécil, te lo dije!
Y el padre llegó a todo correr, con la cara enrojecida y los pantalones medio bajados.
—¡Mira, es el mortreño! —dijo Hernán señalándole—. ¡Y trae parzas y almuncias!
La cara del hombre pasó del rojo fatigado al rojo enfurecido en cuestión de segundos.
—¿Tú lo escuchas? ¡Definitivamente es imbécil! Ya lo decía yo, que no llegará a nada. ¡Ay de mí, si por lo menos nos dieran subvención!
Se fue llorando y murmurando mientras la madre cubría las orejas del niño con dos hojas de remolacha.
—Tú no lo escuches —le decía entre besos—. Eres un niño especial que algún día se convertirá en un hombre especial.
—Tienes colimbo en el mirar —contestó Hernán.

Desde aquel día en que dijo sus primeras y extrañas palabras, no se volvió a callar. No daba ni un respiro a nadie. Pasó los siguientes años de su infancia hablando por los codos, por las rodillas y por las orejas, aprendiendo a distinguir cuáles eran las palabras que existían según las academias reales y cuáles las que existían según él y su propio panhispánico. Por desgracia para todos, su cerebro iba un poquito más lento que su lengua, así que metía la pata a menudo: creaba situaciones incómodas y era incapaz de mentir. Cuando los familiares, amigos y conocidos miraban inquisitivos a su madre buscando una explicación, ésta se encogía de hombros y solía decir, excusándose, que Hernán estaba recuperando el tiempo perdido y por eso hablaba todo lo que no había hablado en siete años.
También en esta ocasión pensaron que se trataba de una etapa, de un fenómeno curioso y pasajero que se quedaría como anécdota para contar a los nietos. Pero no fue así. La verborrea del chico estaba fuera de la jurisdicción de los logopedas, así que lo trataron los psicólogos, que analizaron a Hernán introspectiva y retrospectivamente sin hallar en él ninguna causa o solución.

Cuando Hernán alcanzó la pubertad, era más alto, más desgarbado, con pelusilla de bisoño imberbe, pero seguía hablando exactamente lo mismo. En el instituto se ganó el apodo de Charlatán, y los demás chavales lo evitaban por no verse envueltos en su loco bucle de fonemas. Aunque era muy inteligente, los profesores no le dejaban muchas oportunidades para hablar en clase, puesto que se arriesgaban a que sonara la campana o les llegara la jubilación si le daban la mínima oportunidad. Tampoco sus calificaciones eran muy buenas, ya que llenaba todas las hojas de los exámenes sin orden ni concierto, rozando con sutil y delicada brevedad los temas pertinentes.
En cuanto a las vicisitudes propias de la edad, Hernán pasó por ellas con la misma elegancia que un palomo cojo: hablaba de sexo sin pudor y piropeaba a las chicas sin vergüenza. Era atractivo y carismático a su manera, lo cual le otorgó algunos puntos de popularidad, sobre todo entre las féminas. Los chicos, algo celosos, solían bromear con que los besos que recibía Hernán el Charlatán eran la única forma de hacerlo callar.

Unos cuantos años después, habiendo aprendido nuevas palabras y alguna que otra lección, salió por la puerta un hombre graduado y con las manos llenas de intenciones. Puesto que era un gran orador y tenía un expediente académico mediocre, intentó hacer carrera como político. Se afilió a un partido y fue ascendiendo gracias a su carisma y don de palabra. Por primera vez en su vida, su padre se sentía orgulloso de él y lo enarbolaba por el vecindario como si fuera una bandera. Pero la dicha duró poco: su carrera como político terminó el mismo día que descubrieron que no sabía mentir. Tras aquello, su padre se refugió en su habitual y enfurruñado pesimismo con una úlcera en las tripas.
—¡Ni para político sirves! ¿Dios mío qué te he hecho yo? —se quejaba.

