Tal es, en resumen, esta vida bohemia.

Vida de paciencia y valor, en la que sólo puede lucharse revestido con una resistente coraza de indiferencia a prueba de necios y envidiosos, en la que no se debe, si no se quiere tropezar en el camino, abandonar ni un solo instante el amor propio, que sirve de bastón de apoyo; vida encantadora y terrible, que tiene sus victorias y sus mártires, y en la que no debe penetrarse más que cuando se está dispuesto a padecer la implacable ley del vae victus.
H. M

martes, 29 de junio de 2010

Despierto.





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Despierto.
Me incorporo de la cama jadeando y arrugando las sábanas entre mis dedos.
Sudor frío. Ella no está a mi lado, en su lugar quedan las marcas impresas de su cuerpo en el colchón y el leve rastro de su aroma en la almohada.
Trato de tranquilizarme, sólo ha sido una pesadilla. Me froto los ojos armados de agujas e hinchados por el sueño. Sólo ha sido una pesadilla. Cálmate.
Bóreas se ha callado, ahora no hay mayor ladrón ahí fuera que la oscuridad, que se ha tragado la luna llena dejándola en nueva y se ha llevado a su paso las farolas de la calle. El reloj marca las cuatro y once minutos.
Entonces escucho caer el agua de la ducha y se me escapa una sonrisa cuando reconozco la voz que proviene del cuarto de baño. Me levanto y afronto con exacerbación la mordedura congelada del suelo en mis pies descalzos. Su voz clara y diáfana va creciendo conforme me acerco, y todas y cada una de las notas de aquella melodía cadenciosa van llenando poco a poco el vacío oscuro que ha cavado en mí la maldita pesadilla. Su voz se apaga cuando llamo a la puerta, no hay respuesta al otro lado pero todavía puedo escuchar el ronroneo del agua al caer. Abro en una pregunta y su nombre se pierde en el aire…
Frío. El espejo ni siquiera está empañado con el vaho característico de la canícula enfrentada al invierno y no hay ropa tirada en ninguna parte. Al fondo percibo su silueta, turbia y exangüe, hilvanarse contra la mampara. Me acerco y la llamo otra vez, tañendo su nombre en una pregunta débil. Nada. Me responde el agua.
Abro el cancel de la ducha y mi mano se detiene aferrada en el tirador como el resto de mi cuerpo y la mitad de mi alma, presas ahora de unos segundos, horas, o días que pasan brutalmente despacio. El agua, gélida y ligera, se escurre entre mis pies al verse libre; pero yo no me doy cuenta, no puedo apartar la mirada de ella, que yace en el suelo desnuda. Sus piernas se extienden inmóviles hacia mí como naturaleza muerta y sus brazos caen a ambos lados del cuerpo sin vida. Sus manos pequeñas se abren hacia el techo como flores blancas pidiendo clemencia y su pelo, empapado, cubre sus hombros de mármol laqueado. En su cuello brillan las marcas purpúreas de los dedos que la han estrangulado y sus ojos, inyectados en sangre, me miran sin ver. Piedra mojada, fría y muerta. Ya no le brillan las pupilas…
Retrocedo con la garganta agujereada por la angustia, la cabeza me da vueltas y me pitan los oídos. Sus ojos siguen los míos en silencio acusador, su mano se cierra y señala las mías, que están carbonizadas. Choco contra el lavabo y el miedo me sacude varias arcadas mientras ella levanta su brazo y señala mi boca esta vez. Giro la cabeza hacia el espejo y desde el otro lado me sonrío con dedos en lugar de dientes.

