Tal es, en resumen, esta vida bohemia.

Vida de paciencia y valor, en la que sólo puede lucharse revestido con una resistente coraza de indiferencia a prueba de necios y envidiosos, en la que no se debe, si no se quiere tropezar en el camino, abandonar ni un solo instante el amor propio, que sirve de bastón de apoyo; vida encantadora y terrible, que tiene sus victorias y sus mártires, y en la que no debe penetrarse más que cuando se está dispuesto a padecer la implacable ley del vae victus.
H. M

miércoles, 18 de mayo de 2016

Defenestrarte

Pienso en la palabra defenestrar cuando el sol arroja un charco de luz sobre mi cama. Hago apología de ti entre las sábanas de mi memoria, que están arrugadas y sucias, y que habría que cambiar en algún momento... pero todavía te huelen.
La palabra defenestrar es un suicidio aparatoso y sangrante, como el que hace mi lengua cuando pronuncia tu nombre teniendo que atravesar los cristales de mis dientes. El otoño ha defenestrado todas las hojas de sus ramas; yo, el velo carnoso de mis huesos. Te mudaste de mí con la misma parsimonia siseante con las que las serpientes abandonan su piel. Cuántas cosas había en las cajas que te llevaste, cuánto veneno dejaste aquí. Qué vacío reptante y antiguo me atraviesa, el calor se ha defenestrado por mi pecho. Se anuncia la primavera con las mismas trompetas con las que se defenestró el verano. Todavía hay pedazos de sudor y muerte en la tierra de mi cuarto. 
Tu ausencia es jodida y salada; ya sabes que no soporto el exceso de sal, me gusta todo poco cocinado y al punto, como tu cuerpo. Pero esta ausencia... quiero llamar al chef y pedirle explicaciones de por qué tanta sal en mi soledad. Cómo se defenestran las cosas y las palabras. Estoy harta de ver cómo se defenestran las cosas y las palabras. Defenestraron mis caballos por el gran cañón que se abría entre tus tetas. Defenestró mi cordura por el cielo de tu frente. Defenestraron mis manos por la carretera de tu columna. Estoy febril. ¿Estamos en febrero o en otro mes? Deberían acortarlo todo cuando tú no estás. 

Hoy he defenestrado mi último paquete de tabaco por el hueco de mis temores, justo entre las costillas, pegando al corazón. No ha hecho ruido, el humo es silencioso y concluyente como tus tacones o el portazo al marcharte. Defenestramos tantas cosas entonces que ahora es insultante que haya un charco de luz sobre mi cama, que aparezcan las flores y que llueva el sol por la ventana. Qué jodido es que canten los pájaros, que no tienen ni puta idea de lo que es la primavera ni de lo que es defenestrarse por ti.

jueves, 12 de mayo de 2016

El cumpleaños




Las paredes de la habitación están pintadas de un glauco iluminado. Un hombre respira lentamente tras la cortina. Está despierto, pero no oye llegar a su hijo.
—¿Papá?
El anciano, desconcertado, lo busca con la mirada vidriosa. Lo primero que ve es una sombra que se recorta contra la ventana; lo segundo es la tarta y la vela prendida que sostiene entre sus manos. Sonríe con las encías.
—¿Quién cumple años? —pregunta con voz de herrumbre.
—Tú, papá, muchas felicidades.
El rostro del anciano desaparece entre las arrugas al reír. El hijo sopla la vela y le habla de sus nietos, del trabajo, del estupendo día que hace y de los almendros que tienen en el pueblo. «Que ya es primavera, que ya les ha salido flor» le dice.
El anciano lo mira como si fuera la primera vez, luego mira la tarta.
—¿Quién cumple años?

domingo, 8 de mayo de 2016

Ira

Tus manos me muerden con los dientes blanquísimos,
tus ojos altos me miran desde una atalaya,
—¿Qué vas a hacer?
Mi cuello se esparce entre tus dedos y la cama,
ya sin huesos, toda líquida,
no ríes ni amenazas.
—Tú sólo calla.
Y me abres un hueco por dentro
con la saliva tibia y mucha rabia.
Te he dejado sin amor, 
lo he repartido en otras camas.
Ahora me doy cuenta
del hueco que hay en tus costillas.
—¿Te sorprende? 
El inesperado orgasmo
es un mar con gaviotas de fondo 
y una cuchilla (muy metálica).
¿Cómo puedo callar
si entre tus dedos también
 se me esparce
                         la voz?]