Un panorama desolador se apoderó de Hernán y le quitó de un plumazo el carisma, la energía y la esperanza. No le quitó las palabras, puesto que las llevaba bien atadas a los labios, solo que éstas pasaron a ser lamentaciones lúgubres y fatalistas. Tras dar muchos tumbos y no encontrar su sitio, se apalancó en el sofá de su casa y se entregó a una vida sedentaria y contemplativa en la que lo único que ejercitaba era la lengua. Aquello fue el detonante que colmó el bordado vaso de la paciencia de su padre, que se liaba a repartir collejas cada vez que veía a su hijo mano sobre mano, lo cual ocurría siempre.
—¡Ya lo decía yo: este crío no llegará a nada! ¡Pero aquí nadie me hace nunca caso! —gritaba rojo de rabia.
Hasta la madre, que tanto quería al chiquillo y que lo protegía desde que nació, empezó a regañar a Hernán por su estilo de vida tan deplorable. Solía decir que tenerle allí era lo más parecido a tener un loro encerrado en una jaula: todo el día parloteando y comiendo pipas.


Al fin, un buen día, Hernán recuperó los ánimos para salir a la calle en busca de trabajo. Bajo un sol primaveral y el alegre trinar de los pájaros, se encaminó con buen paso hacia el instituto de empleo. Después de una cola de dos manzanas y de haber entablado conversación con un tercio de la ciudad, llegó su turno. Se acercó con paso distraído a la mesa donde lo esperaba una bella mujer. Hernán fue a echar mano de sus palabras, y cuando ella le clavó la mirada, no pudo encontrarlas. En su lugar tan sólo halló balbuceos y una falta importante de saliva.
—¿Sí? ¿En qué puedo ayudarte? —preguntó ella divertida, desplegando su sonrisa como si un pájaro echara a volar.
—Ti... ti... tienes quilas y escances e-e-e-en el mirar —Su voz era apenas un murmullo inteligible.
Ella lo miró sorprendida por unos instantes, luego se echó a reír con el candor de los salmones. En sus mejillas se dibujaron dos hoyuelos como dos abismos, y sus pestañas, largas y melifluas, se tornaron alas que invitaban a todo en cada parpadeo.
—Vaya, es lo más bonito que me han dicho nunca. Eres muy gracioso —le dijo con dulzura.
En ese momento Hernán el Charlatán nació de nuevo, y una vez más lo hizo entre silencios. Se agarró el pecho entumecido con sorpresa y miedo. Se le fugó la voz de la garganta y el color del rostro.
Aquella mujer le había dejado, inexplicable e irremediablemente, sin palabras.

domingo, 26 de junio de 2016

Decisiones

Hoy decidiremos el futuro de la nación 
en las mismas aulas en las que aprendimos 
qué era una nación y qué significaba el futuro.

