Tal es, en resumen, esta vida bohemia.

Vida de paciencia y valor, en la que sólo puede lucharse revestido con una resistente coraza de indiferencia a prueba de necios y envidiosos, en la que no se debe, si no se quiere tropezar en el camino, abandonar ni un solo instante el amor propio, que sirve de bastón de apoyo; vida encantadora y terrible, que tiene sus victorias y sus mártires, y en la que no debe penetrarse más que cuando se está dispuesto a padecer la implacable ley del vae victus.
H. M

domingo, 25 de noviembre de 2012

Autopsia de un latido


Fui a dar con mis latidos a una muerte lenta y jaranera;
en tanto que mis venas tropezaban y caían,
yo volaba bien alto como si mi vida
no fuera conmigo.
No quise evitarlo, tampoco podía,
                                    ¿acaso respiran los cigarros?]

La noche se cernía sobre las medusas y los párpados azules,
la arena subía y bajaba sobre nuestros cuerpos
como marea danzando con la luna.
Mis manos atadas por tus manos,
tu boca a una palabra de la mía.
Llovió sobre la mar sin tocarla, empapando el arpa
que sostenía un muchacho desnudo enviado
por Casiopea.
Condenada...
Yo le miré y le dije: “tenme esto un momento”,
y dándole mis miedos y principios
rompí
la eternidad
con un beso leve.

Había pececillos de plata, ¿te acuerdas?
retozando en nuestra saliva,
el oxígeno avanzaba y retrocedía cabalgando los pechos
con cascos oxidados,
y el     sexo      se         proclamaba                  triunfante
con un sabor a café fuerte.
Tu piel
tu piel con la suavidad de las almendras,
abriéndose como un durazno bajo mis yemas.
El hueco de tu clavícula clavado en mi lengua,
tus ojos mirándome con yuca salvaje,
de caballo tostado, de azabache indomable...

Atravesarás mi vida a la ferocidad de la luz,
el tiempo sedará y acelerará nuestros latidos taquicárdicos
en un fuego que arderá rápido,
que
se
consumirá
despacio,
para que nosotras resurjamos como dos aves fénix
de aquella arena que nos abrazó una madrugada.
Y de madrugada nos iremos, y en nuestra autopsia,
entre escombros
de una coraza y un muro]
los forenses encontrarán atónitos a un muchacho desnudo,
aguantando miedos y principios
que nunca más reclamamos.








martes, 9 de octubre de 2012

Nunca me dices cosas bonitas




—¿En qué piensas?
—En nada.
—Vamos en algo tienes que pensar.
—Bueno sí, en que quiero amordazarte, amarrarte y matarte a mordiscos.
—Para, siempre estás igual.
—No, en serio, te tendría amoratada todo el día, amortizaría el tiempo contigo y te haría un caminito de orgasmos de aquí a Marte.
—Eres gilipollas.
—Y tú una moralista mortífera.
—Estoy cansada de que estés siempre con las mismas estupideces. ¿En serio es tan difícil tener una conversación normal contigo?
—Te amortiguaré el peso de la realidad: sí.
—Bastardo.
—Y eso que te llamo. Además, confiésalo, te da morbo.
—¿De qué vas? ¿Qué me da morbo y encima debería estarte agradecida porque me llames para decirme guarradas?
—No son guarradas, te reclamo de verdad, y no solo porque me des sexo a morir.
—Pues no lo parece, nunca me dices cosas bonitas.
—¿Tú crees?

jueves, 27 de septiembre de 2012

[Re]nacer




Monté una escabechina cuando nací de madrugada. El médico tironeaba de mí mientras yo me aferraba a las entrañas de mi madre y gritaba que por qué ya, si todavía era de noche, ni las farolas estaban encendidas, que era prematura. “¿Y mi glándula tiroidea? ¡Eh, espere! Todavía no se me ha desarrollado la glándula”. “Ya buscaremos una solución —decía el médico— ¡pero sal de una vez, coño!”. Cinco minutitos más pedía yo. Y él se limitó a tirar con más fuerza de la que yo tendría nunca, y entre gritos y forcejeos llegué al mundo, con tal escándalo que despertamos a todo el hospital, sin educación ninguna por los que necesitaban descansar. Yo estaba enfadada, porque también quería descansar, y miré al médico con odio: “¿Ya está contento?” “Todavía no” contestó él. Sin pedir permiso cortó el único vínculo físico que me unía a mi madre —menos mal que dejó los hoyuelos— y no habiéndose quedado a gusto me pegó tamaña hostia en mi virginal trasero que arranqué a llorar. “¿Y esto, cabronazo?” “Es aprender a llorar, lo necesitarás en un futuro”, acto seguido me dio otra. “¡Eh! ¿Qué he hecho ahora?” “Aprender modales”.
Cuando les pregunté a mis padres cómo se hacía esto de vivir me dieron un puñado de respuestas: educarte, estudiar, ser alguien, casarte, tener hijos... Yo miraba a uno y otro con desconfianza. “¿Y ya está?”


