Tal es, en resumen, esta vida bohemia.

Vida de paciencia y valor, en la que sólo puede lucharse revestido con una resistente coraza de indiferencia a prueba de necios y envidiosos, en la que no se debe, si no se quiere tropezar en el camino, abandonar ni un solo instante el amor propio, que sirve de bastón de apoyo; vida encantadora y terrible, que tiene sus victorias y sus mártires, y en la que no debe penetrarse más que cuando se está dispuesto a padecer la implacable ley del vae victus.
H. M

domingo, 24 de octubre de 2010

Casimiro Comino (III)



Casimiro Comino pegó la frente al cristal de la ventana y observó, impotente y con cara de perrillo abandonado, como su mujer cargaba sus maletas en un taxi y se largaba dejando tras de sí un leve rastro de humo acompañado de un vacío extraño.
Cuando la abdicación blanca desapareció entre el tráfico, Casimiro lloró como un niño, y después rió y volvió a llorar. Se limpió las lágrimas con la manga de la chaqueta y se dirigió a su cuarto cojeando. Su cama, una magnífica cama de matrimonio perfectamente hecha, estaba allí como testigo de un amor que llevaba años apagado, perdido entre las sábanas planchadas.
Se subió a la cama y, sin quitarse los zapatos, comenzó a dar saltos y a gritar hasta llenarlo todo de arrugas. Después se sentó con las piernas cruzadas y empezó a pensar.
¿Qué me falta? ¿Por qué nunca consigo mis sueños?
El niño de dentro le contestó secamente que le faltaba velocidad y fuerza, y que por eso jamás alcanzaría el arco iris de un salto.
—Mírate, eres como ellos. Estás envejeciendo.
Casimiro se miró las manos y las vio peludas y rechonchas, con la alianza de matrimonio —de lo que fue su matrimonio— aprisionando su corazón… perdón, su dedo corazón. Luego levantó los ojos hacia el espejo que había frente a la cama y se encontró con la mirada vidriosa de un hombre surcado de arrugas, ojeras marrones y entradas en el pelo cano. Recordó todos los pellizcos en las mejillas que se había llevado a lo largo de su vida y las palmadas en la espalda acompañadas de esa frase que tanto odiaba: “Te estás haciendo mayor, chaval.”
Y con la opresión del que es consciente de lo rápido que puede ser el tiempo en la carrera de la vida, se quitó la alianza, abrió la ventana y sacó medio cuerpo para desafiar al mundo.
—¡No soy como vosotros! —gritó— ¿Me oís? ¡No soy como vosotros!
La muchedumbre ataviada con trajes o faldas o chaquetas o corbatas, se detuvo para mirarlo, y negaron con la cabeza antes de seguir su rutinario camino hacia el trabajo.
Alguno de sus vecinos le respondió a Casimiro con un rudo “gilipollas”. Pero él no lo escuchó, miraba fijamente el horizonte, murmurándole a la luz, incitándola a ser visible una vez más.
—Vamos. Sal… Te alcanzaré. Esta vez lo conseguiré.
Y detrás de los edificios, como si hubiera atendido al desafío de ese pobre hombre, emergió el arco iris. Triunfal, ya sabéis; rey del cielo, como siempre; radiante como nunca; pintado con agua y luz por la mano de un Dios, como si estuviera hecho para surcar el cielo azul. Casimiro rió.
—¡Te tengo!
Saltó por la ventana y cerró los ojos durante la caída hasta que sus huesos dieron bruscamente contra el lamento metálico y oxidado del toldo de un bar. La gente, que había visto su hazaña, intentó detenerlo, pero Casimiro se liberó de los brazos que intentaban pararlo y corrió calle arriba, hacia su sueño.
Velocidad. Eso es lo que me faltaba. Llevo toda mi vida dejando escapar instantes y oportunidades, pero eso se acabó.
Salió en medio de la carretera con los brazos en alto, los coches se detuvieron al son de un chirrido de ruedas y algunos chocaron entre sí para no atropellar a Casimiro. Él no era consciente de casi nada, abrió la puerta del coche que tenía más cerca y echó a la conductora, una desdichada mujer asustadiza y alérgica a los atracos de hombres locos.
—¡Mi coche! ¡Ladrón! ¡Desgraciado!
De todos los insultos recibidos hasta ese momento, los de la señora enajenada fueron los más próximos a Casimiro. Un pobre desgraciado, eso es lo que era, uno más de los miles que se encerraban en la absurda moralidad del deber y lo cotidiano, cuyo único pecado es no haber soñado nunca. Un pobre ladrón, eso es lo que parecía, aunque solo estuviera intentando recuperar la vida que le correspondía.
El ladrón desgraciado trató de hacer volar al coche, pisaba el acelerador casi sin tener tiempo de cambiar las marchas y el motor maltratado rugía junto al eco de los últimos sollozos de la mujer víctima del robo. El arco iris, parapetado en su cielo azul, lo llamaba con sorna desde más allá del horizonte, más allá de la autopista, de la ciudad, de la imaginación.
Salía a la autovía cuando el aullido de una sirena ahogó el lamento del motor, los cristales se tiñeron de reflejos azules y rojos y un coche policía apareció en el retrovisor como la nefasta imagen de un cazador todopoderoso. El acelerador de Casimiro no podía bajar más por riesgo a atravesar el suelo, el número de marchas también era, por desgracia, inoportunamente limitada y el cuentakilómetros desvelaba la exorbitada cifra que solo un coche anciano podía tener. La policía lo alcanzó enseguida, le indicaba con gestos que parara, pero él no podía despegar las manos del volante, ni los pies de los pedales, ni la vista de la carretera ni el corazón del cielo. La ley lo adelantó y, a varios metros, le cerró el paso de un volantazo. Y se pisaron al tiempo los frenos. Se cerraron simultáneamente los ojos…

