Tal es, en resumen, esta vida bohemia.

Vida de paciencia y valor, en la que sólo puede lucharse revestido con una resistente coraza de indiferencia a prueba de necios y envidiosos, en la que no se debe, si no se quiere tropezar en el camino, abandonar ni un solo instante el amor propio, que sirve de bastón de apoyo; vida encantadora y terrible, que tiene sus victorias y sus mártires, y en la que no debe penetrarse más que cuando se está dispuesto a padecer la implacable ley del vae victus.
H. M

lunes, 17 de mayo de 2010

El antro (VI)

Conforme se fueron esfumando las madrugadas, se fueron moviendo sombras y apagando portazos, conforme se fueron vaciando botellas, llenando bolsillos y vaciando esperanzas, Mar se fue habituando al antro. No salió de la habitación lóbrega y viciada del proxeneta desde que llegó allí. Él ya la había comprado, y la retenía a su lado como un niño antojadizo que no quiere compartir su nuevo descubrimiento con nadie, ni siquiera con él mismo. Dejaba que se escurrieran entre sus labios los morfemas de la nueva vida a la que dio nombre: “Mar, mar, mar… sabes a él” decía. Y ella callaba mientras él le hablaba del mar, como si Alberti le hubiera poseído la boca, siempre el mar, con su oleaje de temperamento bravío, su marea de aterciopelada calma y su aroma a espuma salada; y entretanto ella recordaba su infancia, esas tardes infinitas con su hermano junto a la playa, el tacto de la arena entre sus dedos, el color anaranjado que el sol arrojaba sobre las nubes… Pero él nunca la dejaba enredarse en el exilio que su mente le tejía tan cuidadosamente —suprimiendo las partes malas de su pasado— y la llevaba irremediablemente a escuchar las crueles palabras que salían de su garganta ronca.
—Mar… Vuelve conmigo, estás ausente. ¿En qué piensas? Déjame escuchar tu voz alguna vez, háblame, bésame…no, mejor muérdeme, sé que me odias. Vamos, pequeña. No soporto esa mirada gris de brillo perdido, apesta a nostalgia. Sabes que esto es mejor que todo lo que has dejado atrás, has venido a mí porque ya no te quedaba nada; vamos… te estoy dando una oportunidad, aprovéchala y bésame, me lo debes.
Y ella, aferrada a su silencio, apartaba de su mente las preguntas de su pasado, las respuestas de sus recuerdos, y salía de entre las sábanas calientes de la cama para ponerse encima de él y morderle. Muy fuerte.
Era, ciertamente, como el mar: furiosa, ausente, salada, suave… pero cansada de estrellarse una y otra vez contra las afiladas rocas.

miércoles, 12 de mayo de 2010

La niña de la azotea se presenta


(Dos sujetos de dudosa procedencia dialogan mientras se columpian en medio de un prado casi vacío que desaparece en la nada)