La segunda vez que nací monté una escabechina parecida, pero aprendí más cosas.

domingo, 2 de septiembre de 2012

Respuestas [?]


Se espera que la lluvia pase. Se espera que los vientos lleguen. Se espera. Se dice. Por amor al silencio se dicen miserables palabras. Un decir forzoso, forzado, un decir sin salida posible, por amor al silencio, por amor al lenguaje de los cuerpos. Yo hablaba. En mí el lenguaje es siempre un pretexto para el silencio. Es mi manera de expresar mi fatiga inexpresable.
Debiera invertirse este orden maligno. Por primera vez emplear palabras para seducir a quien se quisiera gracias a la meditación del silencio más puro. Siempre he sido yo la silenciosa. Las palabras intercesoras, las he oído tanto, ahora las repito. ¿Quién elogió a los amantes en detrimento de los amados? Mi orientación más profunda: la orilla del silencio. Palabras intercesoras, señuelo de vocales. Ésta es ahora mi vida: mesurarme, temblar ante cada voz, temblar las palabras apelando a todo lo que de nefasto y de maldito he oído y leído en materia de formas de seducción.
El hecho es que yo contaba, yo analizaba, yo relacionaba ejemplos proporcionados por los amigos comunes y la literatura. Le demostraba que la razón estaba de mi parte, la razón de amor. Le prometía que amándome iba a serle accesible un lugar de justicia perfecta. Esto le decía sin estar yo misma enamorada, habiendo sólo en mí la voluntad de ser amada por él y no por otro. Es tan difícil hablar de esto. Cuando vi su rostro por primera vez, deseé que fuera de amor al volverse hacia mi rostro. Quise sus ojos despeñándose en los míos. De esto quiero hablar de un amor imposible porque no hay amor. Historia de amor sin amor. Me apresuro. Hay amor. Hay amor de la misma manera en que recién salí a la noche y dije: hay viento. No es una historia sin amor. Más bien habría que hablar de los sustitutos.
Hay gestos que me dan en el sexo. Así: temor y temblor en el sexo. Ver sus rostros demorándose una fracción de segundo, su rostro se detuvo en un tiempo incontable, su rostro, un detenerse tan decisivo, como quien mueve la voz y dice no. Aquel poema de Dylan Thomas sobre la mano que firma en el papel. Un rostro que dure lo que una mano escribiendo un nombre en una hoja de papel. Me dio en el sexo. Levitación; me izan; vuelo. Un no, a causa de ese no todo se desencadena. He de contar en orden este desorden. Contar desordenadamente este extraño orden de cosas. A medida que no vaya sucediendo.
Hablo de un poema que se acerca. Se va acercando mientras a mí me tienen lejos. Sin descanso la fatiga; infatigablemente la fatiga a medida que la noche —no el poema— se acerca y yo estoy a su lado y nada, nada sucede a medida que la noche se acerca y pasa y nada, nada sucede. Sólo una voz lejanísima, una creencia mágica, una absurda, antigua espera de cosas mejores.
Recién le dije no. Escándalo. Trasgresión. Dije no, cuando desde hace meses agonizo de espera y cuando inicio el gesto, cuando lo iniciaba… Trémulo temblor, hacerme mal, herirme, sed de desmesura (pensar alguna vez en la importancia de la sílaba no).


Pd: No.

lunes, 30 de julio de 2012


Yo llegué latiendo despacio, calmadamente
para no despertar a las amapolas desparramadas en el vientre
                                                                           de las aves]
Era un vuelo raso, como de satén y agua
chupando despacio para no derramar la leche caliente
                                                                  de la muerte]
Qué gran sueño, pasaban rápido las alboradas
y el tiempo se desplazaba entre libélulas...
... silencio...
No había nada como el silencio que pasaba golpeando
los tambores, calladamente, y sonaba como el “ohm”
de las musarañas]
Tú lo sabías, también lo habías vivido, entonces
¿por qué llegaste a mí desfibrilando?, frívola,
cómo me abriste el pecho, cómo me introdujiste las palas
y me llenaste de rayos derramando la leche.
Resucité latiendo deprisa, estrepitosamente,
desde que me tocaste una mañana,
era un vuelo alto, como de fuego y nébulas.
Desperté a las amapolas, las aves, la vida...
                  ... vida...
qué vacía de silencio, qué llena de palabras,             
                                               ¿es normal? ]
tanto ajetreo... tanto deseo...
¿Por qué lo hiciste?,
         ... tanta incertidumbre...
Ya no sé si odiarte
                            ... tanta duda...
O darte las gracias.
... tanta vida]


                                                                               

miércoles, 18 de julio de 2012

Instantes



Ya casi no recuerdo la última vez
Que caminaba por la noche
sola,
y mi alma caminaba conmigo
a pasitos
lentos y encharcados.