jueves, 16 de junio de 2016

Las cinco heridas

La inspiración del despecho. 
Fotografía de Jessica Lavera


Cuentan que era de noche y que el tiempo no existía cuando Dios se sentó a contemplar el universo.  Viendo que le faltaba algo, dejó de exornar el mundo con palabras y pasó a crearlo con las manos. Entonces se hizo el tiempo, la vida, el deseo y la muerte, como cuatro heridas certeras que rasgaron su horror vacui. A partir del barro lactante de la tierra moldeó al primer hombre para que amamantara de su obra dando gracias, y lo dejó a salvo en una cuna donde no existía el dolor, pero sí las necesidades. Adán no tardó mucho tiempo —recordemos que ya existía el tiempo— en necesitar a alguien con quien compartir aquel silencioso jardín, así que Dios lo durmió, y ayudándose de un hueso de su cabeza, moldeó a la primera mujer.
La primera mujer era muy inteligente, pero también altiva, prepotente y manipuladora. Trataba a Adán con desprecio y sempiterna superioridad, y mediante este continuo maltrato sometió al primer hombre, que aprendió lo que era la muerte —recordemos que ya existía la muerte— y el sufrimiento. Tras ver aquello, Dios la castigó y, dándose cuenta de su error, volvió a dormir al maltrecho Adán para moldear otra mujer a partir de un hueso del pie.
La segunda mujer resultó ser inferior, débil, insegura y servicial. Adán se aprovechaba de ella y aprendió lo que era el deseo —recordemos que ya existía el deseo—, aunque era un deseo nocivo y cruel. Dios, dándose cuenta de esto, liberó a la segunda mujer, castigó a Adán y lo mandó a dormir. Pensando que en el centro debía estar la virtud, tomó un pedazo intermedio y próximo al corazón: una costilla. 
Entonces nació la tercera mujer, que era inteligente, atractiva, justa e independiente. Gracias a ella Adán aprendió lo que era el amor, y por lo tanto la vida —recordemos que ya existía la vida—, y lloró como un niño atravesado por las cuatro heridas. Dios contempló su obra satisfecho, dijo por vez primera aquello de que a la tercera va la vencida, y aprendió lo que era la igualdad, que se convirtió en la quinta herida que el ser humano necesitaba. 



"Dios no hizo a la mujer de un hueso de la cabeza del hombre para que estuviera encima de él, ni de un hueso del pie para que estuviera debajo de él; la formó de la costilla para que estuviera a su lado y cerca de su corazón".
Pensamiento judío.


miércoles, 1 de junio de 2016

La mano de los dioses.

El Cristo de los gitanos. Fotografía de Jessica Lavera.

Fuimos los partícipes del suceso
que desmitificó a nuestros dioses
con la proclama de la verdad.
Nadie dijo nada de la mano 
que acariciaba nuestros ojos
con tan poca delicadeza.
¡Y era una mano tan separada!
A los ídolos les moja la lluvia,
a los hombres el sudor en los hombros.
El último que dijo aquello de que Dios ha muerto
fue hendido por un rayo
delgado y rojizo como el azafrán.
¿De dónde viene tanta oscuridad?
La noche cruza las plegarias
como una estrella sibilante y fugaz, 
trece clavos en total
[y ninguno la muerte
La mano separada late los tambores con fuerza.
¡Mirad! ¡Un mesías ha nacido!
Contemplemos juntos
el comienzo de las razas.

miércoles, 18 de mayo de 2016

Defenestrarte

Pienso en la palabra defenestrar cuando el sol arroja un charco de luz sobre mi cama. Hago apología de ti entre las sábanas de mi memoria, que están arrugadas y sucias, y que habría que cambiar en algún momento... pero todavía te huelen.
La palabra defenestrar es un suicidio aparatoso y sangrante, como el que hace mi lengua cuando pronuncia tu nombre teniendo que atravesar los cristales de mis dientes. El otoño ha defenestrado todas las hojas de sus ramas; yo, el velo carnoso de mis huesos. Te mudaste de mí con la misma parsimonia siseante con las que las serpientes abandonan su piel. Cuántas cosas había en las cajas que te llevaste, cuánto veneno dejaste aquí. Qué vacío reptante y antiguo me atraviesa, el calor se ha defenestrado por mi pecho. Se anuncia la primavera con las mismas trompetas con las que se defenestró el verano. Todavía hay pedazos de sudor y muerte en la tierra de mi cuarto. 
Tu ausencia es jodida y salada; ya sabes que no soporto el exceso de sal, me gusta todo poco cocinado y al punto, como tu cuerpo. Pero esta ausencia... quiero llamar al chef y pedirle explicaciones de por qué tanta sal en mi soledad. Cómo se defenestran las cosas y las palabras. Estoy harta de ver cómo se defenestran las cosas y las palabras. Defenestraron mis caballos por el gran cañón que se abría entre tus tetas. Defenestró mi cordura por el cielo de tu frente. Defenestraron mis manos por la carretera de tu columna. Estoy febril. ¿Estamos en febrero o en otro mes? Deberían acortarlo todo cuando tú no estás. 