jueves, 24 de junio de 2010

Cosas que hacer antes de morir

1. Viajar de mochila por todo el mundo.
2. Hacer la ruta 66 en una Aquila o una Harley.
3. Apuntarme a Green Peace.
4. Nadar con delfines.
5. Hacer paracaidismo.
6. Hacer parapente.
7. Hacer puenting.
8.
Hacer escalada.
9. Leerme todos los libros del mundo.
10. Ver todas las películas dignas de ver.
11. Escribir todas las historias y poemas y tonterías que tengo en la cabeza antes de que me explote.
12. Tirar aviones de papel con mensajes desde lo alto de cualquier edificio.
13. Hacer un blog.
14. Comprobar cuánto aguanto sin dormir.
15. Dormir hasta que me quede sin sueños después de haberlo comprobado.
16. Ver todas las óperas del mundo.
17. Tomarme un buen café en Starbucks.
18. Escuchar miles de historias de boca de la gente.
19. Ir a todos los parques de atracciones del mundo.
20. Interpretar al piano todas las obras escritas de la historia.
21. Tocar el piano.
22.
Tocar el saxofón.
23. Tocar el violonchelo.
24.
Tocar la armónica.
25. Tocar la guitarra.
26.
Besar la tumba de Oscar Wilde.
27. Darle un discurso a todos los políticos incompetentes.
28. Ver todas las obras de ballet del mundo.
29. Adoptar todos los perros que pueda.
30. Conocer en persona a todos mis escritores favoritos.
31. Montar a caballo.
32. Montar a caballo en la playa.
33. Hacer fotografías con una Canon.
34. Subir en un avión.
35. Tocar un piano de cola fuera de las cuatro paredes de mi conservatorio.
36. Hacer surf.
37. Bucear.
38.
Reunir una biblioteca personal muy amplia.
39. Apuntarme a Afanion.
40. Conducir una moto acuática.
41. Pintar un cuadro enorme con furia y sin sentido.
42. Llenar una calle de versos.
43. Reírme sin motivo.
44. Llorar sin motivo.
45. Tatuarme mi frase favorita en la espalda.
46. Visitar todos los museos del mundo.
47. Bailar bajo la lluvia cuando nadie me esté mirando.
48. Hacer el amor en la playa.
49. Estudiar filología hispánica.
50. Aprender italiano.
51. Volar una cometa.
52. Ir a todos los conciertos de mis grupos y músicos favoritos.
53. Bañarme desnuda en la playa en plena noche.
54. Mirar a los ojos a un psicópata.
55. Ir a alguna quedada de la casa roja.
56. Encontrar a mi media naranja.
57. Perder a mi medio limón.
58. Adoptar un niño de donde sea.
59. Publicar alguna de mis gilipolleces.
60. Improvisar Jazz.
61. Tocar música en grupo.
62. Dar conciertos.
63. Ver todos los animales del mundo.
64. Hacerme millonaria para comprobar que no lo necesito.
65. Salir por la tele.
66. Hablar por radio.
67. Dormir a raso en medio de la nada.
68. Encontrar todas las constelaciones
69. Hacer teatro.
70.
Subir al punto más alto del mundo.
71. Gritar desde el borde de un acantilado.
72. Cantar desde el borde de un acantilado.
73. Recitar un poema desde el borde de un acantilado.
74. Conocer a mucha gente.
75. Morir haciendo algo de esta lista.
76. Donar mis órganos (si quedan)
77. Enterrar mis restos (si quedan) en el Père-Lechaise.
78. Editar esta lista siempre que pueda.
79. Ampliar mis horizontes (sean los que sean)
80. Quemar esta lista e improvisar, que para eso está la vida.

sábado, 19 de junio de 2010

Casimiro Comino (II)
























—¿Cómo que te han despedido?
Casimiro Comino no levantó la cabeza de la mesa, a simple vista parecía que estaba avergonzado pero en realidad se entretenía contando los anillos que adornaban la madera. Su mujer siguió ladrándole, histérica.
—Veintitrés años, Casimiro, veintitrés años dejándote la piel en esa puñetera oficina, ganando una miseria para mantenernos a los dos y lamiendo culos para ir ascendiendo ¿y ahora te echan? ¡Qué coño has hecho, por el amor de Dios!
—Nada.
—Maldita sea, ¿te han echado por vago?
—No.
—¿Entonces?
Casimiro murmuró algo inteligible, avergonzado, con un sonido tan débil que se perdió bajo la corbata.
—¿Qué?
—Salí corriendo.
—¿Que hiciste qué?
—¡Salí corriendo, ¿vale?! —gritó— ¡En plena reunión me levanté y salí corriendo!
—¿Pero a dónde narices ibas?
Casimiro calló por un momento y miró por la ventana, perdiéndose entre el cielo encapotado de nubes y las gotas de lluvia que volvían a caer. Suspiró.
—A buscar mi libertad.
La mirada de ella se enterneció al instante y las cuatro arrugas de su frente se transformaron en una sola. Suspiró y se sentó enfrente de su triste marido.
—Escucha…—dijo con voz suave— tu libertad está aquí. Tu trabajo, tu familia…eso es todo cuanto necesitas para ser libre…
—No lo entiendes…
—No puedes salir corriendo en busca de algo que no existe y huir de tus obligaciones…
—No…
—¡Las quimeras no nos dan de comer!
—¡No, no, no! —Casimiro se llevó las manos a los oídos y cerró los ojos con fuerza, como un niño testarudo— ¡No lo entiendes! ¡No tienes ni idea!
—¡Sí tengo idea, Casimiro! Tengo mucha idea. Que ya son muchos años jugando a esto, por el amor de Dios, pon los pies en la tierra de una vez. El mundo no es como lo sueñas, no es como lo deseas: tienes que afrontar lo que él te ordena para sobrevivir.
—¡No quiero!
—¡Dios! ¿Pero qué demonios te pasa? Te comportas como un crío, estos últimos meses no has hecho más que tonterí…¿Casimiro?
Él ya no la escuchaba. Seguía con las manos en los oídos, pero había abierto los ojos y tenía la mirada perdida en la ventana, de su boca se descolgó un quejido con fonemas atrofiados. Allí estaba otra vez el agua lumínica de sus sueños, coronando las casas a lo lejos con un poder desmedido, como si se proclamara el rey del cielo.
—Arco iris…
—¿Qué?
Casimiro se levantó de la mesa precipitadamente, tirando la silla del impulso, que fue a dar contra una estantería repleta de vajilla de porcelana y adornos de cristal. El estruendo del impacto se entremezcló con el graznido de su mujer.
—¡Casimiro!
Pero él ni siquiera la escuchó, salió corriendo por el pasillo, arroyando todo a su paso y haciendo temblar las paredes a cada acometida contra las esquinas. Dejó la puerta abierta al salir y bajó los siete pisos que lo separaban de la calle por las escaleras, evitando de nuevo la parsimonia del ascensor. Saltaba con la agilidad de un muchacho de quince años pero la realidad de su cuerpo viejo y cansado chocó —y nunca mejor dicho— con los últimos once peldaños, que bajó rodando. Profirió un alarido y sus huesos crujieron al levantarse, luego rió, porque se sentía un poco más vivo, y salió a la calle.
Allí fuera los colores que se reflejaban en las gotas de lluvia brillaban mucho más, el arco iris se dibujaba más triunfal, si cabe, que la otra vez, y parecía que la curvatura de su sonrisa daba la vuelta al mundo para volver al punto de partida: los sueños de Casimiro. Echó a correr calle arriba por entre los coches, esquivando las personas e insultos que nacían a su paso, afilados y opresores. Pero Casimiro no los escuchaba, no les hacía caso, solo tenía oídos para la llamada de la libertad, solo tenía ojos para los colores de la felicidad. Y extendía los brazos al cielo para resguardarse de la monotonía, nadando hacia arriba, siempre hacia arriba, para escapar de la grisácea ciudad. Y gritaba, con todas sus fuerzas, para hacerse oír por encima, siempre por encima, de los insultos de la gente y los rugidos de las máquinas. Volvió a reír, volvió a brincar y volvió a sentir la libertad con cada bocanada de aire que tomaba. Y entonces… el arco iris desapareció.
Casimiro Comino gritó, se echó al suelo sollozando, golpeando el asfalto con los puños y maldiciendo su vida con toda su alma. La gente lo miraba al pasar con un rastro de cautela y una pizca de compasión, aunque nadie se acercaba a ayudarle. Se levantó malherido y volvió cojeando a su casa. Su mujer lo esperaba sentada en la mesa donde minutos antes habían discutido, en su mirada podía apreciarse la lucha interna que estaba llevando a cabo entre el odio y el cansancio. Sus labios denotaban tristeza cuando tomó aire profundamente y habló.
—Casimiro, quiero el divorcio.

