Tal es, en resumen, esta vida bohemia.

Vida de paciencia y valor, en la que sólo puede lucharse revestido con una resistente coraza de indiferencia a prueba de necios y envidiosos, en la que no se debe, si no se quiere tropezar en el camino, abandonar ni un solo instante el amor propio, que sirve de bastón de apoyo; vida encantadora y terrible, que tiene sus victorias y sus mártires, y en la que no debe penetrarse más que cuando se está dispuesto a padecer la implacable ley del vae victus.
H. M

miércoles, 13 de enero de 2010

Doscientos cuatro meses, ochocientas ochenta y siete semanas, seis mil doscientos nueve días y ciento cuarenta y nueve mil dieciséis horas.




Cuando Jano me abrió la puerta que da a la vida lo primero que hice fue joderle la marrana a la señorita superstición. Muere, superstición, muere. Luego me di cuenta de que perdí por el camino mi glándula tiroidea y otros órganos de poca importancia como la cordura y la razón. Y aunque a partir de entonces mi vida ha sido un completo sturm und drag, he de decir que he pasado doscientos cuatro meses, ochocientas ochenta y siete semanas, seis mil doscientos nueve días y ciento cuarenta y nueve mil dieciséis horas de la hostia.



Gracias, mundo.