Hoy he defenestrado mi último paquete de tabaco por el hueco de mis temores, justo entre las costillas, pegando al corazón. No ha hecho ruido, el humo es silencioso y concluyente como tus tacones o el portazo al marcharte. Defenestramos tantas cosas entonces que ahora es insultante que haya un charco de luz sobre mi cama, que aparezcan las flores y que llueva el sol por la ventana. Qué jodido es que canten los pájaros, que no tienen ni puta idea de lo que es la primavera ni de lo que es defenestrarse por ti.

jueves, 12 de mayo de 2016

El cumpleaños




Las paredes de la habitación están pintadas de un glauco iluminado. Un hombre respira lentamente tras la cortina. Está despierto, pero no oye llegar a su hijo.
—¿Papá?
El anciano, desconcertado, lo busca con la mirada vidriosa. Lo primero que ve es una sombra que se recorta contra la ventana; lo segundo es la tarta y la vela prendida que sostiene entre sus manos. Sonríe con las encías.
—¿Quién cumple años? —pregunta con voz de herrumbre.
—Tú, papá, muchas felicidades.
El rostro del anciano desaparece entre las arrugas al reír. El hijo sopla la vela y le habla de sus nietos, del trabajo, del estupendo día que hace y de los almendros que tienen en el pueblo. «Que ya es primavera, que ya les ha salido flor» le dice.
El anciano lo mira como si fuera la primera vez, luego mira la tarta.
—¿Quién cumple años?

domingo, 8 de mayo de 2016

Ira

Tus manos me muerden con los dientes blanquísimos,
tus ojos altos me miran desde una atalaya,
—¿Qué vas a hacer?
Mi cuello se esparce entre tus dedos y la cama,
ya sin huesos, toda líquida,
no ríes ni amenazas.
—Tú sólo calla.
Y me abres un hueco por dentro
con la saliva tibia y mucha rabia.
Te he dejado sin amor, 
lo he repartido en otras camas.
Ahora me doy cuenta
del hueco que hay en tus costillas.
—¿Te sorprende? 
El inesperado orgasmo
es un mar con gaviotas de fondo 
y una cuchilla (muy metálica).
¿Cómo puedo callar
si entre tus dedos también
 se me esparce
                         la voz?]

lunes, 25 de abril de 2016

Benito del Salzillo.

Toro Bravo, imagen de Tomás Castaño.

