Tal es, en resumen, esta vida bohemia.

Vida de paciencia y valor, en la que sólo puede lucharse revestido con una resistente coraza de indiferencia a prueba de necios y envidiosos, en la que no se debe, si no se quiere tropezar en el camino, abandonar ni un solo instante el amor propio, que sirve de bastón de apoyo; vida encantadora y terrible, que tiene sus victorias y sus mártires, y en la que no debe penetrarse más que cuando se está dispuesto a padecer la implacable ley del vae victus.
H. M

lunes, 5 de diciembre de 2016

Yerma





Estaba algo asustada y temblorosa cuando te abrí la puerta 
que cercaba los lindes de mis cosechas y mis campos, 
era primavera de cereal y aloe vera, yo me había recuperado
del invierno cuando despuntaban las primeras luces de tu falda.
Tú, siempre tan desprendida, tan atolondrada golondrina,
revoloteabas por la tierra con tu risa de traviesa en travesía, 
persiguiendo saltamontes, quemando ortigas, 
explotando ciruelas que se desparramaban sobre tu barbilla.
Mujer sin tierra, niña caprichosa con un cielo despejado en tu frente
dueña de todo cuanto veías allende mi cuerpo 
(y mi boca y mis ojos y mis manos. 
¿Qué podía hacer yo con tanta batahola?
No podía coger esa insistencia dorada y arrojarla al sol,
una vez abierta mi herida era la vena de un armadillo 
que necesitaba ser tierna bajo tu alegre golpear. 
No podía pedirte que no pisaras lo sembrao,
que no crujieras a los caracoles que lamían las piedras
ni lanzaras tus piernas sobre todo lo que estaba por crecer. 
Después del vendaval de tus caprichos
empecé a recoger mis restos, lentamente,
con la triste parsimonia con la que se mueven
aquellos que se han quedado sin hogar.
Tú te sentaste a llorar en medio
de la tierra levantada
del campo ya tan yermo
del nosotros tan sin nada.

lunes, 28 de noviembre de 2016

In memoriam



El camino hacia el cementerio es largo. Los abrigos negros avanzan silenciosos entre los cipreses blancos. El cielo llueve congestionado, llueve sobre mi cara, sobre los paraguas y los pasos. A lo lejos se levanta la loma de nuestros olivos, y me viene a la memoria el tacto de sus ramas peinadas y sus aceitunas suaves, de cómo los jerséis sudaban campo y el vaho calentaba y humedecía nuestros labios a través de las prendas. Tú te subías al tronco y te hacías olivo y tu cabeza flotaba sobre las hojas con tu boina y su rabillo. ¿Por qué no la llevas ahora que es todo tan frío?
La capilla tiene yedra trepando por las paredes, por las lápidas, mesas de mármol con una laguna en medio para que las familias se reúnan alrededor. El coche fúnebre se para y se abre. Los hombres te cogen a hombros resoplando, aunque ya no pesas. Mi padre llora, el peso recae sobre todo en él, ha olvidado el estoicismo que heredó de ti. Recuerdo bien los días épicos de Vivar, cuando recitabas sus versos de memoria, cuando todavía tenías memoria y no te temblaba la voz. Te ponías de pie y te hacías tan grande como el Cid, Justo el Campeador. ¿Contra qué luchas ahora? La muerte es una cura porque ya no te hace falta recordar. Ni que yo me ponga pantalones rotos para que me reconozcas, ni que tengamos que repetir los nombres, las caras, lo que pasó ayer, o hace veinte minutos. Ya no te tienes que agobiar más porque estemos todos aquí y no sepas por qué. Te estamos inhumando, sin tu boina, sin tu memoria, sin tus olivos ni tu porte campeador. Te estamos enterrando sin nada de lo que eras tú. ¿Se secará el cemento con esta lluvia? Nos vamos. La muerte es una cura porque ya no tendrás que recordar. La muerte es una cura porque olvidarás la angustia que dejan las ausencias. 
La muerte es esta lluvia limpiando la memoria.

