Tal es, en resumen, esta vida bohemia.

Vida de paciencia y valor, en la que sólo puede lucharse revestido con una resistente coraza de indiferencia a prueba de necios y envidiosos, en la que no se debe, si no se quiere tropezar en el camino, abandonar ni un solo instante el amor propio, que sirve de bastón de apoyo; vida encantadora y terrible, que tiene sus victorias y sus mártires, y en la que no debe penetrarse más que cuando se está dispuesto a padecer la implacable ley del vae victus.
H. M

lunes, 29 de mayo de 2017

Amapola


Pareces una amapola que me crece
distraída e inesperada
en cada esquina, tan puta
como las malas hierbas.
Me dicen que te arranque de mí
y de mis campos,
que me estás enfermando
con tu cricri incesante.
¡Que no!
Quitarle la vida
a algo tan rojo...


miércoles, 26 de abril de 2017

Locura

Obra de Joël Kurgouale


¡Cabalga, Sancho! ¡Acabemos con el paro y la corrupción!
¡Está fuera de sí, doctor, vamos a necesitar más diazepam!

martes, 18 de abril de 2017

Tu palabra contra la mía




Tu palabra contra la mía.
Literalmente.
Tu palabra contra la mía.
Desde hace un tiempo el tiempo de disputas se quedó sin tiempo para disculpas.
Y es terrible, la verdad, un axioma salvaje que nos sale de las entrañas, con la saliva golpeando nuestros ojos y la lengua envasando salvedades al vacío. ¿Dónde quedó el murmullo arrullador con el que arropábamos nuestros escombros? ¿O la fuerza limpia, la buena? ¿Así de flojito nos vamos? Justamente. Como dos túneles mal iluminados que se pierden en las pupilas de un si acaso.
Si acaso te hago caso, te llamo, te perdono, me disculpo y me avellano.
Si acaso me re [sic]. Refuerzo mis entrañas, retomo mi causa, reconstruyo lo nuestro rememorando que me amabas. Recapitulemos: ¿amas o amarras? Porque retiras noblemente el resto de infancias. Tu infamia era entre bisontes y guisantes; la mía, entre limones y alcaparras. ¡Las distantes naturalezas se nos mudan! Nos vemos así, nos vamos flojito. Sin regar, con el cuerpo cedido bajo el sol y los lomos muy mates.
Siempre que cierras una ventana —«para que no nos oigan los vecinos»— abres una puerta «porque no aguanto más». Y es que el aire ahoga cuando se encierra en una casa más pequeña que una jaula. Hace un tiempo que ya no volamos y nos hemos limitado a graznar. Ya no haces las maletas: las tiras, a ver si rebotan en los árboles y todas nuestras cosas se van lejos, porque el "re" es poderoso e irrebatible, y recorre mucho pero jamás retorna. Nos estamos quedando ciegas con tanto a ver si. A ver si la culpa va a ser mía, a ver si creces, a ver si te das cuenta. De que esto es una guerra sin cartel y solo jaula, de que cuando golpeamos la mesa se vuelan las cartas y renacen todos los "re" sin ningún bando.
Tu palabra contra la mía.
Literalmente.
Tu palabra contra la mía es un eco que queda retumbando.
«A ver si revientas» me dices.
 «A ver si regresas» respondo.

lunes, 3 de abril de 2017

La soledad de las montañas colosales

Para sentirse como una montaña hay que ser
como una montaña grande y fría
como una montaña inamovible
como una montaña un estornudo de nieve
inabarcable para el tiempo.
Para ser como yo basta
con ser humana una piel frágil
de humana un instante inevitabe y breve
como una humana cosita triste
que se desmenuza entre los dedos
correosos de la muerte.

lunes, 20 de marzo de 2017

Cada cuatro años nace una poeta suicida





A Sexton, Plath y Pizarnik
Nacidas en 1928, 1932 y 1936

Cada cuatro años la muerte
abre la llave del gas de una cocina,
se fuma un cigarrillo en el sofá y espera.

Otras veces enciende el motor de un automóvil
dentro del garaje
y canta Chair in the Sky,
un poco de jazz no despertará
a las muñecas recién maquilladas, piensa.

Cada cuatro años la muerte toma
anfetaminas para adelgazar,
pero se le pasa un poco la mano
y ya no despierta.

No se pone triste, ni alegre, ni neurótica, no.
pero cada cuatro años
la muerte amanece lúgubre
y observa la tarde roja
desde una ventana.
Alguien trata de invocarme, dice,
y cierra amargamente los ojos.

A mí me da pesar, no sé,
es como si ella quisiera decirnos
o contarnos algo desde su delgado rostro blanco,
como si estuviera cansada de estrangular mujeres.
Yo la conozco muy poco,
pero me consta aborrece
su funéreo oficio.
Últimamente la han visto respirar
cierto aire suicida.

Cada cuatro años a la muerte
se le irritan los ojos,
sabemos que ha llorado, lo sabemos,
pero callamos,
sabemos también que busca algún vientre
y como ella no tiene el privilegio
de la carne materna
aferra entonces sus fríos y delgados dedos
en el primer ombligo que encuentra.

Por eso cada cuatro años algunas niñas
ya vienen muertas.

 Francisco Ruiz Udiel.



Revista de Poesía PROMETEO, nos. 81-82, 2008.
Memorias del XVIII FESTIVAL INTERNACIONAL DE POESÍA DE MEDELLÍN