Benito del Salzillo nació tempranero, de un rojo apresurado, con la piel arrugada como la de un lagarto y nada bajo el brazo. Creció pequeño y adicto al anís desde un dolor de dientes. En el pueblo siempre tuvieron claro que era un temerario, desde que con seis años se subió a lo más alto del árbol más alto del cementerio para ver si se movían los muertos. «¡Anís del mono!» gritaba. Se le quedó lo de mono.
El televisor de su casa era en blanco y negro y sólo tenía un canal, que echaba los toros y algunos documentales de Félix Rodríguez de la Fuente. ¡Curioso Benito! Pero sin escolarizar. Aprendió los números con el mando de la tele y nunca llegó a leer. Cuando se quedaron sin anís, sus padres vendieron el aparato para comprar más. ¡Aburrido Benito! Salió a la calle a torear estatuas con una sábana como capote y una botella como espada.
¡Tonto Benito! No lo digo yo, lo dijeron los del pueblo cuando lo vieron con la boca hacia fuera intentando provocar a la estatua de un buey. «¡Eh, toro!» Pieza de arte que no se movía. «¡Eh, toro!» El pito hacia delante como si fuera a mear. Tardó unos días en probar con las vacas de los campos. «¡Blanca leche!» Benito se dio cuenta de que el anís estaba más bueno si lo mezclaba. Semanas después fue a por las vaquillas, delgadas como juncos, que perseguían la sábana cuando les azuzaba con un palo. «¡Eh, toro!» La mano del anís apoyada en la cadera. «¡Eh, Benito!» Los ganaderos corriendo enfurecidos hacia él.
Benito tenía la efervescente adolescencia asomándole por las rojas mejillas. Echó a crecer, pero muy poco, un día que caminaba hacia el pueblo más cercano. Le llegó el lento pacer de los negros toros cuando las negras aves se posaron en sus negros lomos. «¡Cuánto negro!» Exclamó Benito corriendo ladera abajo. Estaba rojo de sangre cuando un rejoneador de Jaén se encontró con él. «¡Eh, toro!» los labios hinchados hacia delante. «¡Eh, toro!» Bañando sus heridas con anís. El rejoneador lo subió a su caballo blanco cuando vio su talento. «¡Valiente muchacho, tienes lo que hay que tener!» le decía emocionado.
Benito apareció en las plazas al año siguiente. «¡El tonto del pueblo!» exclamaban asombrados los del pueblo al verle. Entre vítores y aplausos celebraban el arte de Benito. ¡Gallardo Benito! Traje de luces ajustado, espada y capote de verdad, las botellas de anís escondidas tras los burladeros. «¡Eh, toro!» Las cicatrices rojas de su cara llena de chulería. «¡Eh, toro!» El pito hacia delante como si lo fuera a clavar. 
Benito del Salzillo murió tempranero, de un rojo apresurado, con un cuerno bajo el bazo. ¡Pobre Benito! Desangrándose sobre la tierra pidió ser enterrado en alto, para ver si se movían los muertos. «¡Anís del mono!» Se amorró a la botella para amamantar del último trago, los labios amoratados, el pito encogido. «¡Cuánto negro!» exclamó corriendo muerte abajo.


viernes, 8 de abril de 2016

Onomatopeya



Le follaría la boca a tu lado más subversivo
con un par de fonemas sería suficiente,
o con una onomatopeya
¡Ay, zorra!
Una droga tuya bastaría para sanarme,
¿bastaría?
Si con las manos te hago un hueco en las mandíbulas
grande como el universo
y te doblo los dientes hacia dentro
(siempre tiene que ser hacia dentro)
para que surta efecto
el último beso, también hacia dentro,
¡Ven, oh, dolorosa!
tengo tanta fuerza, amor, y rabia que darte...
                        ¡Crack!
¡Cuánta droga!
Los huesos ceden.
             ¡Mierda!
              … otra onomatopeya.
¿Bastará?

miércoles, 6 de abril de 2016

Café nostalgia

Vivir es lo que me inhibe vivir con despreocupación, porque yo vivo todo con un exceso de sensaciones. Me agrada que el sol penetre en mi piel hasta que los poros se abran en condenadas ampollas, disfruto que el mar arrugue mi carne con sus olas como navajas saladas, que el aire produzca infección en mis lagrimales y el pus se endurezca en legañas o postillas, disfruto tragar polvo, sentir en mi garganta el cosquilleo del alto nivel de polución. Y claro, vivir de esa manera tan física, tan trascendental, me aniquila; entonces me refugio en los libros. Leer me impulsa a leer. La lectura es la señal de que aún poseo inocencia, de que todavía puedo preguntar. Preguntar, ¿a quién? Cuando voy por la mitad de un libro por fin dejo de ser yo. Porque leyendo sueño. Pero leer, soñar y besar en los labios es vivir con mi yo, dentro de mi yo. Aprecio la melancolía del yo. Existe una extraña seducción entre tu yo y el mío, entre el yo de aquel que por convencionalismos morales o traumas sociales restará importancia al yo íntimo del otro. Leer es lo único que puede hacer coincidir las soledades sin que nuestro ego predomine por encima de las épocas, los sitios, las costumbres del otro. Aceptar al prójimo no es lo mismo que tolerarlo, es una verdad de Perogrullo que hemos desdeñado demasiado aprisa. En el verbo tolerar está implícita la censura. Todavía el hecho de leer permite, aunque a duras penas, a causa de constituir una vivencia cultural, la aceptación del otro, y en el más afortunado e inteligente de los casos mezclarlo con el nuestro. Aceptamos el miedo a la muerte, el cual asumimos como un suceso culto.