Hoy es una de esas noches en las que me entran
Ganas de reír, de bailar,
De llorar y de gritar.
De sentarme a cada esquina a contemplar estrellas
que no existen
y contarlas despacito
con tal de no llegar.

Hace tiempo que no era yo y yo misma,
Que corazón y cerebro
No coincidían.

Hoy es una de esas noches
Que se llenan de instantes:

En el silencio
Las hojas filosofan
Palabras y aire.

lunes, 2 de julio de 2012

La brevedad del ser, la eternidad del alma.


(Cientos de pájaros sobrevuelan la azotea chillando. En el centro, NIÑA permanece tumbada  justo en línea que delimita la parte diurna de la nocturna. Su rostro, mitad iluminado mitad en la penumbra, es una máscara de tristeza, ojos perdidos en el cielo, delgada línea dibujando sus labios. En ambas partes el HOMBRE BORRACHO CUENTISTA y NIÑO la observan apesadumbrados)

NIÑO: ¿Qué le pasa?
HOMBRE BORRACHO CUENTISTA: Algo ocurrió ahí abajo, supongo (señala a la Tierra con un gesto de cabeza) Según me ha dicho, allí ocurren más desgracias que alegrías.
NIÑO: Nunca la había visto así.
HOMBRE BORRACHO CUENTISTA: (dirigiéndose a NIÑA) ¿Te apetece un trago?

(Silencio)

HOMBRE BORRACHO CUENTISTA: Eso normalmente la animaba.
NIÑO: Tampoco quiere jugar, ni dice nada.

(Los pájaros graznan, una pluma cae lentamente desde el cielo. NIÑA se incorpora y la coge al vuelo, sopla sobre ella, y la pluma empieza a deshacerse en nuevos pájaros que se van sumando a la bandada que le sobrevuela. Suspira, entre sus dedos aparece una fotografía en la que se dibujan dos rostros sonrientes. La deposita en el suelo, frente a ella. La parte nocturna cubre uno de los rostros)

HOMBRE BORRACHO CUENTISTA: Ahora entiendo... Una de las mayores desgracias que pueden ocurrir ahí abajo es que alguien a quien queremos se vaya para siempre.
NIÑO: ¿Un viaje del que nunca vuelve?
HOMBRE BORRACHO CUENTISTA: Un viaje para toda la eternidad, y el cual estamos destinados a realizar todos antes o después... pero solos.
NIÑO: (emocionado) ¿Nosotros también emprenderemos ese viaje?
HOMBRE BORRACHO CUENTISTA: Ay, crío inocente, nosotros somos otro cantar. Viajaremos a nuestra manera pero cuando ella lo h...
NIÑA: (gritando) ¡Cállate! ¡Callaos los dos!

(Se hace el silencio en la azotea, sus palabras han cruzado el aire como un relámpago, solo los pájaros graznan. El HOMBRE BORRACHO CUENTISTA toma un largo trago de su botella, esta vez whisky español, se pierde un rato en las estrellas, que parpadean más fuerte que otras veces, y respira profundamente)

HOMBRE BORRACHO CUENTISTA: Yo creo en el alma como esencia en sí misma. Creo que somos más que barro y sangre, que cerebro y ceniza; somos almas. Cada día vamos guardando un trocito de nosotros mismos en ellas, y por eso nos pesan tanto cuando las llenamos de preocupaciones. Un alma es como la espuma del mar: si la ola es débil, la espuma no aparece, pero cuanto más fuerte rompa el agua, cuanto más brille contra el cielo como plata batida, más fuerte será el alma y más lejos llegará.
Nosotros envejecemos... pero no nuestras almas. Nosotros morimos... pero no nuestras almas. ¿Sabes esa sensación cuando nos despertamos en mitad de la noche sacudidos por el vértigo? Parece que nos caemos pero en realidad estamos en medio de la cama, y no hay peligro, ¿absurdo, no crees? Pues hay quien dice que se trata de nuestra propia alma, que emprende un viaje donde ella se le antoja, desprendiéndose de nuestro cuerpo para vivir a través de nuestros sueños. Y ese vértigo, ¿adivinas qué es? Cuando vuelve rápidamente a nuestro cuerpo porque la hemos sorprendido.

NIÑA: ¿Por qué me cuentas esto?

HOMBRE BORRACHO CUENTISTA: Te cuento esto porque sabes que a M.E también le ha pasado, porque la has visto temblar y has visto cómo su alma emprendía el vuelo lejos del hospital. ¿Recuerdas cuando murió? (NIÑA solloza) Aquella mañana estabas en la terraza, no aquí, sino en la terraza de tu piso. La mañana era insultantemente soleada, hermosa, y los pájaros chillaban demasiado, entrando y saliendo de los edificios abandonados... como hoy. ¿Y sabes dónde estaba su alma? Vosotros ahí abajo no veis ni la mitad de las cosas pero yo sí la vi, su alma había recorrido doscientos kilómetros para estar a tu lado, como lo está ahora y lo estará siempre.

NIÑA: No. Ella se ha ido.

