Tal es, en resumen, esta vida bohemia.

Vida de paciencia y valor, en la que sólo puede lucharse revestido con una resistente coraza de indiferencia a prueba de necios y envidiosos, en la que no se debe, si no se quiere tropezar en el camino, abandonar ni un solo instante el amor propio, que sirve de bastón de apoyo; vida encantadora y terrible, que tiene sus victorias y sus mártires, y en la que no debe penetrarse más que cuando se está dispuesto a padecer la implacable ley del vae victus.
H. M

viernes, 30 de abril de 2010

Las uniones posibles

La desparramada rosa imprime gritos en la nieve. Caída de la noche, caída del río, caída del día. Es la noche, amor mío, la noche caliginosa y extraviada, hirviendo sus azafranadas costumbres en la inmunda cueva del sacrosanto presente. Maravillosa ira del despertar en la abstracción mágica de un lenguaje inaceptable. Ira del verano. Ira del invierno. Mundo a pan y agua. Sólo la lluvia se nos dirige con su ofrenda inimaginable. La lluvia al fin habla y dice.
Meticulosa iniciación del hábito. Crispados cristales en jardines arañados por la lluvia. La posesión del pretendido pasando, del pueblo incandescente que llamea en la noche invisible. El sexo y sus virtudes de obsidiana, su agua flamante haciéndose en contra de los relojes. Amor mío, la singular quietud de tus ojos extraviados, la benevolencia de los grandes caminos que acogen muertos y zarzamoras y tantas sustancias vagabundas o adormiladas como mi deseo de incendiar esta rosa petrificada que inflige aromas de infancia a una criatura hostil a su memoria más vieja. Maldiciones eyaculadas a pleno verano, cara al cielo, como una perra, para repudiar el influjo sórdido de las voces vidriosas que se estrellan en mi oído como una ola en una caracola.
Véate mi cuerpo, húndase su luz adolescente en tu acogida nocturna, bajo olas de temblor temprano, bajo alas de temor tardío. Véate mi sexo, y que haya sonidos de criaturas edénicas que suplan el pan y el agua que no nos dan.
¿Se cierra una gruta? ¿Llega para ella una extraña noche de fulgores que decide guardar celosamente? ¿Se cierra un paisaje? ¿Qué gesto palpita en la decisión de una clausura? ¿Quién inventó la tumba como símbolo y realidad de lo que es obvio?
Rostros vacíos en las avenidas, árboles sin hojas, papeles en las zanjas: escritura de la ciudad. ¿Y qué haré si todo esto lo sé de memoria sin haberlo comprendido nunca? Repiten las palabras de siempre, erigen las mismas palabras, las evaporan, las desangran. No quiero saber. No quiero saberme saber. Entonces cerrar la memoria: sus jardines mentales, su canto de veladora al alba. Mi cuerpo y el tuyo terminando, recomenzando, ¿qué cosa recomenzando? Trepidación de imágenes, frenesí de sustancias viscosas, noches caníbales alrededor de mi cadáver, permisión de no verme por unas horas, alto velar para que nada ni nadie se acerque. Amor mío, dentro de las manos y de los ojos y del sexo bulle la más fiera nostalgia de ángeles, dentro de los gemidos y de los gritos hay un querer lo otro que no es otro, que no es nada…



sábado, 24 de abril de 2010

Despierto.

La
peor
pesadilla
del
hombre
es
su
despertar.









Frío. La habitación está en penumbra a excepción del capricho de las luces y sombras azuladas que vomita el televisor; en su pantalla no hay imágenes, sólo nieve. Y ya no sé si es noche o madrugada lo que hay tras esa ventana. El viento furioso e inclemente del invierno golpea los cristales con la determinación de un cleptómano que quiere entrar para robar letargos, y las ramas de los árboles arañan el cielo con una canción semejante al crepitar del fuego. Me levanto del sufrido sillón al compás del crujir de un tropel de huesos y apago el televisor. El silencio que le sigue es ruido ensuciado para mis oídos.
El termostato marca 23 grados, golpeteo la pantalla con el dedo pero no está roto, a mis espaldas Bóreas silba una grotesca melodía con burla. Me arrastro hasta mi cuarto con pesadez y me apoyo en el quicio de la puerta para observarla. Duerme, serena y bella en su lado de la cama, con la inocencia de una niña que no sabe nada del mundo en el que vive y la tranquilidad del que vive sabiéndose inocente del crimen del mundo. La ciudad casi no deja ver las estrellas en el firmamento, pero hay luna llena y sus rayos se escurren entre el polvo y el cristal de la noche. El haz blanco de luz acaricia su silueta sin tocarla, dibujando el contorno de su pecho, la ternura de sus caderas y la curvatura suave de su espalda. Las sábanas se enredan entre su aliento y consiguen retratar el movimiento acompasado de su respiración sin estropearla.
La cubro con una manta tratando de no despertarla y me echo a su lado con cuidado. Ella se mueve y sin abrir los ojos suelta todo el aire en un suspiro. Por la expresión de su cara parece que esté teniendo una pesadilla. Murmura algo que no logro comprender.
—Cariño, vuélvete a dormir —le digo mientras le aparto un mechón de la cara.
Abre los ojos y me mira perdida. Le brillan las pupilas.
—Tengo frío —susurra de nuevo— No te vayas.
—Estoy aquí.
La abrazo. Está tibia pero tiembla. Cuando se vuelve a dormir hundo mi nariz en el perfume de su pelo, cierro los ojos, y me abandono yo también al sueño…


