Tal es, en resumen, esta vida bohemia.

Vida de paciencia y valor, en la que sólo puede lucharse revestido con una resistente coraza de indiferencia a prueba de necios y envidiosos, en la que no se debe, si no se quiere tropezar en el camino, abandonar ni un solo instante el amor propio, que sirve de bastón de apoyo; vida encantadora y terrible, que tiene sus victorias y sus mártires, y en la que no debe penetrarse más que cuando se está dispuesto a padecer la implacable ley del vae victus.
H. M

sábado, 19 de junio de 2010

Casimiro Comino (II)
























—¿Cómo que te han despedido?
Casimiro Comino no levantó la cabeza de la mesa, a simple vista parecía que estaba avergonzado pero en realidad se entretenía contando los anillos que adornaban la madera. Su mujer siguió ladrándole, histérica.
—Veintitrés años, Casimiro, veintitrés años dejándote la piel en esa puñetera oficina, ganando una miseria para mantenernos a los dos y lamiendo culos para ir ascendiendo ¿y ahora te echan? ¡Qué coño has hecho, por el amor de Dios!
—Nada.
—Maldita sea, ¿te han echado por vago?
—No.
—¿Entonces?
Casimiro murmuró algo inteligible, avergonzado, con un sonido tan débil que se perdió bajo la corbata.
—¿Qué?
—Salí corriendo.
—¿Que hiciste qué?
—¡Salí corriendo, ¿vale?! —gritó— ¡En plena reunión me levanté y salí corriendo!
—¿Pero a dónde narices ibas?
Casimiro calló por un momento y miró por la ventana, perdiéndose entre el cielo encapotado de nubes y las gotas de lluvia que volvían a caer. Suspiró.
—A buscar mi libertad.
La mirada de ella se enterneció al instante y las cuatro arrugas de su frente se transformaron en una sola. Suspiró y se sentó enfrente de su triste marido.
—Escucha…—dijo con voz suave— tu libertad está aquí. Tu trabajo, tu familia…eso es todo cuanto necesitas para ser libre…
—No lo entiendes…
—No puedes salir corriendo en busca de algo que no existe y huir de tus obligaciones…
—No…
—¡Las quimeras no nos dan de comer!
—¡No, no, no! —Casimiro se llevó las manos a los oídos y cerró los ojos con fuerza, como un niño testarudo— ¡No lo entiendes! ¡No tienes ni idea!
—¡Sí tengo idea, Casimiro! Tengo mucha idea. Que ya son muchos años jugando a esto, por el amor de Dios, pon los pies en la tierra de una vez. El mundo no es como lo sueñas, no es como lo deseas: tienes que afrontar lo que él te ordena para sobrevivir.
—¡No quiero!
—¡Dios! ¿Pero qué demonios te pasa? Te comportas como un crío, estos últimos meses no has hecho más que tonterí…¿Casimiro?
Él ya no la escuchaba. Seguía con las manos en los oídos, pero había abierto los ojos y tenía la mirada perdida en la ventana, de su boca se descolgó un quejido con fonemas atrofiados. Allí estaba otra vez el agua lumínica de sus sueños, coronando las casas a lo lejos con un poder desmedido, como si se proclamara el rey del cielo.
—Arco iris…
—¿Qué?
Casimiro se levantó de la mesa precipitadamente, tirando la silla del impulso, que fue a dar contra una estantería repleta de vajilla de porcelana y adornos de cristal. El estruendo del impacto se entremezcló con el graznido de su mujer.
—¡Casimiro!
Pero él ni siquiera la escuchó, salió corriendo por el pasillo, arroyando todo a su paso y haciendo temblar las paredes a cada acometida contra las esquinas. Dejó la puerta abierta al salir y bajó los siete pisos que lo separaban de la calle por las escaleras, evitando de nuevo la parsimonia del ascensor. Saltaba con la agilidad de un muchacho de quince años pero la realidad de su cuerpo viejo y cansado chocó —y nunca mejor dicho— con los últimos once peldaños, que bajó rodando. Profirió un alarido y sus huesos crujieron al levantarse, luego rió, porque se sentía un poco más vivo, y salió a la calle.
Allí fuera los colores que se reflejaban en las gotas de lluvia brillaban mucho más, el arco iris se dibujaba más triunfal, si cabe, que la otra vez, y parecía que la curvatura de su sonrisa daba la vuelta al mundo para volver al punto de partida: los sueños de Casimiro. Echó a correr calle arriba por entre los coches, esquivando las personas e insultos que nacían a su paso, afilados y opresores. Pero Casimiro no los escuchaba, no les hacía caso, solo tenía oídos para la llamada de la libertad, solo tenía ojos para los colores de la felicidad. Y extendía los brazos al cielo para resguardarse de la monotonía, nadando hacia arriba, siempre hacia arriba, para escapar de la grisácea ciudad. Y gritaba, con todas sus fuerzas, para hacerse oír por encima, siempre por encima, de los insultos de la gente y los rugidos de las máquinas. Volvió a reír, volvió a brincar y volvió a sentir la libertad con cada bocanada de aire que tomaba. Y entonces… el arco iris desapareció.
Casimiro Comino gritó, se echó al suelo sollozando, golpeando el asfalto con los puños y maldiciendo su vida con toda su alma. La gente lo miraba al pasar con un rastro de cautela y una pizca de compasión, aunque nadie se acercaba a ayudarle. Se levantó malherido y volvió cojeando a su casa. Su mujer lo esperaba sentada en la mesa donde minutos antes habían discutido, en su mirada podía apreciarse la lucha interna que estaba llevando a cabo entre el odio y el cansancio. Sus labios denotaban tristeza cuando tomó aire profundamente y habló.
—Casimiro, quiero el divorcio.

