Tal es, en resumen, esta vida bohemia.

Vida de paciencia y valor, en la que sólo puede lucharse revestido con una resistente coraza de indiferencia a prueba de necios y envidiosos, en la que no se debe, si no se quiere tropezar en el camino, abandonar ni un solo instante el amor propio, que sirve de bastón de apoyo; vida encantadora y terrible, que tiene sus victorias y sus mártires, y en la que no debe penetrarse más que cuando se está dispuesto a padecer la implacable ley del vae victus.
H. M

domingo, 27 de diciembre de 2015

Entropía

El crujir de la corteza abriéndose bajo sus yemas,
otro durazno que brota con la sangre
y viene a ofrecerme dulce ambrosía.
Las preguntas son golpes directos a la cabeza
el eco chirría contra la puerta.
Eso es la entropía dirigiéndose lenta
hacia ninguna parte.
¿Es esto el resultado de una vida?
¿O es esta la vida como resultado?
La conciencia escurriéndose entre jirones de nubes
y dejando manchas de azufre en la tierra.
Es la saliva la que oxida las palabras en mi lengua
antes de que lleguen a tocar mi mente;
por eso me llegan confusas y limítrofes
y no se oyen

ni se fían.

sábado, 19 de diciembre de 2015

Belladona







Belladona: En italiano es una mujer hermosa, en nuestro idioma un veneno mortífero. Un ejemplo irrefutable de que ambas lenguas coinciden en lo esencial. 
— Ambrose Bierce

domingo, 13 de diciembre de 2015

One Love



Lo encontramos una tarde de enero. Vagaba solo entre el humo de los coches y la indiferencia de la gente. Un gran lobo cansado y desnutrido; libre pero encerrado en un bosque de cemento en el que no había más comida que el frío ni más bebida que el barro, exceptuando, tal vez, los desechos de basura que se pudrían en los contenedores de la humanidad y que hacían de un mundo lleno un perro vacío como aquel.
Se acercó a nosotros confiando. Su pelaje negro estaba desgastado y polvoriento, áspero al tacto y hundido en las costillas; de su cuello se ceñía —sin plástico ni compasión— uno de esos collares que llaman del castigo, con púas de acero vueltas hacia dentro y ligeramente apoyadas en la carne. Sus colmillos estaban corroídos y sus ojos… sus ojos eran deliciosos: entre chocolate y caramelo, con una nota de inocencia y otra de picardía. Cuando lo miraba tenía la sensación de que había vivido más que yo, sabía más que yo, sabía que yo lo sabía y se sonreía. 
Y entonces recordé aquellos versos de Bukowski que decían que un perro caminando solo sobre la acera caliente del verano parece tener el poder de diez mil dioses. Nadie se atrevió a medir con palabras el poder de un perro negro caminando solo sobre el frío asfalto del invierno.

miércoles, 9 de diciembre de 2015

El miedo de los rinocerontes azules



La noche oscurece por igual la cabeza de los rinocerontes
que se vuelven miedo y gritan con la lengua encharcada de azul.
El pájaro que se posa en su lomo es demasiado amarillo,
y ya no es pájaro sino que se torna alimaña venenosa y violeta
como las medusas, y se alimenta de ellos con la eterna parsimonia
de los mosquitos. No pesa nada, pero es una carga pesada
para aquellos que tienen miedo y son demasiado azules.
Los rinocerontes embisten el uno contra el otro
intentando matar al pájaro, pero éste vuela
mientras amanece y los rinocerontes mueren
desangrados cada uno por las heridas del otro.

martes, 24 de noviembre de 2015

Paranomasia

Ella pasa los días queriendo
seguir los pasos
de pesos pesados como Pessoa.
Y suspirando reposa en la repisa
de la ventana,
con el corazón pausado y el alma pisada.
Pese a sus esfuerzos nunca puso
su nombre en su pasado, y se opuso
al anonimato antes de que el anonimato
la posara en la pesadumbre.
Supuso que supurarían las heridas,
pero pasaron los días sin prisa
y sin pausa,
como de paseo,
dejando tras de sí una sensación
de tristeza que sabía amarga,

como a posos de café.
A veces ella se pasa la vida
escuchando un siseo: pss, pss
¿Oyes eso? suena como si 
el tiempo
le susurrara chistando.

domingo, 13 de septiembre de 2015

Acusación

La niña me mira con los ojos en llamas,
frunce los labios, me señala con el dedo,
suelta una lágrima y dos palabras:
"lo sabía".