HOMBRE BORRACHO CUENTISTA: (rompiendo la botella de whisky contra el suelo) ¡NO! ¡NO SE HA IDO! ¿Es que no lo entiendes? Ella se aferró a la vida con todas sus fuerzas, intentó combatir la enfermedad hasta el final, y mientras eso pasaba, su alma se fortalecía más y más. Ahora puede llegar hasta donde ella quiera, y creo que te ayudará más que nosotros a seguir luchando, y te enseñará mejor que nosotros a amar la vida... como siempre ha hecho.

(El líquido de la botella vacía serpenteó por el suelo de cristal hasta tocar la mano de NIÑA. Sintió su tacto, suave y caliente, y sonrió)

NIÑA: Compañera del alma...

domingo, 10 de junio de 2012



Aquella vez el mundo se llenó realmente de electricidad. Un niño caminaba despacio entre las grietas, se agachaba, cogía un puñado de tierra y se lo metía a la boca. Repetía el mismo procedimiento cada diez pasos. Sobre él, el cielo era una capa anaranjada de piel seca, y cada vez que una mosca se posaba en ella, arrancaba un pedazo, desgarrando aquel mundo desabrido y frágil.
El niño caminaba despacio, protegiendo sus ojos con un sombrero de paja viejo, sus esqueléticos hombros levantaban el peso de lo que parecía haber sido una camiseta de un superhéroe de antaño, arrugado ahora por el uso, mordido por el polvo y borrado por el sudor, y sus pies desnudos se apoyaban sobre la suela rota de unas sandalias. Ocho pasos, nueve...

De pronto, una bandada de pájaros levantó el vuelo en el horizonte, dejando a su paso esquirlas de graznidos y un reguero de plumas y pedazos rotos del cielo. Ante aquella señal, el niño se agarró con la poca fuerza que tenía al saliente de una roca. Bajo sus pies, el suelo empezó a temblar, de su garganta emergía un aullido gutural, cavernoso, que avecinaba el escalofrío posterior. La tierra se abrió en un sinfín de grietas igual que se rompe una cáscara de huevo para dejar salir una impaciente criatura.
Entre el polvo rojizo y la arena fue emergiendo una gran estatua de piedra, una sabia guardiana humana con cuerpo de león, una esfinge. El niño se llevó otro puñado de tierra a la boca mientras contemplaba con parsimonia cómo pasaba el terremoto. La estatua fijó sus ojos en él.
—¿Quién eres y a dónde vas?
El pequeño escupió la tierra y habló con voz rota.
—Polvo soy y al polvo iré.
Inmediatamente la esfinge empezó a llorar. No hacía nada, permanecía inmóvil con la mirada clavada en el niño, pero de sus ojos salía agua transparente. El niño se encaramó a su cuello y fue sorbiendo sus lágrimas, a lametones inseguros primero, chupando con desesperación después. Comer tierra daba mucha sed.
Cuando terminó empezó a contar los pasos otra vez, pues se había olvidado por cuál iba. El sol empezaba a esconderse, era casi negro, como si su propio fuego hubiera acabado consumiéndole a él también. El suelo se llenó de sombras alargadas y secas que se escapaban entre rocas y grietas, siempre rocas y grietas, pues no había nada más en aquel paraje.
Más tarde una mancha apareció en el horizonte. Conforme el niño se iba acercando la mancha se hacía más grande, aunque el sol ya no quemaba, la silueta estaba emborronada por el calor, nadando entre ondas y charcos imaginarios. Llegó por fin, alguien tejía calcetines blancos sobre una mecedora, justo en el paso siete. El niño la miraba mientras ella tejía. También había una moneda, un libro cerrado y un casco azul.
El crío se agachó para cogerlo todo.
—Tsss, ¿qué haces? Eso no es para ti.
—¿ Por qué?
—Porque tus manos son demasiado pequeñas para cogerlo todo.
El niño siguió caminando hacia ningún lugar, había perdido la cuenta así que empezó de nuevo: un paso, dos, tres...
Y en el horizonte, el sol negro moría definitivamente.

jueves, 3 de mayo de 2012

Nunca más



Una vez, en una taciturna medianoche, mientras meditaba débil
                                                                                   [y fatigado,
sobre un curioso y extraño volumen de sabiduría antigua,
mientras cabeceaba, soñoliento, de repente algo sonó,
como el rumor de alguien llamando suavemente a la puerta de mi
                                                                                     [habitación.
"Es alguien que viene a visitarme —murmuré y llama a la puerta
                                                                            [de mi habitación.
Sólo eso, nada más."

Ah, recuerdo claramente que era el negro diciembre,
y que cada chispazo de los truenos hacía danzar en el suelo su
                                                                                  [espectro.
Ardientemente deseaba la aurora; vagamente me proponía extraer
de mis libros una distracción para mi tristeza, para mi tristeza
                                                               [por mi Leonor perdida,
la rara y radiante joven a quien los ángeles llaman Leonor,
para quien, aquí, nunca más habrá nombre.