martes, 8 de noviembre de 2016

Jitanjáfora

Obra de Agnes Cecile


Apenas él le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémiso y caían en hidromurias, en salvajes ambonios, en sustalos exasperantes. Cada vez que él procuraba relamar las incopelusas, se enredaba en un grimado quejumbroso y tenía que envulsionarse de cara al nóvalo, sintiendo cómo poco a poco las arnillas se espejunaban, se iban apeltronando, reduplimiendo, hasta quedar tendido como el trimalciato de ergomanina al que se le han dejado caer unas fílulas de cariaconcia. Y sin embargo era apenas el principio, porque en un momento dado ella se tordulaba los hurgalios, consintiendo en que él aproximara suavemente sus orfelunios. Apenas se entreplumaban, algo como un ulucordio los encrestoriaba, los extrayuxtaba y paramovía, de pronto era el clinón, la esterfurosa convulcante de las mátricas, la jadehollante embocapluvia del orgumio, los esproemios del merpasmo en una sobrehumítica agopausa. ¡Evohé! ¡Evohé! Volposados en la cresta del murelio, se sentían balpamar, perlinos y márulos. Temblaba el troc, se vencían las marioplumas, y todo se resolviraba en un profundo pínice, en niolamas de argutendidas gasas, en carinias casi crueles que los ordopenaban hasta el límite de las gunfias.


Rayuela 
Julio Cortázar

miércoles, 19 de octubre de 2016

Al acecho del otoño


Un temblor en los labios
el crujir de las hojas en el pelo
tú tan roja jilguero en su nido
yo tan insoportable nostalgia naranja.
¿Viniste? 
El otoño se me echó encima
y no sé si puedo seguir recordando
tu boca de vino, tu cuello como de abedul
tus pestañas que eran abubillas 
postradas ante la lluvia inminente.
Hay un resquicio en mi memoria
¿Vienes? 
De la separación de hemisferios
se escapa el espacio entre nuestros labios.
Esa micra divina que falta, ese sinlatir tardío
me parece la caricia de un animal
que apenas respira.
¿Vendrás? 
Recuerdo que te llamé a gritos
y tú me miraste abriendo mucho los ojos
con agazapado lomo tenso 
moteado por un breve sol.
¿Te vas?
Llueve. Un ciervo huye
hacia las montañas.

martes, 11 de octubre de 2016

Hernán el charlatán

Hernán el Charlatán nació en silencio. Los médicos no arrancaron de él ni un berrido cuando le dieron la bienvenida a este mundo doloroso con un azote no menos doloroso. Su madre rompió a llorar, desconsolada por no escucharle, y cuando le pusieron entre los brazos a ese niño rojizo y callado, lo agarró con fuerza para que nadie, ni siquiera la muerte, se lo arrebatara. 
Hernán pasó los siguientes años atravesado por un mutismo sin precedentes. Creció entre silencios, regado por la sobreprotección de su madre —que no lo soltó desde que lo tuvo en brazos por primera vez— y por la rabia impotente de su padre. El niño resultó ser una criatura chocante, feliz y muy atrolondrada. Su padre, que era un hombre muy empírico, vaticinaba su futuro con la voz solemne y oscura. 
—Este crío no llegará a nada —solía decir.
Siempre que llamaba a su hijo, su nombre sonaba como una persiana metálica bajando: «¡Herrrrrrrnán!» Y la no respuesta para él era como cientos de cuchillos atravesándole las sienes, una afrenta al sentido común, al lealtazgo, al respeto... y a otras subjetividades que se le iban ocurriendo en el momento para justificar el enfado y sus consecuentes azotes. El muchacho era castigado cada vez que correteaba de la mano de las musarañas, lo cual ocurría con demasiada frecuencia; y aunque de su boca no saliera ni un sonido, la carne enrojecida le palpitaba hasta que llegaba su madre y lo calmaba con un dulce abrazo.