sábado, 19 de marzo de 2016

La fuerza de la costumbre



Busco la explicación de tu mano en mi garganta, al igual que busco el oxígeno de lo lejano en mi memoria. Me he acostumbrado a lo que no sólo no llega, sino que también se marcha. A tu sonrisa, al chute de esperanza, a la dosis exacta, al par de micras, a la falta. Me he acostumbrado a seguirte por no estirar el cuello, que es cosa de cisnes. A la falta de sexo, a no poder girar la cabeza hacia el que me viene, hacia el que me llama. Me he acostumbrado a la cera en mi saliva, a lo ígneo en cualquier palabra, a la falta de voz, a no decir nada. Me he acostumbrado a la fuerza de tu brazo, a que la uses con costumbre, a la fuerza de la costumbre. A la asfixia precisa, a la presión constante, a vivir respirando poquito para que no me ahogue en el aire. Al tacto de tu mano dactilándome las venas, a la cadencia de tu sombra que no cesa. Me he acostumbrado a tu presencia del mismo modo que un preso se acostumbra al tintinear de las llaves de un guardia. Me he acostumbrado a no ver la libertad y sólo escucharla. Es un sonido reconfortante y lejano.
Reconfortante
















































pero lejano.

sábado, 12 de marzo de 2016

Como alma que lleva el diablo


Hay una mujer corriendo lejos
como alma que lleva el diablo.
Solo que ella es el diablo
y el alma que se lleva, mía.

sábado, 5 de marzo de 2016

Metro

En las mañanas lluviosas y grises
las palomas se acurrucan contra el metro,
hacen currucú currucú flojito
y le cagan a los transeúntes en los billetes.
Dios juega a tirar barro sobre una maqueta
a escala uno es un billón,
que ha llenado de gente,
de niños y de coches atrapados.
También ha puesto gasolineras
por si acaso avanzamos
con billetes cagados
y dinero gris de asfalto.
Yo me acurruco contra las palomas,
ahí en el metro, currucú.
Qué infame está todo,
qué díscolo el hierro.
En las venas hay un metal rojo
y caliente que viene de la sangre
y de la orina de los vagabundos.
Los mapas amarillos y arrugados,
desteñidos, quizá desactualizados
cuelgan del hormigón duro, durísimo.
Las vías que se dibujan en ellos
son un entramado de venas,
pero no son rojas como la sangre,
                             sino naranjas]
y se parecen a los brazos
—ese pan moreno y crujiente—
de los muchachos jóvenes
y deportistas de verano.
Lluvioso asfalto de hierro y gris, recuerda,
el currucú durísimo de los vagabundos,
un billón de personas haciendo escala
para arrojarle barro a Dios,
                    que llora como un niño]
al que se le han cagado las palomas
después de tirarles pan crujiente y moreno,
al que se le han meado los muchachos
jóvenes y deportistas de verano
                                  lejano verano]


viernes, 19 de febrero de 2016

Armada



Si permitieran las armas en este país
yo me armaría hasta los dientes
para protegerme de ti.
Me compraría algo que sea negro
y suene ruso,
un kalashnikov, quizá.
La muerte no entiende de idiomas.

A ti no te hace falta licencia, ni armas
que tengan negro ni suenen ruso.
Bastaría una mirada tuya,
una palabra, una sonrisa curva,
una caricia, un quizá,
para quitarme la vida.