Y el incierto y triste crujir de la seda de cada cortinaje de púrpura
me estremecía, me llenaba de fantásticos temores nunca sentidos,
por lo que, a fin de calmar los latidos de mi corazón, me embelesaba
                                                                                  [repitiendo:
"Será un visitante que quiere entrar y llama a la puerta de mi
                                                                                  [habitación.
Algún visitante retrasado que quiere entrar y llama a la puerta
                                                                                  [de mi habitación.
Eso debe ser, y nada más".

De repente, mi alma, se revistió de fuerza; y sin dudar más
dije: "Señor, o señora, les pido en verbal perdón;
pero lo cierto es que me adormecí y habéis llamado tan suavemente
y tan débilmente habéis llamado a la puerta de mi habitación
que no estaba realmente seguro de haberos oído" Abrí la puerta.
                        Oscuridad y nada más.

Mirando a través de la sombra, estuve mucho rato maravillado,
                                                                                  [extrañado
dudando, soñando más sueños que ningún mortal se habría atrevido
                                                                                  [a soñar,
pero el silencio no se rompió y la quietud no hizo ninguna señal,
y la única palabra allí hablada fue la palabra dicha en un susurro:
                                                                                  ["¡Leonor!"
Esto dije susurrando, y el eco respondió en un murmullo la palabra
                                                                                  ["¡Leonor!"
                        Simplemente eso y nada más.

Al entrar de nuevo en mi habitación, toda mi alma abrasándose,
muy pronto, de nuevo, oí una llamada más fuerte que antes.
"Seguramente —dije—, seguramente es alguien en la persiana de mi
                                                                                  [ventana.
Déjame ver, entonces, lo que es, y resolver este misterio;
que mi corazón se calme un momento y averigüe este misterio.
                        ¡Es el viento y nada más!"

Empujé la ventana hacia fuera, cuando, con una gran agitación y
                                                                                  [movimientos de alas
irrumpió un majestuoso cuervo de los santos días de antaño.
No hizo ninguna reverencia; no se paró ni dudó un momento;
pero, con una actitud de lord o de lady, trepó sobre la puerta
                                                                       [de mi habitación,
encima de un busto de Palas, encima de la puerta de mi habitación.
                        Se posó y nada más.

Entonces aquel pájaro de ébano, induciendo a sonreír mi triste
                                                                                  [ilusión
a causa de la grave y severa solemnidad de su aspecto.
"Aunque tu cresta sea lisa y rasa —le dije—, tú no eres un cobarde."
Un torvo espectral y antiguo cuervo, que errando llegas de la orilla
                                                                                  [de la noche.
Dime: "¿Cuál es tu nombre señorial en las orillas plutonianas de
                                                                                  [las noches"?
                        El cuervo dijo: "Nunca más".

Me maravillé al escuchar aquel desgarbado volátil expresarse tan
                                                                                  [claramente,
aunque su respuesta tuviera poco sentido y poca oportunidad;
porque hay que reconocer que ningún humano o viviente
nunca se hubiera preciado de ver un pájaro encima de la puerta
                                                                                  [de su habitación.
Un pájaro u otra bestia encima del busto esculpida encima de la
                                                                       [puerta de mi habitación.
                        Con un nombre como "Nunca más".

Pero el cuervo, sentado en solitario en el plácido busto, sólo dijo
aquellas palabras, como si con ellas desparramara su alma.
No dijo entonces nada más, no movió entonces ni una sola pluma.
Hasta que yo murmuré: "Otros amigos han volado ya antes".

En la madrugada me abandonará, como antes mis esperanzas han
                                                                                  [volado
                        Entonces el pájaro dijo: "Nunca más".

Estremecido por la calma, rota por una réplica tan bien dada,
dije: "Sin duda". Esto que ha dicho es todo su fondo y su bagaje,
tomado de cualquier infeliz maestro al que el impío Desastre
siguió rápido y siguió más rápido hasta que sus canciones formaron
                                                                                  [un refrán único.
Hasta que los cánticos fúnebres de su Esperanza, llevaran la melan
                                                                                  [cólica carga
                        De "Nunca nunca más".
Pero el cuervo, induciendo todavía mi ilusión a sonreír,
me impulsó a empujar de súbito una silla de cojines delante del
                                                                       [pájaro, del busto y la puerta;
entonces, sumergido en el terciopelo, empecé yo mismo a encadenar
ilusión tras ilusión, pensando en lo que aquel siniestro pájaro de
                                                                                  [antaño,
en lo que aquel torvo, desgarbado, espantoso, descarnado y siniestro
                                                                                   [pájaro de antaño
                        quería decir al gemir "Nunca más".

Me senté, ocupado en averiguarlo, pero sin pronunciar una sílaba
frente al ave cuyos fieros ojos, ahora, quemaban lo más profundo de
                                                                                               [mi pecho;
esto y más conjeturaba, sentado con la cabeza reclinada cómodamente.
Tendido en los cojines de terciopelo que reflejaban la luz de la
                                                                                              [lámpara.
Pero en cuyo terciopelo violeta, reflejando la luz de la lámpara,
                        ella no se sentará ¡ah, nunca más!