sábado, 5 de junio de 2010

Esta noche




Esta noche ni la cama fría, ni las sábanas plegadas, ni la almohada húmeda son mías. Llevo semanas arrastrando tras de mí un cansancio seco y caliente que me ahoga los huesos y no me deja dormir, y me escuecen los ojos, y me tiemblan las piernas y oigo voces que gritan mi nombre y veo un millar de imágenes que atraviesan mis párpados aunque estén cerrados. Son insinuaciones de mis fantasmas, de mis temores que son arena y cal y saben a yeso, como el viejo vestigio de las horas repiqueteando por toda la habitación. Necesito romper ese reloj. Me levanto. Silencio.
Me visto con cuatro trapos que apenas siento caer contra mi piel y me pregunto si no sería mejor salir a la calle desnuda, si vendría siendo lo mismo. Mi perro abre un ojo y levanta una oreja, sabe que voy a salir y me sigue, como un compañero fiel que sustituye a las sombras de los cuerpos por saliva.
La noche me recibe con un abrazo fresco y un beso travieso. Me acaricia los brazos y la cara y decide arrastrarme por calles que están miserablemente vacías y oscuras, con cuatro farolas mal pintadas que no alumbran nada y un montón de árboles que van cantando mientras los pájaros duermen entre sus hojas de esparto. Hombres me miran al pasar, veo sus siluetas recortarse contra las paredes muertas. Me gritan, me echan palabras envenenadas y pegajosas que me repugnan, pero sus lenguas banales se desvanecen en mi cerebro al llegar, como la nieve al caer sobre la lluvia. Algunos me siguen durante varias lágrimas saladas, me atemorizan y me ponen a prueba un rato hasta que el humo de alquitrán y nicotina los acaba borrando de mi vista. Entonces me pregunto si al final no habré salido desnuda.
Cuatro cuarenta y ocho de la noche. Veo a mi musa, patética y hermosa a la vez, tirada en una esquina como una rosa hundida en el fango: ahí no pinta nada. La llamo, me mira con ojos vidriosos y me sonríe con dientes de disculpa, encogiendo los hombros. Le tiendo una mano para ayudarle a levantarse y ella me coge de la cintura y me planta un beso en los labios, que sabe a noche, que sabe a alabastro, que sabe a musa. Reímos las dos cuando me muestra una botella de contenido verde.
Y no sé encontrarme, no sé sentirme, no sé distinguirme del resto de luces de la ciudad; cuando vuelvo a mi cama sigue sin ser mía, yo sigo sin ser yo y sigo estando cansada y me siguen escociendo los ojos y temblando las piernas y sigo oyendo voces que gritan mi nombre. Pero escribo, lo transformo todo en palabras mientras el amanecer se cuela lentamente entre las cortinas, mi perro se tumba, mi musa ronca en el sofá, yo me quedo desnuda entre las sábanas y de mí salen mis miedos que, después de nada, solo son eso: palabras.