Tal es, en resumen, esta vida bohemia.

Vida de paciencia y valor, en la que sólo puede lucharse revestido con una resistente coraza de indiferencia a prueba de necios y envidiosos, en la que no se debe, si no se quiere tropezar en el camino, abandonar ni un solo instante el amor propio, que sirve de bastón de apoyo; vida encantadora y terrible, que tiene sus victorias y sus mártires, y en la que no debe penetrarse más que cuando se está dispuesto a padecer la implacable ley del vae victus.
H. M

viernes, 19 de febrero de 2016

Armada



Si permitieran las armas en este país
yo me armaría hasta los dientes
para protegerme de ti.
Me compraría algo que sea negro
y suene ruso,
un kalashnikov, quizá.
La muerte no entiende de idiomas.

A ti no te hace falta licencia, ni armas
que tengan negro ni suenen ruso.
Bastaría una mirada tuya,
una palabra, una sonrisa curva,
una caricia, un quizá,
para quitarme la vida.

La muerte tampoco entiende de ti.

martes, 9 de febrero de 2016

[Des]encuentros




Tres de la madrugada. Paseo con mi perro por calles desiertas y silentes. Me acompañan la soledad, un cigarrillo y el eco de nuestros pasos. El barrio está completamente a oscuras, las farolas están apagadas y la ciudad duerme en sus casas. Avanzo con calma y algo agarrotada por el frío. Al doblar una esquina mis ojos se detienen en la única luz que hay: proviene de la fachada de un edificio lejano. Me enciendo el cigarrillo, el fuego ilumina tenuemente mi cara cansada; el chasquido que produce la piedra y el sucesivo chisporroteo me reconfortan, lo prendo varias veces mientras suelto el humo.
La ventana de la que procede la luz se va haciendo cada vez más grande conforme avanzo por la calle. Hay algo de mágico en la solitaria ventana iluminada de un edificio negro. Significa que alguien vive. Alguien despierto, vacilante, insomne. El viento aúlla entre las hojas crujientes de los árboles, suena como el crepitar de mi mechero y eso también me reconforta. Las cortinas de la ventana están descorridas, son blancas y vaporosas como cisnes agazapados. Entre ellas, emerge la figura de una mujer que se está desnudando. Una, dos, tres... cuento mentalmente las prendas de las que se va despojando mientras le doy al cigarro caladas cortas y constantes. Se desabrocha el sujetador, sus omóplatos dibujan una línea en el centro de su espalda cuando echa los brazos hacia atrás. Siento que podría perderme en ese abismo. Uno, dos, tres, cuatro, cinco... cuento a media voz los pisos que me separan de ella. Los tirantes se escurren de sus hombros con la ligereza de los jilgueros. Se agacha a coger algo. Cuando vuelve a aparecer, sus tetas blancas se me ofrecen como dos lunas de duro estaño. Me acuerdo de Lorca. Ella me descubre y se tapa con las manos. Yo, avergonzada, aparto la mirada y tiro el cigarro con brusquedad. Lo piso varias veces para que las ascuas rojas no me delaten, como si se tratara de la mira láser de un francotirador. Aunque resulta obvio que ya es demasiado tarde: me ha visto. Echo a andar de nuevo sin saber bien hacia dónde. Me siento como uno de esos voyeur solitarios y tristes que ahogan sus deseos desde las sombras. Uno, dos, tres, cuatro... cuento lentamente los segundos que tardo en volver a mirar hacia arriba. Ninguna ventana iluminada se recorta ya contra el edificio negro. Ahora son todas iguales, apagadas, somnolientas, muertas.

Con cierto nerviosismo me enchufo otro cigarrillo. La piedra del encendedor me chista, líneas anaranjadas revolotean junto a mi nariz. El sonido que antes me reconfortaba, ahora parece el quejido lamentable de un moribundo. Cuando consigo prender la llama, una luz se enciende al mismo tiempo en la ventana en un acto terriblemente empático. Tras el cristal está ella, completamente desnuda, mirándome. Esta vez no se está cubriendo: está ahí parada, como una diosa que mira desafiante a un mortal. Con tremenda lentitud, y sin apartar sus ojos de mí, desliza una mano delgada como una rama por sus clavículas, trazando un camino invisible hasta su ombligo. Después se da la vuelta y desaparece. La luz se vuelve a apagar.
Yo me quedo largo rato mirando la negra ventana, como hechizada. Ni siquiera puedo contar los segundos. Me entra sed. El viento ha dejado de aullar, la noche vuelve a ser silente y solitaria, y el cigarrillo se consume entre mis dedos hasta formar una columna de cenizas y quemarme.
De pronto, el pitido ronco de un telefonillo automático rompe la quietud. Proviene del edificio de la mujer desnuda. Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete... suena largo rato, escandaloso y apremiante.

A lo lejos, un perro ladra en la noche.