La muerte tampoco entiende de ti.

martes, 9 de febrero de 2016

[Des]encuentros




Tres de la madrugada. Paseo con mi perro por calles desiertas y silentes. Me acompañan la soledad, un cigarrillo y el eco de nuestros pasos. El barrio está completamente a oscuras, las farolas están apagadas y la ciudad duerme en sus casas. Avanzo con calma y algo agarrotada por el frío. Al doblar una esquina mis ojos se detienen en la única luz que hay: proviene de la fachada de un edificio lejano. Me enciendo el cigarrillo, el fuego ilumina tenuemente mi cara cansada; el chasquido que produce la piedra y el sucesivo chisporroteo me reconfortan, lo prendo varias veces mientras suelto el humo.
La ventana de la que procede la luz se va haciendo cada vez más grande conforme avanzo por la calle. Hay algo de mágico en la solitaria ventana iluminada de un edificio negro. Significa que alguien vive. Alguien despierto, vacilante, insomne. El viento aúlla entre las hojas crujientes de los árboles, suena como el crepitar de mi mechero y eso también me reconforta. Las cortinas de la ventana están descorridas, son blancas y vaporosas como cisnes agazapados. Entre ellas, emerge la figura de una mujer que se está desnudando. Una, dos, tres... cuento mentalmente las prendas de las que se va despojando mientras le doy al cigarro caladas cortas y constantes. Se desabrocha el sujetador, sus omóplatos dibujan una línea en el centro de su espalda cuando echa los brazos hacia atrás. Siento que podría perderme en ese abismo. Uno, dos, tres, cuatro, cinco... cuento a media voz los pisos que me separan de ella. Los tirantes se escurren de sus hombros con la ligereza de los jilgueros. Se agacha a coger algo. Cuando vuelve a aparecer, sus tetas blancas se me ofrecen como dos lunas de duro estaño. Me acuerdo de Lorca. Ella me descubre y se tapa con las manos. Yo, avergonzada, aparto la mirada y tiro el cigarro con brusquedad. Lo piso varias veces para que las ascuas rojas no me delaten, como si se tratara de la mira láser de un francotirador. Aunque resulta obvio que ya es demasiado tarde: me ha visto. Echo a andar de nuevo sin saber bien hacia dónde. Me siento como uno de esos voyeur solitarios y tristes que ahogan sus deseos desde las sombras. Uno, dos, tres, cuatro... cuento lentamente los segundos que tardo en volver a mirar hacia arriba. Ninguna ventana iluminada se recorta ya contra el edificio negro. Ahora son todas iguales, apagadas, somnolientas, muertas.

Con cierto nerviosismo me enchufo otro cigarrillo. La piedra del encendedor me chista, líneas anaranjadas revolotean junto a mi nariz. El sonido que antes me reconfortaba, ahora parece el quejido lamentable de un moribundo. Cuando consigo prender la llama, una luz se enciende al mismo tiempo en la ventana en un acto terriblemente empático. Tras el cristal está ella, completamente desnuda, mirándome. Esta vez no se está cubriendo: está ahí parada, como una diosa que mira desafiante a un mortal. Con tremenda lentitud, y sin apartar sus ojos de mí, desliza una mano delgada como una rama por sus clavículas, trazando un camino invisible hasta su ombligo. Después se da la vuelta y desaparece. La luz se vuelve a apagar.
Yo me quedo largo rato mirando la negra ventana, como hechizada. Ni siquiera puedo contar los segundos. Me entra sed. El viento ha dejado de aullar, la noche vuelve a ser silente y solitaria, y el cigarrillo se consume entre mis dedos hasta formar una columna de cenizas y quemarme.
De pronto, el pitido ronco de un telefonillo automático rompe la quietud. Proviene del edificio de la mujer desnuda. Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete... suena largo rato, escandaloso y apremiante.

