Tal es, en resumen, esta vida bohemia.

Vida de paciencia y valor, en la que sólo puede lucharse revestido con una resistente coraza de indiferencia a prueba de necios y envidiosos, en la que no se debe, si no se quiere tropezar en el camino, abandonar ni un solo instante el amor propio, que sirve de bastón de apoyo; vida encantadora y terrible, que tiene sus victorias y sus mártires, y en la que no debe penetrarse más que cuando se está dispuesto a padecer la implacable ley del vae victus.
H. M

domingo, 31 de enero de 2016


Yo quiero irme rápido,
como se van las estrellas fugaces
y no quiero que sea indoloro,
quiero arder hasta consumirme
y que la gente diga oooh, y pida un deseo.

sábado, 23 de enero de 2016

Café


El gris se vistió de café que se vistió de tu piel el día que te desnudé. Eras la poderosa Afrodita africana que emanaba elucubraciones de ostras, perlas y costillas blancas. Desde el balcón de tu clavícula me precipitaba al vacío, siempre abajo, ¡qué rizado! Tú agarrabas mi pelo y suplicabas abajo, más abajo, ¡tan abajo! Una vez llegamos nos dimos cuenta de que el infierno era caliente y el aire viciado, muy viciado ¡tan viciado! Suspirabas marrón como la tierra recién llovida. Tu sudor era brillante y transparente, parecía que tenías peces suicidándose en tu espalda; mi saliva era mate e inmanente, así como los predicadores tienen hormigas en la lengua. Agua, más agua, ¡tanta agua! Yo no sabía que los orgasmos tuvieran esos labios tan gruesos, ni esos gemidos tan de esclava mía. Qué tan llena de seísmos y síes, mulata, qué tan llena de temblar bajo mi peso, cómo se abrían grietas en tu piel de barro y subía a cantar la hierba. Amarte a ti significaba amar al sexo más que al café, más que a la tierra, más que a la propia patria.

miércoles, 20 de enero de 2016

Autosuficiencia





Mientras el enfermero me sacaba sangre una anciana se ha acercado acompañada de su hijo. El enfermero la ha saludado como quien saluda a un viejo compañero de la mili: a gritos.

—¡Hombre, Emilia! ¿Cómo está usted?
—Bien, bien —contesta distraída mientras se sitúa a mi lado a pasos costosos— ¿Me siento aquí?
Me señala con un dedo huesudo y tembloroso. El enfermero todavía sigue buscándome la vena y se ríe.
—Mujer, espere a que acabe con esta bella jovencita y estoy con usted. ¿Qué tal en el pueblo?
—A las ocho tenía yo, sí.
El enfermero levanta la voz:
—¡Que qué tal en el pueblo, señora!
—Pronto, muy pronto.
El enfermero le hace algunas preguntas más, pero la anciana, distraída, lanza respuestas aleatorias mientras me mira fijamente, esperando impaciente a que me levante de la silla para sentarse. La aguja ya está dentro y voy por el primer tubo.
—¿Cuántos años tiene? —pregunta el enfermero al hijo de la anciana.
—¡Noventa y cuatro! —contesta el hijo con orgullo— ¡y los que le quedan! Ha venido por su propio pie.
—¡Qué barbaridad! Y mire cómo está. Su madre es una mujer durísima.
—Y no vea usted cómo camina. Todavía lee y se entera de política. Y lleva la casa.
El enfermero me cambia el primer tubo por el segundo sin mirar siquiera, la aguja se mueve dolorosamente dentro de mi brazo antes de que la sangre empiece a subir.
—¿Pero vive sola? —pregunta boquiabierto.
—Sí, sí, hace todo ella sola. A veces viene una mujer a ayudarla con las tareas más pesadas, pero ella solita lo hace todo, y no nos da ningún problema.
Mi sangre burbujea. La anciana sigue mirándome y sonríe de vez en cuando como si se enterara de algo. Cuando se dispone a hablar otra vez nadie la escucha. Tanto el enfermero como su hijo siguen con las alabanzas, parece que estén hablando de un coche.
—Bueno esto ya está, linda, aprieta fuerte que no te salga moratón. ¡Emilia, ya puede sentarse, a ver ese brazo!
Yo salgo por la puerta cagando leches y apretándome fuerte.
Qué innecesario énfasis se pone en las alabanzas del crío que crece, aprende y es obediente.
Qué piadosa sorpresa encierran las alabanzas del anciano que no desaprende, que es autosuficiente y que sobrevive.

Por mucho que apretara me ha salido moratón