Tal es, en resumen, esta vida bohemia.

Vida de paciencia y valor, en la que sólo puede lucharse revestido con una resistente coraza de indiferencia a prueba de necios y envidiosos, en la que no se debe, si no se quiere tropezar en el camino, abandonar ni un solo instante el amor propio, que sirve de bastón de apoyo; vida encantadora y terrible, que tiene sus victorias y sus mártires, y en la que no debe penetrarse más que cuando se está dispuesto a padecer la implacable ley del vae victus.
H. M

sábado, 19 de marzo de 2016

La fuerza de la costumbre



Busco la explicación de tu mano en mi garganta, al igual que busco el oxígeno de lo lejano en mi memoria. Me he acostumbrado a lo que no sólo no llega, sino que también se marcha. A tu sonrisa, al chute de esperanza, a la dosis exacta, al par de micras, a la falta. Me he acostumbrado a seguirte por no estirar el cuello, que es cosa de cisnes. A la falta de sexo, a no poder girar la cabeza hacia el que me viene, hacia el que me llama. Me he acostumbrado a la cera en mi saliva, a lo ígneo en cualquier palabra, a la falta de voz, a no decir nada. Me he acostumbrado a la fuerza de tu brazo, a que la uses con costumbre, a la fuerza de la costumbre. A la asfixia precisa, a la presión constante, a vivir respirando poquito para que no me ahogue en el aire. Al tacto de tu mano dactilándome las venas, a la cadencia de tu sombra que no cesa. Me he acostumbrado a tu presencia del mismo modo que un preso se acostumbra al tintinear de las llaves de un guardia. Me he acostumbrado a no ver la libertad y sólo escucharla. Es un sonido reconfortante y lejano.
Reconfortante
















































pero lejano.

sábado, 12 de marzo de 2016

Como alma que lleva el diablo


Hay una mujer corriendo lejos
como alma que lleva el diablo.
Solo que ella es el diablo
y el alma que se lleva, mía.

sábado, 5 de marzo de 2016

Metro

En las mañanas lluviosas y grises
las palomas se acurrucan contra el metro,
hacen currucú currucú flojito
y le cagan a los transeúntes en los billetes.
Dios juega a tirar barro sobre una maqueta
a escala uno es un billón,
que ha llenado de gente,
de niños y de coches atrapados.
También ha puesto gasolineras
por si acaso avanzamos
con billetes cagados
y dinero gris de asfalto.
Yo me acurruco contra las palomas,
ahí en el metro, currucú.
Qué infame está todo,
qué díscolo el hierro.
En las venas hay un metal rojo
y caliente que viene de la sangre
y de la orina de los vagabundos.
Los mapas amarillos y arrugados,
desteñidos, quizá desactualizados
cuelgan del hormigón duro, durísimo.
Las vías que se dibujan en ellos
son un entramado de venas,
pero no son rojas como la sangre,
                             sino naranjas]
y se parecen a los brazos
—ese pan moreno y crujiente—
de los muchachos jóvenes
y deportistas de verano.
Lluvioso asfalto de hierro y gris, recuerda,
el currucú durísimo de los vagabundos,
un billón de personas haciendo escala
para arrojarle barro a Dios,
                    que llora como un niño]
al que se le han cagado las palomas
después de tirarles pan crujiente y moreno,
al que se le han meado los muchachos
jóvenes y deportistas de verano
                                  lejano verano]