Pensaron que aquello sería sólo una etapa, alguna fase de esas anales de las que tanto hablaba Freud y que consiste en dar por culo, básicamente. Tenían la esperanza de que se le pasara y que por fin se dignara a decir algo; pero no fue así. Mientras el resto de la humanidad aprendía a hablar antes que a pensar, Hernán permaneció la mitad de su infancia callado, tan inmerso en su silencio que llegaron a temer que fuera mudo. Los logopedas y lingüistas analizaban al niño con la meticulosa pasión de los rusos, teorizando sobre Chomsky y llevando a cabo pruebas y métodos de origen polaco. Nadie consiguió dar con el problema ni elaborar un diagnóstico claro. El único que postuló su teoría con convencimiento y a gritos fue su padre:
—Este crío no es mudo... ¡es imbécil!

Una calurosa mañana de agosto, tras siete años de silencio, Hernán entró en la cocina, se situó frente a su madre, abrió los labios y dejó escurrir una palabra que llevaba días haciéndole cosquillas en la lengua: “semperiternino”. A la pobre mujer se le cayó al suelo el cuchillo con el que estaba troceando la remolacha. No sabía qué endemoniada palabra era aquella, ni de dónde la había sacado, pero le llenó la cara de besos mientras él le llenaba los oídos de sandeces como “mamá, te sudan los dientes” o “ya han llegado los mortreños...” Ella, sin hacerle mucho caso, lo abrazaba con más fuerza aún, feliz y sorprendida porque el chiquillo hablara, aunque sólo fueran tonterías.
—¡Padre de Hernán, corre! —le gritó a su marido—. ¡Nuestro hijo ha dicho sus primeras palabras! ¡Deprisa, tienes que ver esto! ¡Te dije que no era imbécil, te lo dije!
Y el padre llegó a todo correr, con la cara enrojecida y los pantalones medio bajados.
—¡Mira, es el mortreño! —dijo Hernán señalándole—. ¡Y trae parzas y almuncias!
La cara del hombre pasó del rojo fatigado al rojo enfurecido en cuestión de segundos.
—¿Tú lo escuchas? ¡Definitivamente es imbécil! Ya lo decía yo, que no llegará a nada. ¡Ay de mí, si por lo menos nos dieran subvención!
Se fue llorando y murmurando mientras la madre cubría las orejas del niño con dos hojas de remolacha.
—Tú no lo escuches —le decía entre besos—. Eres un niño especial que algún día se convertirá en un hombre especial.
—Tienes colimbo en el mirar —contestó Hernán.

Desde aquel día en que dijo sus primeras y extrañas palabras, no se volvió a callar. No daba ni un respiro a nadie. Pasó los siguientes años de su infancia hablando por los codos, por las rodillas y por las orejas, aprendiendo a distinguir cuáles eran las palabras que existían según las academias reales y cuáles las que existían según él y su propio panhispánico. Por desgracia para todos, su cerebro iba un poquito más lento que su lengua, así que metía la pata a menudo: creaba situaciones incómodas y era incapaz de mentir. Cuando los familiares, amigos y conocidos miraban inquisitivos a su madre buscando una explicación, ésta se encogía de hombros y solía decir, excusándose, que Hernán estaba recuperando el tiempo perdido y por eso hablaba todo lo que no había hablado en siete años.
También en esta ocasión pensaron que se trataba de una etapa, de un fenómeno curioso y pasajero que se quedaría como anécdota para contar a los nietos. Pero no fue así. La verborrea del chico estaba fuera de la jurisdicción de los logopedas, así que lo trataron los psicólogos, que analizaron a Hernán introspectiva y retrospectivamente sin hallar en él ninguna causa o solución.

