Tal es, en resumen, esta vida bohemia.

Vida de paciencia y valor, en la que sólo puede lucharse revestido con una resistente coraza de indiferencia a prueba de necios y envidiosos, en la que no se debe, si no se quiere tropezar en el camino, abandonar ni un solo instante el amor propio, que sirve de bastón de apoyo; vida encantadora y terrible, que tiene sus victorias y sus mártires, y en la que no debe penetrarse más que cuando se está dispuesto a padecer la implacable ley del vae victus.
H. M

lunes, 28 de noviembre de 2016

In memoriam



El camino hacia el cementerio es largo. Los abrigos negros avanzan silenciosos entre los cipreses blancos. El cielo llueve congestionado, llueve sobre mi cara, sobre los paraguas y los pasos. A lo lejos se levanta la loma de nuestros olivos, y me viene a la memoria el tacto de sus ramas peinadas y sus aceitunas suaves, de cómo los jerséis sudaban campo y el vaho calentaba y humedecía nuestros labios a través de las prendas. Tú te subías al tronco y te hacías olivo y tu cabeza flotaba sobre las hojas con tu boina y su rabillo. ¿Por qué no la llevas ahora que es todo tan frío?
La capilla tiene yedra trepando por las paredes, por las lápidas, mesas de mármol con una laguna en medio para que las familias se reúnan alrededor. El coche fúnebre se para y se abre. Los hombres te cogen a hombros resoplando, aunque ya no pesas. Mi padre llora, el peso recae sobre todo en él, ha olvidado el estoicismo que heredó de ti. Recuerdo bien los días épicos de Vivar, cuando recitabas sus versos de memoria, cuando todavía tenías memoria y no te temblaba la voz. Te ponías de pie y te hacías tan grande como el Cid, Justo el Campeador. ¿Contra qué luchas ahora? La muerte es una cura porque ya no te hace falta recordar. Ni que yo me ponga pantalones rotos para que me reconozcas, ni que tengamos que repetir los nombres, las caras, lo que pasó ayer, o hace veinte minutos. Ya no te tienes que agobiar más porque estemos todos aquí y no sepas por qué. Te estamos inhumando, sin tu boina, sin tu memoria, sin tus olivos ni tu porte campeador. Te estamos enterrando sin nada de lo que eras tú. ¿Se secará el cemento con esta lluvia? Nos vamos. La muerte es una cura porque ya no tendrás que recordar. La muerte es una cura porque olvidarás la angustia que dejan las ausencias. 
La muerte es esta lluvia limpiando la memoria.

martes, 8 de noviembre de 2016

Jitanjáfora

Obra de Agnes Cecile


Apenas él le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémiso y caían en hidromurias, en salvajes ambonios, en sustalos exasperantes. Cada vez que él procuraba relamar las incopelusas, se enredaba en un grimado quejumbroso y tenía que envulsionarse de cara al nóvalo, sintiendo cómo poco a poco las arnillas se espejunaban, se iban apeltronando, reduplimiendo, hasta quedar tendido como el trimalciato de ergomanina al que se le han dejado caer unas fílulas de cariaconcia. Y sin embargo era apenas el principio, porque en un momento dado ella se tordulaba los hurgalios, consintiendo en que él aproximara suavemente sus orfelunios. Apenas se entreplumaban, algo como un ulucordio los encrestoriaba, los extrayuxtaba y paramovía, de pronto era el clinón, la esterfurosa convulcante de las mátricas, la jadehollante embocapluvia del orgumio, los esproemios del merpasmo en una sobrehumítica agopausa. ¡Evohé! ¡Evohé! Volposados en la cresta del murelio, se sentían balpamar, perlinos y márulos. Temblaba el troc, se vencían las marioplumas, y todo se resolviraba en un profundo pínice, en niolamas de argutendidas gasas, en carinias casi crueles que los ordopenaban hasta el límite de las gunfias.


Rayuela 
Julio Cortázar