Entonces, creo, el aire se volvió más denso, perfumado por un
                                                                                  [invisible incienso
brindando por serafines cuyas pisadas sonaban en el alfombrado.
"Miserable —grité—. Tu Dios te ha permitido, a través de estos
                                                                       [ángeles te ha dado un descanso.
Descanso y olvido de las memorias de Leonor.
Bebe, oh bebe este buen filtro, y olvida esa Leonor perdida.
                        El cuervo dijo: "Nunca más".

"Profeta —dije—, ser maligno, pájaro o demonio, siempre profeta,
si el tentador te ha enviado, o la tempestad te ha empujado hacia
                                                                                  [estas costas,
desolado, aunque intrépido, hacia esta desierta tierra encantada,
hacia esta casa tan frecuentada por el honor. Dime la verdad,
                                                                       [te lo imploro.
¿Hay, hay bálsamo en Galaad? ¡Dime, dime, te lo ruego!"
                        El cuervo dijo: "Nunca más".

"Profeta —dije—, ser maligno, pájaro o demonio, siempre profeta,
por ese cielo que se cierne sobre nosotros, por ese Dios que ambos
                                                                                  [adoramos,
dile a esta pobre alma cargada de angustia, si en el lejano Edén
podrá abrazar a una joven santificada a quien los ángeles llaman
                                                                                  [Leonor,
abrazar a una preciosa y radiante doncella a quien los ángeles llaman
                                                                                  [Leonor".
                        El cuervo dijo: "Nunca más".

"Que esta palabra sea señal de nuestra separación, pájaro o
                                                           [demonio —grité incorporándome.
¡Vuelve a la tempestad y la ribera plutoniana de la noche!
No dejes ni una pluma negra como prenda de la mentira que ha
                                                                       [dicho tu alma.
¡Deja intacta mi soledad! ¡Aparta tu busto de mi puerta!
¡Aparta tu pico de mi corazón, aleja tu forma de mi puerta!"
                        El cuervo dijo: "Nunca más".

Y el cuervo, sin revolotear, todavía posado, todavía posado,
en el pálido busto de Palas encima de la puerta de mi habitación,
sus ojos teniendo todo el parecido del demonio en que está soñando,
y la luz de la lámpara que le cae encima, proyecta en el suelo
                                                                       [su sombra.
Y mi alma, de la sombra que yace flotando en el suelo
                        no se levantará… ¡Nunca más!

domingo, 11 de marzo de 2012

Tuya, A.


Yo corría por campos de amapolas con las manos huecas. Allí donde se acababa el mundo yo sostenía mis miedos, mirando a todos lados con los brazos en alto y la garganta en vilo. Sobre mi cabeza un eclipse de mundo ensombrecía las venas calladamente, se posaba en mi boca y emprendía el vuelo una y otra vez.
Reventaba y clamaba, calmada, por partes iguales el linde de mi vida. Acuciaba las espuelas de lo inevitable al ver que la muerte no llegaba y la libertad cada día volaba más lejana. Y los pájaros reían, sosteniendo fotografías calientes entre sus plumas, brillando a cada desgracia que se avecinaba.
Y entonces apareciste tú, con tu mirada imposible de ámbar y verde y azul, golpeando los tambores de la tierra con tus piernas, ahuyentando las amapolas y los eclipses. Se me cayeron los miedos cuando cogiste mis manos entre las tuyas, se me posó la libertad en el hombro cuando tu piel rozó la mía y callaste mis clamores con el manso beso de tus labios. ¿Quién eres? Y el fin del mundo se tornó finito, pronto tus ojos derramaron un mar de ámbar y verde y azul que se tragó las amapolas, y de nuestros cuerpos brotó arena con tacto de fuego.
Corrimos por la orilla bañada en agua plateada, pateando los relojes reales que se derretían entre las algas, besándonos cuando subía la marea, mordiéndonos cuando bajaba. Y tú me enseñaste a amar, y yo te enseñé a aprender, mientras a nuestro alrededor el mundo prendía en llamaradas que no nos tocaban. Y te tiré al mar, y de ti nacieron perlas que se quedaron en el cielo contemplándonos, mientras rodábamos por la vida a carcajadas, arrancándonos la piel a dentelladas, curándonos las heridas a besos. ¿Estás loca? A ratos, decía, mientras gemía entre sábanas tejidas con una droga personal y lamía el abismo de tu cuello . Y se nos acababan los silencios con cada suspiro incierto, para que no se apagaran los sueños, porque veinte pájaros nos salían del pecho con veinte mariposas en el pico y veinte amaneceres en sus alas. Rompe los relojes, amor, que la eternidad no se hace sola; y aráñame, que nos lo piden las olas. Yo prometo no quejarme, tú promete no parar.
Y mientras, a nuestro alrededor el mundo estallaba en llamaradas sin tocarnos.

jueves, 1 de marzo de 2012

Casimiro Comino (IV)



—Es aquel hombrecillo de allí, el que se mira las manos.

