Tal es, en resumen, esta vida bohemia.

Vida de paciencia y valor, en la que sólo puede lucharse revestido con una resistente coraza de indiferencia a prueba de necios y envidiosos, en la que no se debe, si no se quiere tropezar en el camino, abandonar ni un solo instante el amor propio, que sirve de bastón de apoyo; vida encantadora y terrible, que tiene sus victorias y sus mártires, y en la que no debe penetrarse más que cuando se está dispuesto a padecer la implacable ley del vae victus.
H. M

domingo, 26 de junio de 2016

Decisiones

Hoy decidiremos el futuro de la nación 
en las mismas aulas en las que aprendimos 
qué era una nación y qué significaba el futuro.

jueves, 16 de junio de 2016

Las cinco heridas

La inspiración del despecho. 
Fotografía de Jessica Lavera


Cuentan que era de noche y que el tiempo no existía cuando Dios se sentó a contemplar el universo.  Viendo que le faltaba algo, dejó de exornar el mundo con palabras y pasó a crearlo con las manos. Entonces se hizo el tiempo, la vida, el deseo y la muerte, como cuatro heridas certeras que rasgaron su horror vacui. A partir del barro lactante de la tierra moldeó al primer hombre para que amamantara de su obra dando gracias, y lo dejó a salvo en una cuna donde no existía el dolor, pero sí las necesidades. Adán no tardó mucho tiempo —recordemos que ya existía el tiempo— en necesitar a alguien con quien compartir aquel silencioso jardín, así que Dios lo durmió, y ayudándose de un hueso de su cabeza, moldeó a la primera mujer.
La primera mujer era muy inteligente, pero también altiva, prepotente y manipuladora. Trataba a Adán con desprecio y sempiterna superioridad, y mediante este continuo maltrato sometió al primer hombre, que aprendió lo que era la muerte —recordemos que ya existía la muerte— y el sufrimiento. Tras ver aquello, Dios la castigó y, dándose cuenta de su error, volvió a dormir al maltrecho Adán para moldear otra mujer a partir de un hueso del pie.
La segunda mujer resultó ser inferior, débil, insegura y servicial. Adán se aprovechaba de ella y aprendió lo que era el deseo —recordemos que ya existía el deseo—, aunque era un deseo nocivo y cruel. Dios, dándose cuenta de esto, liberó a la segunda mujer, castigó a Adán y lo mandó a dormir. Pensando que en el centro debía estar la virtud, tomó un pedazo intermedio y próximo al corazón: una costilla. 
Entonces nació la tercera mujer, que era inteligente, atractiva, justa e independiente. Gracias a ella Adán aprendió lo que era el amor, y por lo tanto la vida —recordemos que ya existía la vida—, y lloró como un niño atravesado por las cuatro heridas. Dios contempló su obra satisfecho, dijo por vez primera aquello de que a la tercera va la vencida, y aprendió lo que era la igualdad, que se convirtió en la quinta herida que el ser humano necesitaba. 



"Dios no hizo a la mujer de un hueso de la cabeza del hombre para que estuviera encima de él, ni de un hueso del pie para que estuviera debajo de él; la formó de la costilla para que estuviera a su lado y cerca de su corazón".
Pensamiento judío.


miércoles, 1 de junio de 2016

La mano de los dioses.

El Cristo de los gitanos. Fotografía de Jessica Lavera.

Fuimos los partícipes del suceso
que desmitificó a nuestros dioses
con la proclama de la verdad.
Nadie dijo nada de la mano 
que acariciaba nuestros ojos
con tan poca delicadeza.
¡Y era una mano tan separada!
A los ídolos les moja la lluvia,
a los hombres el sudor en los hombros.
El último que dijo aquello de que Dios ha muerto
fue hendido por un rayo
delgado y rojizo como el azafrán.
¿De dónde viene tanta oscuridad?
La noche cruza las plegarias
como una estrella sibilante y fugaz, 
trece clavos en total
[y ninguno la muerte
La mano separada late los tambores con fuerza.
¡Mirad! ¡Un mesías ha nacido!
Contemplemos juntos
el comienzo de las razas.

miércoles, 18 de mayo de 2016

Defenestrarte

Pienso en la palabra defenestrar cuando el sol arroja un charco de luz sobre mi cama. Hago apología de ti entre las sábanas de mi memoria, que están arrugadas y sucias, y que habría que cambiar en algún momento... pero todavía te huelen.
La palabra defenestrar es un suicidio aparatoso y sangrante, como el que hace mi lengua cuando pronuncia tu nombre teniendo que atravesar los cristales de mis dientes. El otoño ha defenestrado todas las hojas de sus ramas; yo, el velo carnoso de mis huesos. Te mudaste de mí con la misma parsimonia siseante con las que las serpientes abandonan su piel. Cuántas cosas había en las cajas que te llevaste, cuánto veneno dejaste aquí. Qué vacío reptante y antiguo me atraviesa, el calor se ha defenestrado por mi pecho. Se anuncia la primavera con las mismas trompetas con las que se defenestró el verano. Todavía hay pedazos de sudor y muerte en la tierra de mi cuarto. 
Tu ausencia es jodida y salada; ya sabes que no soporto el exceso de sal, me gusta todo poco cocinado y al punto, como tu cuerpo. Pero esta ausencia... quiero llamar al chef y pedirle explicaciones de por qué tanta sal en mi soledad. Cómo se defenestran las cosas y las palabras. Estoy harta de ver cómo se defenestran las cosas y las palabras. Defenestraron mis caballos por el gran cañón que se abría entre tus tetas. Defenestró mi cordura por el cielo de tu frente. Defenestraron mis manos por la carretera de tu columna. Estoy febril. ¿Estamos en febrero o en otro mes? Deberían acortarlo todo cuando tú no estás. 

Hoy he defenestrado mi último paquete de tabaco por el hueco de mis temores, justo entre las costillas, pegando al corazón. No ha hecho ruido, el humo es silencioso y concluyente como tus tacones o el portazo al marcharte. Defenestramos tantas cosas entonces que ahora es insultante que haya un charco de luz sobre mi cama, que aparezcan las flores y que llueva el sol por la ventana. Qué jodido es que canten los pájaros, que no tienen ni puta idea de lo que es la primavera ni de lo que es defenestrarse por ti.

jueves, 12 de mayo de 2016

El cumpleaños




Las paredes de la habitación están pintadas de un glauco iluminado. Un hombre respira lentamente tras la cortina. Está despierto, pero no oye llegar a su hijo.
—¿Papá?
El anciano, desconcertado, lo busca con la mirada vidriosa. Lo primero que ve es una sombra que se recorta contra la ventana; lo segundo es la tarta y la vela prendida que sostiene entre sus manos. Sonríe con las encías.
—¿Quién cumple años? —pregunta con voz de herrumbre.
—Tú, papá, muchas felicidades.
El rostro del anciano desaparece entre las arrugas al reír. El hijo sopla la vela y le habla de sus nietos, del trabajo, del estupendo día que hace y de los almendros que tienen en el pueblo. «Que ya es primavera, que ya les ha salido flor» le dice.
El anciano lo mira como si fuera la primera vez, luego mira la tarta.
—¿Quién cumple años?