10 comentarios:

Akhnu dijo...

Genial, Casimiro genial como siempre. Otro texto genial que sumar a la colección y van...

Aprovecho para decir que el anterior texto era una pequeña joya disfrazada de letras. Un beso.

lis.en.silencio dijo...

Puff... se me ha puesto la piel de gallina, y no me cansaré de decirte que eliges muy bien la música con tus textos, es la guinda del pastel :)

Sabes? lo mismo te suenta raro pero por lo que proyectas al escribir creo que pensamos de un modo parecido, cosa que yo por lo menos, no encuentro todos los días. Sería interesante que tuvieramos la oportunidad de conversar y confirmarlo, aunque si no te parece buena idea, no importa :)

A.Jones dijo...

Me encanta como escribes! Ese personaje es genial :D
Bueno, que sepas k ya tienes una seguidora más.
tte espero por mi blog (y espero k t gusten mis humildes textillos...)
Nos vemos!

gato dijo...

Realismo aplastante en una larga y trepidante secuencia.
Que me gusta, ya lo sabes...
Un besso.

·Êl düêndê (¡n)fêl¡z· dijo...

A veces al perseguir sueños no vemos que lo son hasta que se esfuman.
El arcoiris bien pudo haber sido parte de su imaginación... pero Casimiro, como yo hubiera echo probablemente aún sabiendo que acabaría por diluírse, habría salido corriendo en busca de ese, mi arcoiris, algo de colores a lo que aferrarme cuando el resto parecía carecer de sentido, importancia y argumento.

Precioso y grande, muy grande

lara dijo...

De nuevo las cosas que escribes han conseguido sacarme de un dia gris, de esos de Casimiro. GRacias por mostrarme el Arcoiris

Consuelo ♥ dijo...

^^ gracias :D la verdad es que una amiga mia me recomendó tu blog, me dijo que escribias super bien, y la verdad estos dias no ando con animos de leer asi que no he leido ninguna entrada tuya, aunque si me parecen interesantes x) cuando lea te doy mi opinión n.n

Payaso caótico dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Payaso caótico dijo...

Me quito el sombrero de nuevo.
Supongo que no te hacen falta más alabanzas ni cosas por el estilo,pero lo más sincero que te puedo decir es que me has hecho identificarme con tus letras,y me he sentido muy humana,y frágil.
Es como tu forma de avergonzarte cuando alguien quiere hacerte una foto! ^^
Un abrazo de los de verdad.

Luna Méndez dijo...

Neeze,

eres tan especial como Casimiro, sino más!

No me canso de leerte, muchacha.

Un abrazo!!!

Porfa, porfa, porfa, más antro y más niña fantástica de lápiz mágico :D