Tal es, en resumen, esta vida bohemia.

Vida de paciencia y valor, en la que sólo puede lucharse revestido con una resistente coraza de indiferencia a prueba de necios y envidiosos, en la que no se debe, si no se quiere tropezar en el camino, abandonar ni un solo instante el amor propio, que sirve de bastón de apoyo; vida encantadora y terrible, que tiene sus victorias y sus mártires, y en la que no debe penetrarse más que cuando se está dispuesto a padecer la implacable ley del vae victus.
H. M

martes, 23 de abril de 2013

[Re]morir


Es muy difícil intentar morir. Sobre todo cuando llevas tanto tiempo muriendo.

La vida es de valientes; la muerte de verdad, la que tú decides, es de valientes. Si te subes a la barandilla de un quinto piso y te quedas sentada mirando cómo cae una colilla aplastada en la noche lo compruebas. Te vuelves tan insignificante como esa colilla. Tus palabras se vuelven insignificantes. Tus sueños se vuelven insignificantes. Tu saliva desaparece porque así de insignificante es tu cuerpo. Te preguntas  cuánto tardarían en darse cuenta, si el mundo se detiene porque tú te tiras desde un quinto piso. Tú, que tan insignificante eres. Te das cuenta de que morir así será la única decisión que tomarás en tu vida. Y coges impulso, cierras los ojos, encoges las piernas y vuelves dentro. Te metes en casa y cierras el balcón porque hasta tu valentía es insignificante. Y piensas: "si mi vida es tan insignificante como yo, nos llevaremos bien".

Para llegar a esta conclusión no merece la pena vivir. Pero tampoco merece la pena morir para llegar a ninguna. Sobre todo cuando llevas tanto tiempo muriendo.


No sé tú pero yo,
me quedo en el limbo.
Sin penas que merezcan.