Tal es, en resumen, esta vida bohemia.

Vida de paciencia y valor, en la que sólo puede lucharse revestido con una resistente coraza de indiferencia a prueba de necios y envidiosos, en la que no se debe, si no se quiere tropezar en el camino, abandonar ni un solo instante el amor propio, que sirve de bastón de apoyo; vida encantadora y terrible, que tiene sus victorias y sus mártires, y en la que no debe penetrarse más que cuando se está dispuesto a padecer la implacable ley del vae victus.
H. M

lunes, 25 de abril de 2016

Benito del Salzillo.

Toro Bravo, imagen de Tomás Castaño.

Benito del Salzillo nació tempranero, de un rojo apresurado, con la piel arrugada como la de un lagarto y nada bajo el brazo. Creció pequeño y adicto al anís desde un dolor de dientes. En el pueblo siempre tuvieron claro que era un temerario, desde que con seis años se subió a lo más alto del árbol más alto del cementerio para ver si se movían los muertos. «¡Anís del mono!» gritaba. Se le quedó lo de mono.
El televisor de su casa era en blanco y negro y sólo tenía un canal, que echaba los toros y algunos documentales de Félix Rodríguez de la Fuente. ¡Curioso Benito! Pero sin escolarizar. Aprendió los números con el mando de la tele y nunca llegó a leer. Cuando se quedaron sin anís, sus padres vendieron el aparato para comprar más. ¡Aburrido Benito! Salió a la calle a torear estatuas con una sábana como capote y una botella como espada.
¡Tonto Benito! No lo digo yo, lo dijeron los del pueblo cuando lo vieron con la boca hacia fuera intentando provocar a la estatua de un buey. «¡Eh, toro!» Pieza de arte que no se movía. «¡Eh, toro!» El pito hacia delante como si fuera a mear. Tardó unos días en probar con las vacas de los campos. «¡Blanca leche!» Benito se dio cuenta de que el anís estaba más bueno si lo mezclaba. Semanas después fue a por las vaquillas, delgadas como juncos, que perseguían la sábana cuando les azuzaba con un palo. «¡Eh, toro!» La mano del anís apoyada en la cadera. «¡Eh, Benito!» Los ganaderos corriendo enfurecidos hacia él.
Benito tenía la efervescente adolescencia asomándole por las rojas mejillas. Echó a crecer, pero muy poco, un día que caminaba hacia el pueblo más cercano. Le llegó el lento pacer de los negros toros cuando las negras aves se posaron en sus negros lomos. «¡Cuánto negro!» Exclamó Benito corriendo ladera abajo. Estaba rojo de sangre cuando un rejoneador de Jaén se encontró con él. «¡Eh, toro!» los labios hinchados hacia delante. «¡Eh, toro!» Bañando sus heridas con anís. El rejoneador lo subió a su caballo blanco cuando vio su talento. «¡Valiente muchacho, tienes lo que hay que tener!» le decía emocionado.
Benito apareció en las plazas al año siguiente. «¡El tonto del pueblo!» exclamaban asombrados los del pueblo al verle. Entre vítores y aplausos celebraban el arte de Benito. ¡Gallardo Benito! Traje de luces ajustado, espada y capote de verdad, las botellas de anís escondidas tras los burladeros. «¡Eh, toro!» Las cicatrices rojas de su cara llena de chulería. «¡Eh, toro!» El pito hacia delante como si lo fuera a clavar. 
Benito del Salzillo murió tempranero, de un rojo apresurado, con un cuerno bajo el bazo. ¡Pobre Benito! Desangrándose sobre la tierra pidió ser enterrado en alto, para ver si se movían los muertos. «¡Anís del mono!» Se amorró a la botella para amamantar del último trago, los labios amoratados, el pito encogido. «¡Cuánto negro!» exclamó corriendo muerte abajo.


viernes, 8 de abril de 2016

Onomatopeya



Le follaría la boca a tu lado más subversivo
con un par de fonemas sería suficiente,
o con una onomatopeya
¡Ay, zorra!
Una droga tuya bastaría para sanarme,
¿bastaría?
Si con las manos te hago un hueco en las mandíbulas
grande como el universo
y te doblo los dientes hacia dentro
(siempre tiene que ser hacia dentro)
para que surta efecto
el último beso, también hacia dentro,
¡Ven, oh, dolorosa!
tengo tanta fuerza, amor, y rabia que darte...
                        ¡Crack!
¡Cuánta droga!
Los huesos ceden.
             ¡Mierda!
              … otra onomatopeya.
¿Bastará?

miércoles, 6 de abril de 2016

Café nostalgia

Vivir es lo que me inhibe vivir con despreocupación, porque yo vivo todo con un exceso de sensaciones. Me agrada que el sol penetre en mi piel hasta que los poros se abran en condenadas ampollas, disfruto que el mar arrugue mi carne con sus olas como navajas saladas, que el aire produzca infección en mis lagrimales y el pus se endurezca en legañas o postillas, disfruto tragar polvo, sentir en mi garganta el cosquilleo del alto nivel de polución. Y claro, vivir de esa manera tan física, tan trascendental, me aniquila; entonces me refugio en los libros. Leer me impulsa a leer. La lectura es la señal de que aún poseo inocencia, de que todavía puedo preguntar. Preguntar, ¿a quién? Cuando voy por la mitad de un libro por fin dejo de ser yo. Porque leyendo sueño. Pero leer, soñar y besar en los labios es vivir con mi yo, dentro de mi yo. Aprecio la melancolía del yo. Existe una extraña seducción entre tu yo y el mío, entre el yo de aquel que por convencionalismos morales o traumas sociales restará importancia al yo íntimo del otro. Leer es lo único que puede hacer coincidir las soledades sin que nuestro ego predomine por encima de las épocas, los sitios, las costumbres del otro. Aceptar al prójimo no es lo mismo que tolerarlo, es una verdad de Perogrullo que hemos desdeñado demasiado aprisa. En el verbo tolerar está implícita la censura. Todavía el hecho de leer permite, aunque a duras penas, a causa de constituir una vivencia cultural, la aceptación del otro, y en el más afortunado e inteligente de los casos mezclarlo con el nuestro. Aceptamos el miedo a la muerte, el cual asumimos como un suceso culto.