Chirrido.

Silencio.

—¡Salga con las manos en alto!
Casimiro levantó un párpado. Varias pistolas le encañonaban desde fuera, y a pesar de lo macabro de la situación, nadie pudo evitar soltar el aire contenido en un suspiro de alivio. No hubo choque, la muerte se alejaba dejando tras de sí todos los órganos encogidos y un poco de peligro en cada pistola.
Casimiro abrió la puerta con cuidado y muy lentamente, salió levantando los brazos.
—¡No se mueva! —gritó un agente.
Se quedó quieto al instante, entonces un montón de manos cayeron sobre él y aprisionaron las suyas en la espalda mientras sus piernas se encorvaban y su mejilla besaba la chapa caliente del coche.
Se escuchó el chasquido metálico de las esposas al abrirse.
—¿Es usted Casimiro Comino? —Inquirió alguien con su cartera en la mano.
En el horizonte no quedaba ni rastro del arco iris, solo estaba el cielo con su vestido insultantemente azul. Casimiro asintió con la cabeza mientras negaba con la voz temblorosa y ahogada en noes, sus cuerdas vocales estaban a punto de echar a llorar.
Se escuchó el chasquido metálico de las esposas al cerrarse.
—Está usted detenido.

miércoles, 6 de octubre de 2010

*****

Despierto.

De mi garganta arranca un grito que se entremezcla con un sollozo afónico y mi corazón bombea sangre como un animal enloquecido.
Sólo ha sido una pesadilla.
Miro a todos lados y se me escapa una risita histérica: ya no estoy en mi casa. Ante mí se extiende un campo infinito de trigo ahogado por el cielo azul. Ni una sola nube cubre el horizonte, a un lado brilla el sol y al otro se asoma una delgada uña de luna en cuarto creciente. Un grillo canta oculto entre la tierra y a lo lejos un cuervo alza el vuelo.
Frío. Extiendo los brazos en señal de rendición y me dirijo a mi imaginación con una rabia desesperada.
—¿Y ahora qué? —Le grito al cielo.
—¿Y ahora qué? —responde una voz a mis espaldas.
Cuando me doy la vuelta me encuentro con ella sentada en la rama de un árbol que acaba de nacer del trigo. Lleva el pelo recogido en dos trenzas y me mira como una niña extrañada balanceando las piernas desde su trono. Los huecos que forman las hojas del árbol filtran la luz con pereza, trazando en su rostro claroscuros verdes que contrastan con el amarillo del suelo.
—No es real —murmuro.
—No es real —repite ella.
—Esto no puede estar pasando —barro con la mirada todo el paisaje, el trigo se extiende hasta el infinito, mezclándose con el cielo, y es imposible saber dónde termina uno y empieza el otro— Es absurdo.
—Pero está pasando. A veces no hay nada más absurdo que una irrealidad que ocurre, el miedo a lo foráneo y la imposibilidad de saber si es real o no. En cualquier caso, si se trata de engaño, siempre podrás despertar después.
Frío. Abro los ojos y me encuentro con que ella ha desaparecido. Ya no hay árbol, ni cielo, ni trigo, ni grillos. La nada lo cubre todo como un manto sempiterno de vacío que carece de sonido, color y aire. Sólo hay nada y frío.
Me entra vértigo.
A veces no hay nada peor que la nada.