SUJETO 1.— ¿Sabes qué?
SUJETO 2.— Qué.
SUJETO 1. Ayer conocí a una niña de lo más peculiar.
SUJETO 2.— ¿Sí?
SUJETO 1.— Sí. Vive en la azotea de un edificio recientemente antiguo, con el suelo hecho de un cristal lo bastante duro como para que no se rompa pero lo suficientemente ligero como para que flote en el aire.
SUJETO 2.— ¿En serio?
SUJETO 1.— En serio. Ese lugar no es igual a nada que hayas podido ver antes. Allí el cielo tiene dos formas.
SUJETO 2.— ¿Dos?
SUJETO 1.— Sí. En una mitad es de día siempre, pero el sol es de fuego tenue porque a la niña no le gusta cegarse cada vez que lo mira; y en la otra mitad se pasea la noche, con estrellas pequeñitas y rechonchas pegadas como mocos en la bóveda celeste, y en medio, una luna brilla dulcemente para no despertar a nadie con todas sus fases al mismo tiempo.
SUJETO 2.— ¿Una luna con todas sus fases al mismo tiempo?
SUJETO 1.— Te lo juro, todas las caras al mismo tiempo…claro, que es una forma de hablar, porque allí no existe el tiempo.
SUJETO 2.— ¿No?
SUJETO 1.— No. Para la niña es absurdo así que lo eliminó. ¿Verdad, niña?
NIÑA.— Verdad.
SUJETO 2.— Increíble.
SUJETO 1.— ¿Verdad que sí? Tampoco come nada, ni duerme, no lo necesita; me dijo que renunció a todas sus necesidades corporales y materiales pero no renegó de su cuerpo para poder seguir sintiendo.
SUJETO 2.— ¿No es un ente etéreo como nosotros?
SUJETO 1.— Para nada, es de carne y hueso. Renegó de todas esas cosas porque dice que son rutinarias, y ella odia las rutinas. Pero puede comer si quiere por el puro placer de saborear un helado, por ejemplo, o dormir por el mero placer de soñar. Vaya, que todos son placeres en su azotea.
SUJETO 2.— ¿Y no se aburre de estar sola ahí arriba?
SUJETO 1.— ¡Qué va, si no está sola! Me contó que con ella viven dos personas. En la zona del día hay un niño que siempre está allí jugando, al parecer adora a la niña y siempre juega con ella.
SUJETO 2.— ¿Y la otra persona?
SUJETO 1.— Vive en la zona de la noche. Es un hombre al que le gusta mucho beber y contar historias. La niña me dijo que es tremendamente enigmático.
SUJETO 2.— ¿Y no juega con ella?
SUJETO 1.— Sí… pero ellos juegan de otra manera, como lo haría la noche. Pero calla, que no te he dicho lo más increíble. ¿Sabías que en esa azotea puede haber de todo?
SUJETO 2.— ¡No jodas!
SUJETO 1.— Lo que oyes. Al parecer la criatura tiene una imaginación desmedida y todo lo que pasa por su cabeza se materializa al instante. Eso sí, cosa extraña: todo lo que crea es pero no es.
SUJETO 2.— ¿Cómo es eso?
SUJETO 1.— Siendo. Todo su mundo tiene sentido y referencia pero carece de nombre.
SUJETO 2.— ¿No le pone nombre a nada?
SUJETO 1.— No le da la gana. Dice que vaya una gracia eso de ir por ahí etiquetando cosas y desvelando misterios, que le quita el encanto.
SUJETO 2.— ¿Entonces cómo llama a sus cosas?
SUJETO 1.— Cosas.
SUJETO 2.— Fascinante…
SUJETO 1.— Es imposible salir de allí indiferente. Su azotea es una suerte de mundo utópico en la que todos se creen reales…
SUJETO 2.— Espera.
SUJETO 1.— ¿Qué?
SUJETO 2.— Nosotros somos entes.
SUJETO 1.— Sí.
SUJETO 2.— Estamos materializados no como materia pero sí como entidades pensantes.
SUJETO 1.— Sí.
SUJETO 2.— Y estamos aquí columpiándonos en medio de ningún lugar mientras damos a conocer a esta cría.
SUJETO 1.— Ahá.
SUJETO 2.— Yo me creo real, ¿y tú?
SUJETO 1.— También.
SUJETO 2.— Y no tenemos nombre.
SUJETO 1.— Oh…
SUJETO 2.— Exacto. Podríamos ser una creación suya…
SUJETO 1.— Podríamos serlo.
SUJETO 2.— Qué locura. ¿Pero todo esto que me estás contando es verdad?
SUJETO 1.— Te lo juro. Cuando la conocí vivía en una azotea enorme con cielo bipolar y un montón de cosas sin nombre. Y era una niña… al menos hasta que la llamaron sus padres para cenar.
SUJETO 2.— ¿Qué?
SUJ…
NIÑA.—
¡Maldita sea! (Cabreada deja la pluma sobre el cuaderno y sale corriendo de su habitación) Voooooooooy.

(Vuelta a la realidad. Ya no es una niña)


Nota: He aquí la presentación de la niña de la azotea. Su historia irá apareciendo en pequeñas escenas inconexas entre sí que giran alrededor de un mundo utópico en el que no existe ni el materialismo, ni la rutina, ni los imposibles; creo que todos tenemos un pequeño mundo así dentro de nosotros. Este, sin duda, es el mío: el de una niña que no es niña.
Espero que os guste.