jueves, 18 de junio de 2015

Antojo


Cuando amanece, la ciudad huele a coles y a rocío. Un naranja extraño se fusiona con el frío, el azul, y los pájaros que vuelan sin chocar. Yo pienso en ti, y repaso mentalmente los colores que este cielo y tus ojos tienen en común: el naranja extraño, el frío, el azul, y los pájaros que vuelan sin chocar.
El café recién hecho está caliente —como tu piel la primera vez que la rocé sin querer— y se hace jirones cuando vierto la leche —como tu ropa la primera vez que la rompí queriendo—. Me acuerdo de cuando era niña, y estaba en el patio de mi abuelo comiendo ciruelas directamente del árbol. Al morderlas, explotaban en mi boca, y su dulce jugo se desparramaba por mi barbilla. Muerdo la taza, como si mordiera la fruta, como si te mordiera a ti. Ahora tengo antojo de ciruelas y de ti.
Intento desconectar, pero no puedo. En la televisión, un señor intenta por todos los medios hacerme llegar las noticias de última hora. Se ha desanudado la corbata, me grita y zarandea la cámara tratando de captar mi atención; pero yo estoy lejos, contigo, veinticuatro horas al día, siete días a la semana —en laborales y días de guardar—.
Ayer descubrí que tengo ortoforia, un estado de relajación inducido voluntariamente o mediante artificios para desviar el eje visual de mis ojos. Como un jodido camaleón, fue el resumen. No recuerdo haber aprendido esta técnia para descoordinar mis ojos, quizá se me quedó al mirarte de distintas formas para dar con la que no doliera.
Me gustaría tener ortoforia sentimental. Me encantaría poder descoordinar mi corazón de mis pensamientos, mis pulmones de tu recuerdo, mi piel de tu voz. Ya no recuerdo la última vez que no te recordé. Si me dieran la opción de la ortoforia sentimental, de arrancar de mí esa parte que te pertenece y que te recuerda, me arrancaría entera de mí misma. Sería un cascarón vacío. Me encantaría ser un cascarón vacío sobre el que tú te acurrucaras.
Me muerdo el labio. Tengo antojo de ti. 

jueves, 16 de abril de 2015

25 de noviembre de 1955

Pensé que, teniendo la máquina de escribir, ya no necesitaría más estos morbosos cuadernillos. Mas creo que no es así: escribo como siempre, por lo de siempre: me estoy ahogando.
El calor me inunda dejándome yerta de fatiga, débil, amargada. Vengo del mundo, de ese mundo que no es mío, del mundo exterior. 
¡Oh, claro que no entiendo mi tierra! Dura y cruel falacia. Mi pureza. Mis cánticos. Todo derruido y enviado lejos, allá, al cajón de las cosas inservibles. 
¡Poesía! ¡Dulce poesía de Huidobro y de Vallejo! ¿Dónde estás? ¿Dónde tus cristales han venido a quebrarse? Sí. Ahora comprendo claramente que la asesinan. Mejor dicho, la asesinamos. Recorro mi breve itinerario lírico y me vuelvo loca de dolor, de remordimientos. Yo he contribuido (contribuyo) a perderla. Millones de epígonos con cuadernillos indigestos que vagan junto a los prostitutos del arte a comprar una aprobación. Excusas: juventud, inexperiencia, falta de tiempo, cotejo con los arrastrados inferiores aun que uno mismo. ¡Oh, infierno de mis horas! ¡Oh, calumnia de mi alma! ¡Crispación de mis dones naturales! ¡Mercachifle vana y superflua! ¡Meretriz del arte!
Y ahora, pienso en Ostrov. No en Él, sino en Ostrov. (¡Qué placer escribir su nombre! Llenaría los muros con estas seis letras magnéticas!) Me muero de amor por él. Percibo su rostro y todo mi ser se diluye, flota, se va...
Me estoy yendo porque se me resbalan los fines. ¡Quiero escribir bien! ¡Dios mío! Soy un deseo suspendido en el vacío. No sé ni comprendo nada, Sólo sé que deseo, deseo, deseo. ¡Dios! ¡Quiero tener fe! ¡Quiero creer en ti! ¡Oh, cómo quiero creer en Dios!
¡Quiero escribir!
¡Quiero escribir!

viernes, 27 de febrero de 2015

El cóndor


Ya viene el cóndor empapado en hiel,

afilada el ala, embriagado el halo, 

con una herida abierta

                                         de la que asoma

un hombre cantando.



Completamente roja la piel, 

ojos negros y pelo ralo, 

con su risa despierta

                                     niños de

                             los                   la

                         a                            loma

que lo están esperando.



Las manos extendidas hacia él,

los dedos convertidos en palo,

con la lengua descubierta

lanzan                                                                           una paloma

que vuela temblando.


El cóndor la atrapa muy fiel,

clavando en su cuello un cándalo,

de la herida entreabierta

          el hombre toma

la sangre que está manando.



Satisfecho vomita la miel,

que los niños recogen en pétalo,

y con la mirada incierta

                          aspiran su       a  r  o  m  a

para dormirse llorando.




jueves, 22 de enero de 2015

Miradas



Ella escondió todos los espejos de la casa. Lo que no sabía era que cientos de ojos la observaban por la ventana.