Tal es, en resumen, esta vida bohemia.

Vida de paciencia y valor, en la que sólo puede lucharse revestido con una resistente coraza de indiferencia a prueba de necios y envidiosos, en la que no se debe, si no se quiere tropezar en el camino, abandonar ni un solo instante el amor propio, que sirve de bastón de apoyo; vida encantadora y terrible, que tiene sus victorias y sus mártires, y en la que no debe penetrarse más que cuando se está dispuesto a padecer la implacable ley del vae victus.
H. M

sábado, 18 de septiembre de 2010


No nos irritamos contra el palo,
autor inmediato de los golpes,
sino contra el que lo maneja;
ahora bien,
este hombre está manejado por el odio:
es al odio, pues, al que hay que odiar.

Shantideva

lunes, 6 de septiembre de 2010

El antro (VII)




Un mes.
Un mes puede variar de tiempo según la aguja que lo acaricie y la persona que lo viva. Un mes significan veintiocho, treinta o treinta y un días. Puede pasar rápido con la dulce letanía de los placeres escurriéndose en nuestro cuerpo y mente, o terriblemente lento con la continua monotonía de las horas intempestivas taladrando nuestro tedio. Pero un mes en Mar… no significó nada.
Lo único que hizo en ese tiempo fue abandonarse a sí misma y recoger cuidadosamente pequeños recuerdos de la habitación del proxeneta, como hizo antes con toda su vida. Almacenó en su memoria las horas junto a la ventana, contemplando, desnuda, el lienzo que la calle le ofrecía; la melodía italiana que él silbaba cuando volvía de sus asuntos, y que terminaba en un suspiro mudo cuando imprimía sus labios en el hombro de Mar; el olor que desprendían las almohadas, ese olor a alcohol de selva y a piel soleada; y los silencios. Los silencios fueron los más intensos, era una música continua, espesa y profunda que Mar siempre llevaba consigo. Le permitía evadirse de su público, fuera cual fuese, y aunque se vendiera en cuerpo y alma, jamás nadie podría desabrigar esos silencios que la envolvían.
Para él, un mes fue el tiempo que tardó en enloquecer.
Llegó, como siempre, mecido por la impredecible mano del alcohol. Aquella noche también cerró la puerta silbando, pero desafinaba y la mayoría de las notas se convertían en aire. Se acercó a Mar y presionó, como siempre, sus labios contra su hombro. El tiempo se detuvo con el eterno arañazo de la barba de él en la piel suave de ella. Empezó a llorar sin lágrimas, solo con un sollozo mutilado y los ojos enrojecidos.
—De niño tenía un gato que tampoco hablaba —gimió con la lengua apresada contra su clavícula— Se limitaba a mirarme fijamente con esos ojos imposibles de… de… gato gris. Y su silencio era el peor de todos mis miedos. Tú…tú…tú eres como él. Me escuchas, me miras con esos ojos imposibles de… de…de mar gris, y callas. No soporto poseer algo que no comprendo, Mar. Háblame.
Ella permaneció muda, tan solo entreabrió los labios y lo miró tratando de contener su miedo. Él gritó y apartándose de ella, empezó a destrozar el pequeño cuarto. Volcó la estantería de huesos de pino y todos sus libros clásicos fueron a dar con las páginas dobladas en el suelo, desgarró telarañas, ropa y todos esos sueños que se escondían en su almohada en secreto; luego volcó las sillas y rompió varias botellas de coñac y vino amargo, encharcando libros y tela cuyo aroma, sumado al papel, le recordó a Mar la noche en que llegó. Un mes antes.
Él gritaba, repetía continuamente ese imperativo que llevaba rondando por su cabeza durante treinta días: “Háblame, háblame, háblame” Siempre en grupos de tres, con la misma intensidad y con el mismo tono de desesperación en la voz. Cuando el último de ellos llegó quebrado, el proxeneta se abalanzó sobre la joven, que presenciaba aquella escena en el centro del caos, con sus ojos grises de ciervo becqueriano tiritando y su cuerpo pegado al cristal de la ventana como si el mundo exterior que tanto daño le hizo la fuera a salvar ahora.
Él le cogió por los brazos y la tiró al suelo, ella intentó defenderse. Ambos rodaron por la tarima hasta que chocaron contra la cama y Mar quedó debajo, aplastada por esa rabia atroz que le resultaba terriblemente familiar. Él resoplaba, ella lloraba; él levantó una mano, ella cerró los ojos y entonces… habló.
—Por favor…


Su voz. Silencio. Quietud.
La habitación se llenó de una calma espumosa e insoportable. El proxeneta se levantó, cogió una silla del suelo y tras ponerla de pie, se sentó. Encendió un cigarrillo con manos temblorosas y sin mirarla, le dijo:
—Coge tus cosas y vete a trabajar con las demás. Puedes elegir la habitación que quieras.


Y Mar se cubrió con su camisa rota, esquivó los cristales y atravesó la puerta en silencio, sin nada más que recuerdos. Igual que un mes antes.