—¿Ese? —el inspector entrecerró los ojos, albergando dudas— pero si parece inofensivo.

—En este trabajo nunca debemos guiarnos por las apariencias, señor —explicó el agente— Casimiro Comino, 47 años, está acusado de robo de coche con violencia y conducción temeraria.

—¿Antecedentes penales?

—Está limpio, pero la propietaria del coche lo ha denunciado y exige juicio.

—Qué curioso…—el inspector escudriñó al preso a través de la celda, era el más hundido entre todos los hombres que se encontraban allí, inmóvil y con la vista congelada en sus manos—¿Ha dicho algo en su defensa?

—Que nunca ha hecho daño alguno y repetía no se qué de un arcoiris.

—¿Y su abogado?

—No quiere abogados, ni el suyo propio ni otro de oficio, dice ser tan inocente que no necesita que nadie hable por él, que solo quiere que lo dejemos tranquilo para poder llegar hasta su arco iris.

—¡Já! Cuánta mariconada. Lo más seguro es que necesite atención médica.

—Llamaré al psicólogo para que hable con él.

Ambos se alejaron de la celda tratando el asunto mientras Casimiro, embargado por una depresión extraña y tranquila, escrutaba sus manos rechonchas y peludas. Algo había vuelto a fallar, ¿pero qué?

—¿Tienes un cigarro?

Casimiro contempló ceñudo al hombre que lo había sacado del hilo o maraña de sus pensamientos.

—Aquí no se puede fumar— refunfuñó.

Como respuesta el hombre le hizo un corte de mangas. Vestía de traje pero tenía las manos sucias y las uñas negras y quebradas.

Todavía me falta velocidad… no. No soy yo, sino ellos. Miró al otro lado de la celda, dos agentes de policía tomaban café y se reían de algo que su jefe había dicho media hora antes. Ellos son los que me detienen, los que me impiden cumplir mi sueño. Enfocó los barrotes de su celda, los policías se convirtieron en dos manchas borrosas en segundo plano. Soy un pájaro. Soy un maldito pájaro enjaulado, pero…¿tengo alas?

Se escuchó el chasquido de la puerta al abrirse. Era el mismo agente que hablaba antes con el inspector.

—¿Casimiro Comino? Venga conmigo.

Casimiro se levantó con parsimonia y se dirigió hacia la puerta. El hombre del traje le escupió en un zapato cuando pasó junto a él, pero no le hizo caso y salió de la celda en pos de su captor. Avanzaron por un largo pasillo vacío, todo estaba sumido en el más profundo silencio y no se escuchaba más que el sonido lejano de las oficinas. Se detuvieron ante una puerta cerrada. Tam, tam tam. Tres golpes en metal y una voz aterciopelada.

—Que pase.

El agente le hizo un gesto a Casimiro para que entrara. La puerta se cerró tras él. La habitación era un baño de luz comparado con la celda, cuando sus ojos se acostumbraron, se encontró con un señor sentado tras una mesa blanca, a juego con las paredes y con su bata. Le señaló una silla para que se sentara, sin mediar palabra. Sus manos eran pequeñas y esqueléticas, con uñas limpias, se movían ágilmente mientras jugaban con los bolígrafos que descansaban alineados sobre la mesa.

—¿Nombre?

—Casimiro Comino.

—¿Profesión?

—No tengo.

El médico elevó una ceja por encima de sus gafas.

—Aquí dice que es usted contable —dijo señalando unos papeles.

—Ya no.

—¿Por qué?

—Me echaron.

—¿Por qué?

—Porque salí… salí corriendo en medio de una reunión.

—Curioso… —su bolígrafo empezó a volar sobre el papel, anotando palabras inteligibles —¿Qué le llevó a actuar así?

—El arco iris.

—¿El arco iris?

—El arco iris.

El médico se levantó, era terriblemente bajito pero consiguió quedar por encima del pobre Casimiro, que estaba encogido en su silla.

—¿Qué tiene el arcoiris?— preguntó.

—Mi libertad.

—¿No es usted un hombre libre? ¿Con trabajo? ¿Esposa?... Es más de los que muchos podrían decir.

—¡No! ¡No! y ¡No! ¡Eso no es libertad! Mi esposa decía lo mismo… todos decís lo mismo, estáis contaminados. ¿Es que no lo véis?

—Pues no… —el médico se miró las mangas de su bata, completamente blancas, con una leve sonrisa— Yo no lo veo. —Siguió escribiendo en su cuaderno.

—¿Qué demonios está apuntando ahí todo el rato? ¡No estoy loco, maldita sea!

—Aquí nadie ha hablado de locura, Casimiro —contestó el médico— Solo intento ayudarte, comprenderte. Sé que es duro… ¿Dónde está su esposa? ¿Quiere que la llamemos?

