Tal es, en resumen, esta vida bohemia.

Vida de paciencia y valor, en la que sólo puede lucharse revestido con una resistente coraza de indiferencia a prueba de necios y envidiosos, en la que no se debe, si no se quiere tropezar en el camino, abandonar ni un solo instante el amor propio, que sirve de bastón de apoyo; vida encantadora y terrible, que tiene sus victorias y sus mártires, y en la que no debe penetrarse más que cuando se está dispuesto a padecer la implacable ley del vae victus.
H. M

martes, 9 de octubre de 2012

Nunca me dices cosas bonitas




—¿En qué piensas?
—En nada.
—Vamos en algo tienes que pensar.
—Bueno sí, en que quiero amordazarte, amarrarte y matarte a mordiscos.
—Para, siempre estás igual.
—No, en serio, te tendría amoratada todo el día, amortizaría el tiempo contigo y te haría un caminito de orgasmos de aquí a Marte.
—Eres gilipollas.
—Y tú una moralista mortífera.
—Estoy cansada de que estés siempre con las mismas estupideces. ¿En serio es tan difícil tener una conversación normal contigo?
—Te amortiguaré el peso de la realidad: sí.
—Bastardo.
—Y eso que te llamo. Además, confiésalo, te da morbo.
—¿De qué vas? ¿Qué me da morbo y encima debería estarte agradecida porque me llames para decirme guarradas?
—No son guarradas, te reclamo de verdad, y no solo porque me des sexo a morir.
—Pues no lo parece, nunca me dices cosas bonitas.
—¿Tú crees?