Tal es, en resumen, esta vida bohemia.

Vida de paciencia y valor, en la que sólo puede lucharse revestido con una resistente coraza de indiferencia a prueba de necios y envidiosos, en la que no se debe, si no se quiere tropezar en el camino, abandonar ni un solo instante el amor propio, que sirve de bastón de apoyo; vida encantadora y terrible, que tiene sus victorias y sus mártires, y en la que no debe penetrarse más que cuando se está dispuesto a padecer la implacable ley del vae victus.
H. M

sábado, 26 de septiembre de 2009

¡Brazos abajo, esto es un materialismo!

PRIMER ACTO

(Cae la noche, se encienden dos farolas a cada lado de la calle. Una muchacha camina por la acera, calza botas altas, luce una minifalda y lleva un bolso bajo el brazo. Actitud altiva, taconea provocadora)

LINDA.— La noche es mía, eso no me lo va a negar nadie ¡Vamos que sí! Escuchad, insectos que moráis en los rincones, siempre de día y de noche, sonámbulos roedores y gatos cazadores, mi toque de queda es el amanecer. ¡Podéis empezar a temblar!

(Entran en escena dos jóvenes enmascarados, subidos en una moto. Pasan junto a Linda y de un tirón le roban el bolso. Tras el forcejeo le arrancan el brazo, que cae al suelo)

LINDA.— (gritando) ¡Ladrones de mierda! ¡Mi bolso! ¡Mi bolso!

(Tres viejos presencian la escena desde un banco)

JUACHO TACORTTA.— Niña, deja el bolso. Yo me preocuparía más por el brazo.
LINDA.— Métase en sus asuntos.
EVERARDO.— ¡Nos ha salido insolente!
SEBERINO.— Esta juventud…
JUACHO TACORTTA.— (enfadado) ¡Para insolentes los ladrones! No tienen vergüenza.
EVERARDO.— Ni respeto.
LADRONES.— (al unísono) ¡Ni nada que llevarnos a la boca! (Salen de escena)
SEBERINO.— Esta juventud…
LINDA.— ¿Queréis callaros de una puñetera vez? (Recoge su brazo del suelo, se lo intenta encajar en el hombro pero no lo consigue) Jodidos randas, ¿qué hago yo ahora sin mi bolso? (gritándole a la calle por donde han desaparecido los ladrones) ¡Ojalá y sus os de sífilis, cacho cabrones!
EVERARDO.— Uy qué humos.
JUACHO TACORTTA.— Pero niña, te has quedado sin brazo.
LINDA.— No, me he quedado sin bolso, que es peor.
JUACHO TACORTTA.— Ay la leche.
LINDA.— (mira al viejo, indignada) Era de Prada.
SEBERINO.— ¿Qué has dicho del prado?
LINDA.— Que es donde pace tu madre.
EVERARDO.— ¡Uy lo que ha dicho!
SEBERINO.— ¿Qué ha dicho?
JUACHO TACORTTA.— Niña, sin faltar. ¿Pero es que no te das cuenta de que se te ha caído el brazo?
LINDA.— Abuelo que no te enteras. En el chino los venden a un euro.

(Unos segundos de silencio)

JUACHO TACORTTA.— ¿Y tu bolso?
LINDA.— ¡Ay nos ha jodido el viejo! Olvida el bolso, abuelo, ¿es que no ves que se me ha caído el brazo?