—No. Se fue.

—¿A dónde?

—Al infierno del que vino.

—Necesita usted reposar, Casimiro. Ha perdido demasiadas cosas en este tiempo, su actitud…

—No, señor, por ahí sí que no paso. ¿Qué he perdido? ¿Mi trabajo? ¿Mi esposa? No, no, no. Lo más importante que tenía lo perdí cuando conseguí todas esas cosas. Lo más importante es mi libertad y la estoy perdiendo a cada minuto que pasa. Ahora suélteme y déjeme ir a buscarla, está justo al otro lado del arcoiris.

—Casimiro, puede que ese arcoiris del que tanto habla solo esté en su cabeza. Yo no he visto ninguno en todo el día.

—Porque está aquí encerrado. Está ciego. Todos estáis ciegos, pero me llamáis loco a mí.

—Le repito que no estoy hablando de locura, solo sufre usted una crisis nerviosa, tiene que controlar eso y…

—¡Que te calles, coño! —Se levantó tirando la silla al suelo, el médico retrocedió mientras se abría la puerta y dos agentes entraban para sujetarlo —¡Soltadme, joder! ¡Va a volver! ¡Va a volver!

—¿Quién va a volver?— le preguntó con calma, aunque por dentro sabía que estaba cagado de miedo.

—El arco iris… —sollozó Casimiro.

—No existe tal arcoiris, señor, solo está en tu cabeza —el médico garabeteó su firma sobre el cuaderno, arrancó el informe con furia y se lo tendió a uno de los policías, que asintió con la cabeza tras echarle un vistazo— He intentado ayudarle, pero se ha condenado usted solo. Casimiro Comino, está usted demente.

martes, 21 de febrero de 2012

Despedida

Cilantro es mi nombre de agua en las alboradas

un tambor pequeño un golpe fuerte

corazón de escamas doradas

y un eco. Siempre.

[...]

miércoles, 15 de febrero de 2012

Madame Sagard y el ruiseñor.



Aquella mañana el cielo estaba encapotado con un manto de nubes y rayos crepusculares, de esos que filtran llamadas de Dios a pedazos. Madame Sagard caminaba entre chopos doblados por el viento, las hojas muertas se agolpaban bajo la pisada firme de sus zapatos y esa luz extraña sacaba destellos de los polvos de arroz de su piel. Desde que la abandonó su marido, ella salía a pasear todos los días con porte rígido y soberbio, saludando a todo el mundo con un leve movimiento de cabeza y rechazando cortésmente los productos que los vendedores le ofrecían. Nunca tuvo la sangre tan flemática, en otros tiempos su sonrisa era preciosa y cálida, pero desde que se mudó al treinta y tres de la Rue Linois y le salió su primera cana, Madame Sagard ocultó parte de ese encanto bajo capas y capas de laconismo.

Fue bajando tranquilamente, con indolencia incluso, hasta llegar al Pont de Grenelle. Allí, en el cruce del puente, como todas las mañanas, estaba la joven que vendía limones. Iba envuelta en raso grueso para protegerse del frío y sujetaba una cesta de mimbre llena de limones con manos pequeñas y temblorosas. A su lado Madame Sagard parecía una condesa germana, con su tez pálida y su abrigo de marta cibelina, pero lo que nadie sospecharía nunca es que esa chiquilla de pelo salvaje era la única que conseguía que la sangre de nuestra condesa germana —por lo general de discurrir lento— se agolpara en sus venas como un montón de caballos desbocados y provocara que su corazón renaciera como un ave fénix, batiendo sus alas en tropel.
Tomó aliento, reunió fuerzas de París sabe dónde, y se acercó a la vendedora para comprarle un limón como hacía todas las mañanas desde que la abandonó su marido. Ella depositó en sus manos el mejor fruto de su cesta y le otorgó un débil “merci”, Madame le pagó más de la cuenta y se fue apresurada antes de que se desvaneciera la tierra y su mundo cayera en las aguas del Sena.

El camino de vuelta fue atropellado, pasaba velozmente ante todo el mundo, sin saludar, aprisionando el limón contra su pecho y respirando con dificultad. Cuando llegó a su casa cerró la puerta con un sonoro crujido y soltó todo el aire que le quedaba en los pulmones en un suspiro con forma de llanto. Unos minutos después, Madame Sagard se encontraba frente a su gran espejo de plata batida, empolvándose el rostro de nuevo y reorganizando su pelo. Se dirigió al salón mientras se iba desnudando y se sentó en un sillón desgastado. Desde su jaula, el ruiseñor la miró escéptico.
—¿Otra vez?
Ella, distraída, asintió con la cabeza.
A su alrededor, cientos de limones.

miércoles, 25 de enero de 2012


Ante todo hay que meditar sobre nuestra
preciosa existencia humana,
libre y cualificada.
Difícil de obtener
y
fácil de destruir.

Ahora
Voy a darle un sentido.

Kalou Rinpotché