Cuando Hernán alcanzó la pubertad, era más alto, más desgarbado, con pelusilla de bisoño imberbe, pero seguía hablando exactamente lo mismo. En el instituto se ganó el apodo de Charlatán, y los demás chavales lo evitaban por no verse envueltos en su loco bucle de fonemas. Aunque era muy inteligente, los profesores no le dejaban muchas oportunidades para hablar en clase, puesto que se arriesgaban a que sonara la campana o les llegara la jubilación si le daban la mínima oportunidad. Tampoco sus calificaciones eran muy buenas, ya que llenaba todas las hojas de los exámenes sin orden ni concierto, rozando con sutil y delicada brevedad los temas pertinentes.
En cuanto a las vicisitudes propias de la edad, Hernán pasó por ellas con la misma elegancia que un palomo cojo: hablaba de sexo sin pudor y piropeaba a las chicas sin vergüenza. Era atractivo y carismático a su manera, lo cual le otorgó algunos puntos de popularidad, sobre todo entre las féminas. Los chicos, algo celosos, solían bromear con que los besos que recibía Hernán el Charlatán eran la única forma de hacerlo callar.

Unos cuantos años después, habiendo aprendido nuevas palabras y alguna que otra lección, salió por la puerta un hombre graduado y con las manos llenas de intenciones. Puesto que era un gran orador y tenía un expediente académico mediocre, intentó hacer carrera como político. Se afilió a un partido y fue ascendiendo gracias a su carisma y don de palabra. Por primera vez en su vida, su padre se sentía orgulloso de él y lo enarbolaba por el vecindario como si fuera una bandera. Pero la dicha duró poco: su carrera como político terminó el mismo día que descubrieron que no sabía mentir. Tras aquello, su padre se refugió en su habitual y enfurruñado pesimismo con una úlcera en las tripas.
—¡Ni para político sirves! ¿Dios mío qué te he hecho yo? —se quejaba.

Un panorama desolador se apoderó de Hernán y le quitó de un plumazo el carisma, la energía y la esperanza. No le quitó las palabras, puesto que las llevaba bien atadas a los labios, solo que éstas pasaron a ser lamentaciones lúgubres y fatalistas. Tras dar muchos tumbos y no encontrar su sitio, se apalancó en el sofá de su casa y se entregó a una vida sedentaria y contemplativa en la que lo único que ejercitaba era la lengua. Aquello fue el detonante que colmó el bordado vaso de la paciencia de su padre, que se liaba a repartir collejas cada vez que veía a su hijo mano sobre mano, lo cual ocurría siempre.
—¡Ya lo decía yo: este crío no llegará a nada! ¡Pero aquí nadie me hace nunca caso! —gritaba rojo de rabia.
Hasta la madre, que tanto quería al chiquillo y que lo protegía desde que nació, empezó a regañar a Hernán por su estilo de vida tan deplorable. Solía decir que tenerle allí era lo más parecido a tener un loro encerrado en una jaula: todo el día parloteando y comiendo pipas.


Al fin, un buen día, Hernán recuperó los ánimos para salir a la calle en busca de trabajo. Bajo un sol primaveral y el alegre trinar de los pájaros, se encaminó con buen paso hacia el instituto de empleo. Después de una cola de dos manzanas y de haber entablado conversación con un tercio de la ciudad, llegó su turno. Se acercó con paso distraído a la mesa donde lo esperaba una bella mujer. Hernán fue a echar mano de sus palabras, y cuando ella le clavó la mirada, no pudo encontrarlas. En su lugar tan sólo halló balbuceos y una falta importante de saliva.
—¿Sí? ¿En qué puedo ayudarte? —preguntó ella divertida, desplegando su sonrisa como si un pájaro echara a volar.
—Ti... ti... tienes quilas y escances e-e-e-en el mirar —Su voz era apenas un murmullo inteligible.
Ella lo miró sorprendida por unos instantes, luego se echó a reír con el candor de los salmones. En sus mejillas se dibujaron dos hoyuelos como dos abismos, y sus pestañas, largas y melifluas, se tornaron alas que invitaban a todo en cada parpadeo.
—Vaya, es lo más bonito que me han dicho nunca. Eres muy gracioso —le dijo con dulzura.
En ese momento Hernán el Charlatán nació de nuevo, y una vez más lo hizo entre silencios. Se agarró el pecho entumecido con sorpresa y miedo. Se le fugó la voz de la garganta y el color del rostro.
Aquella mujer le había dejado, inexplicable e irremediablemente, sin palabras.