A lo lejos, un perro ladra en la noche.

domingo, 31 de enero de 2016


Yo quiero irme rápido,
como se van las estrellas fugaces
y no quiero que sea indoloro,
quiero arder hasta consumirme
y que la gente diga oooh, y pida un deseo.

sábado, 23 de enero de 2016

Café


El gris se vistió de café que se vistió de tu piel el día que te desnudé. Eras la poderosa Afrodita africana que emanaba elucubraciones de ostras, perlas y costillas blancas. Desde el balcón de tu clavícula me precipitaba al vacío, siempre abajo, ¡qué rizado! Tú agarrabas mi pelo y suplicabas abajo, más abajo, ¡tan abajo! Una vez llegamos nos dimos cuenta de que el infierno era caliente y el aire viciado, muy viciado ¡tan viciado! Suspirabas marrón como la tierra recién llovida. Tu sudor era brillante y transparente, parecía que tenías peces suicidándose en tu espalda; mi saliva era mate e inmanente, así como los predicadores tienen hormigas en la lengua. Agua, más agua, ¡tanta agua! Yo no sabía que los orgasmos tuvieran esos labios tan gruesos, ni esos gemidos tan de esclava mía. Qué tan llena de seísmos y síes, mulata, qué tan llena de temblar bajo mi peso, cómo se abrían grietas en tu piel de barro y subía a cantar la hierba. Amarte a ti significaba amar al sexo más que al café, más que a la tierra, más que a la propia patria.

miércoles, 20 de enero de 2016

Autosuficiencia





Mientras el enfermero me sacaba sangre una anciana se ha acercado acompañada de su hijo. El enfermero la ha saludado como quien saluda a un viejo compañero de la mili: a gritos.

—¡Hombre, Emilia! ¿Cómo está usted?
—Bien, bien —contesta distraída mientras se sitúa a mi lado a pasos costosos— ¿Me siento aquí?
Me señala con un dedo huesudo y tembloroso. El enfermero todavía sigue buscándome la vena y se ríe.
—Mujer, espere a que acabe con esta bella jovencita y estoy con usted. ¿Qué tal en el pueblo?
—A las ocho tenía yo, sí.
El enfermero levanta la voz:
—¡Que qué tal en el pueblo, señora!
—Pronto, muy pronto.
El enfermero le hace algunas preguntas más, pero la anciana, distraída, lanza respuestas aleatorias mientras me mira fijamente, esperando impaciente a que me levante de la silla para sentarse. La aguja ya está dentro y voy por el primer tubo.
—¿Cuántos años tiene? —pregunta el enfermero al hijo de la anciana.
—¡Noventa y cuatro! —contesta el hijo con orgullo— ¡y los que le quedan! Ha venido por su propio pie.
—¡Qué barbaridad! Y mire cómo está. Su madre es una mujer durísima.
—Y no vea usted cómo camina. Todavía lee y se entera de política. Y lleva la casa.
El enfermero me cambia el primer tubo por el segundo sin mirar siquiera, la aguja se mueve dolorosamente dentro de mi brazo antes de que la sangre empiece a subir.
—¿Pero vive sola? —pregunta boquiabierto.
—Sí, sí, hace todo ella sola. A veces viene una mujer a ayudarla con las tareas más pesadas, pero ella solita lo hace todo, y no nos da ningún problema.
Mi sangre burbujea. La anciana sigue mirándome y sonríe de vez en cuando como si se enterara de algo. Cuando se dispone a hablar otra vez nadie la escucha. Tanto el enfermero como su hijo siguen con las alabanzas, parece que estén hablando de un coche.
—Bueno esto ya está, linda, aprieta fuerte que no te salga moratón. ¡Emilia, ya puede sentarse, a ver ese brazo!
Yo salgo por la puerta cagando leches y apretándome fuerte.
Qué innecesario énfasis se pone en las alabanzas del crío que crece, aprende y es obediente.
Qué piadosa sorpresa encierran las alabanzas del anciano que no desaprende, que es autosuficiente y que sobrevive.

Por mucho que apretara me ha salido moratón