lunes, 14 de septiembre de 2009

Mirad como camina. María nunca ha sido de esa clase de mujeres perseguidas por las miradas de los hombres, nunca ha levantado pasiones con un solo pestañeo, ni ha desarmado a nadie con su perfume o con el gracioso movimiento de su vestido, nadie se ha parado a escuchar todavía la música de sus tacones. A decir verdad, María nunca ha recibido flores, nadie le ha dedicado una canción ni escrito un poema. Ni siquiera le han susurrado un te amo al oído.
Siempre se ha dicho que el amor tan solo llega una vez en la vida, a veces no llega nunca o como en el caso de María, se ha creído que ha llegado pero tan solo es un espejismo que se desvanece con el tiempo. Pero miradla, miradla caminar, desdichada, ¡cuántos labios habrán acariciado su cuello!¡cuántas manos habrán recorrido su cuerpo, su pelo, sus piernas! Y ninguna de ellas la ha hecho suspirar. ¿Él? No. Él era tan solo uno más, no nos engañemos. Yo lo sé, ella lo sabe, vosotros lo sabéis ahora, pero él lo supo siempre.
Observad a María, ahora está sola pero libre. Sin saber cómo, ha ido a parar a una de las calles más antiguas de París. Camina con la cabeza bien alta, el pelo suelto y una sonrisa en la cara; aunque nadie la esté mirando, ella sonríe. Aunque por dentro esté hecha polvo, ella sonríe. Aunque no tenga motivos para ello, ella sonríe.
Y no lleva maletas, no las necesita; tampoco un mapa con el que guiarse, tan solo un bolso rojo bajo el brazo, un pasaporte y la tarjeta de crédito. Nadie se fija en ella pero yo digo que es preciosa…
Esperad.
Algo ha cambiado. Sí, lo noto. Es apenas perceptible pero algo es diferente ahí abajo: el aire se estremece, las casas desgastadas cambian de color, esa nube parece más dulce y el cielo más azul… París... perdonad que me ría pero París nos está hablando.
¿Veis eso? El humo de mi pipa baila con mis palabras, algo va a suceder, lo sé.
Mirad.
María tropieza y el tacón de su zapato se tuerce, es entonces cuando pone esa cara de sorpresa que a mí tanto me gusta y en un movimiento reflejo se agarra a la chaqueta de un señor. Levanta la vista azorada y mira a su salvador. Él la mira a su vez y en ese momento el tiempo se detiene. ¿Lo veis? A María se le han entreabierto los labios, puedo sentir su escalofrío y oigo perfectamente el ritmo acelerado de su corazón.
Lejos, muy lejos, un perro ladra, unos niños pasan corriendo y un acordeón vuelve a cantar. Los relojes vuelven a sacudir las horas y ella baja la vista avergonzada.
—Perdón.
El hombre, embobado, la suelta. Ella se alisa el vestido y con una tímida sonrisa se da la vuelta dispuesta a irse, pero él la coge de la muñeca.
—Merci.
—¿Qué?
María lo mira asombrada. Él sonríe.
—Merci pour apparaître dans ma vie.

Mirad a María. Vuelve a ser una niña. Ella no lo sabe todavía pero pronto empezará a recibir flores y escuchará un je t´aime de esa voz aterciopelada que acariciará su oído.
Miradla, está sonriendo de verdad y es una sonrisa tan natural y plagada de alegría la suya, que me hace sonreír a mí también.
Mientras cae la tarde, me apoyo contra la barandilla y veo cómo los dos se alejan por las desgastadas pero mágicas calles de París. Mi taza de café tiembla entre mis dedos y me doy cuenta de que en menos de una hora empezará a llover. Me río a pleno pulmón y me pregunto cómo se las arreglarán aquellos dos para no mojarse… o si no les importará.

miércoles, 9 de septiembre de 2009

Leer





—¿Qué haces?
—Leer.
—Así que eres de esas…
—¿De esas…?
—De esas chicas raras…aisladas del mundo, ya sabes.
—No
—¿No?
—Yo no me aíslo del mundo.
—Pero estás aquí sola…
—Sí, estoy sola, soy un bicho raro y leo hasta secarme los ojos y empaparme el alma, pero no me aíslo del mundo.
—No lo entiendo.
—Mira este libro. Mira todas estas páginas escritas…las historias que cuentan.
—Lo siento pero sigo sin…
—Que yo no me aíslo del mundo, no hace falta, alguien lo ha aislado ya para mí.

martes, 8 de septiembre de 2009

Feria

Hoy la ciudad se ha vestido de gala y no habrá ciudadano que se atreva a cerrar los ojos en esta noche iluminada de neón. Bienvenido sea este maravilloso cambio de rutina, claro que sí, joder.

Y aquí estoy yo, escribiendo mientras ahí fuera mi calle amanece llena de orina, vómitos y botellas vacías; qué horror, lo he probado todo pero nada me cura la sobriedad.



Bueno, todavía me quedan nueve noches :)

viernes, 4 de septiembre de 2009

Hola



















—Así que…¿vas a hacerlo?
—Sí.
Suspiró.
—¿Sabes lo que eso significa?
—Lo sé.
Me miró fijamente, callado; parecía buscar en mis ojos la respuesta que mis labios no querían dar.
—Es tu vida, tu historia.
—Lo sé.
—También es la mía.
—Lo sé.
—Y la de todos ellos— añadió, señalando con un gesto el montón de papeles que descansaban sobre la mesa.
—Lo sé.

Después del silencio se acercó a mí y me rodeó con sus brazos. Me estremecí al sentir sus dientes acariciando mi oído.

—Adelante, pues —me susurró.

Mi mirada se enfrentó a los reflejos azulados de la pantalla. Sonreí. Él sonrió también. Creo que todos acabamos sonriendo.


Hola