Tal es, en resumen, esta vida bohemia.

Vida de paciencia y valor, en la que sólo puede lucharse revestido con una resistente coraza de indiferencia a prueba de necios y envidiosos, en la que no se debe, si no se quiere tropezar en el camino, abandonar ni un solo instante el amor propio, que sirve de bastón de apoyo; vida encantadora y terrible, que tiene sus victorias y sus mártires, y en la que no debe penetrarse más que cuando se está dispuesto a padecer la implacable ley del vae victus.
H. M

jueves, 15 de diciembre de 2011

Luciérnagas cromáticas.


Hay libélulas que poseen la belleza inexorable de los álamos

o la insistencia dorada del sol;

lobos de miradas retraídas que aúllan serenatas a medio valle

con cuerdas vibrantes de carne y rojo;

ríos de agua elegante y fría que sin despeinarse la sutileza,

luchan contra los salmones de coral

y arrastran arsénicas piedras;

montañas reinas, coronadas de pinos con agujas inmortales de ao inglés

que tiemblan nieve hueso descarada y crujiente.

Hay pájaros que poseen alas diminutas

y recorren distancias inmedibles de cerúleo;

hojas que hablan con la tierra

y susurran palabras marrones en su vientre materno;

pumas que le roban la fluorescencia

a los neones de las ciudades verdes;

mares que encierran medusas púrpuras

y peces de espinas color lavanda;

espíritus colosales con lenguas de hígado

que se manifiestan en bocanadas de fuego fatuo y plumas de águila parda;

picaduras que envenenan, venenos que salvan.

Hay perros de lino que mordisquean neumáticos podridos

entre los contenedores infestados de pez negra;

rugidos ahumados que tocan mazurcas de ámbar

entre calientes chapas grises;

hombres que vomitan licores alizarinos de Dionisos

y aspiran las hojas fucsias de las selvas americanas

mientras las moscas de xanadu sobrevuelan la fruta.

Loros glauco que hablan pero no pueden volar,

toros borgoña que luchan pero no pueden vivir.

Hay edificios perforando la magnolia del cielo;

árboles de feldgrau en el cemento árido;

gritos de bronce en la noche amarga;

muertes naranjas en el amanecer extraño;

dinero amarillo en forma de oro siena;

mentiras lilas en forma de caricias color piel.

Y luego estamos nosotros:

luciérnagas cromáticas.


jueves, 8 de diciembre de 2011



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Despierto.

Siento en mi mejilla el aliento húmedo de una lengua caliente y áspera. Cuando abro los ojos me encuentro con los de un gato negro que me mira a través de delgadas pupilas y ámbar. Me levanto sobresaltado, y el gato, ágil y ligero, salta de mi pecho al suelo en terrible silencio. Sin perder de vista al animal, me sacudo la tierra que se me ha quedado adherida a la ropa. Mis dedos topan con algo pegajoso y tibio, una mancha oscura con reflejos escarlatas.

—Sangre… —susurro.

El gato me mira con las pupilas más contraídas que antes, parece que esté sonriendo. Con enferma lentitud se relame los bigotes y me enseña, burlón, sus dientes bañados en sangre. Después desvía su mirada y divertido, la dirige hacia algo que hay detrás de mí. Me doy la vuelta y me encuentro con una veintena de gatos negros que rodean algo. Empiezo a sentir el miedo renacer dentro de mí mientras me acerco con cautela. Los gatos se alejan a mi paso y me miran con la misma sonrisa callada del primero, relamiéndose todos, en idéntico gesto, la sangre del hocico.

Entonces lo veo, un feto pequeño y rosado que, envuelto todavía en su placenta de líquido amniótico y sangre, late débilmente contra el asfalto. Está lo suficientemente desarrollado como para distinguir sus rasgos, es una niña de mirada brillante y piel clara. Pero está muerta y llora desconsoladamente mientras los gatos, hambrientos, le maúllan a la media luna que decora el cielo.