*****


Despierto.
El viento sacude las ventanas sin tregua. Son las cuatro y once minutos de la noche y los ojos me pesan como si no hubiera dormido nada.
Frío. Ella está inmóvil entre mis brazos. Me separo de su cuerpo y la contemplo dormir. Callo y no escucho más que a Bóreas gritar. Miro y no veo más que su piel de alabastro recortarse contra las sábanas, que ya no se mueven al compás de su respiración. Pongo mi mano en su hombro y la llamo. Fría. No contesta. Le doy la vuelta, su cuerpo rueda por inercia hacia mí y sus ojos abiertos me atraviesan sin ver. Ya no le brillan las pupilas…

viernes, 23 de abril de 2010

Libro, te quiero.




No leo por leer, ni dejo que me den gato por libro. Desconfío de los libros que maúllan hinchando el lomo, engatusándome con su piel o su rústica. Recelo también de los libros que me aúllan como lobos, entre manadas de Premios y floripondios. Si al llegar a la décima página (quizás hasta la duodécima) no me he metido de cabeza y de corazón en lo que me está contando, abandono toda esperanza.
Pero si dentro del libro, y de mí, empiezo a descubrir un paraíso flotante entre el oleaje de palabras, si ahí encuentro el sosiego que me faltaba, el alivio de mis miserias; si el libro aviva mi ingenio, como decía el señor Miguel (de Cervantes); si me complace hacer y rehacer lo andado, a mi aire, paseando por el significado de un texto pero también leyendo entre líneas para descubrir lo no escrito, no hace falta que nadie me diga más: voy por buen camino.
Dicen que los autores, por más obras que publiquemos, siempre escribimos el mismo libro. Quizás. Sólo sé que un mismo libro se convierte en tantos libros distintos como lectores tenga. Cada cual lo reescribe al leerlo. Y mi Gaznápira, por hablar en familia, o Madame Bovary, o la Aldonza manchega se parecen poco a las que “reescribirán” otros lectores cuando se las encuentren al abrir las páginas donde habitan.
Y además, cuando vuelvas a leer ese libro muchos años después comprobarás que tampoco es el mismo que recordabas. Tú también habrás cambiado y si has seguido enviciado con la adicción a la lectura, eligiendo bien y leyendo mejor, serás más sabio o sabia, más interesante, más persona y, probablemente, más feliz.
Por eso, escoge cada libro como quien elige un amor. Si aciertas, gózalo. Y si te falta, otro te espera. Y otro…






Andrés Berlanga










Yo no podría haberlo dicho mejor.

Hoy es un día especial: he tenido el honor de recibir dos primeros premios en certámenes literarios y he agrandado mi pequeña biblioteca con Isabel Allende, Paulo Coelho, Hannah Tinti, Ángela Becerro y Pizarnik. Y mientras escribo esto la voz de Fito, que está a ciento cincuenta metros de mí, se cuela por mi ventana.
Hoy hay magia en las calles, hay rosas en las manos, hay millones de palabras en el aire.
Y libros, y libros y más libros.
Debería ser el día del libro todos los días.

Feliz día, escritores.
Feliz día, lectores.
Feliz día, libros.





lunes, 12 de abril de 2010

Ya no te quiero




Fuera, cariño, cabrón.
Aléjate de mí.
Ya no te quiero.
Ya no me quiero.
La última vez que te vi
fue a través del cristal
de la ventana
de la esquina
de mi casa;
te mírame,
me mírote,
y nos escupimos
un hasta nunca.
Y en las perlas
de nuestra saliva
brillaba
un te recuérdame de ti,
y un me olvídate de mi.
Pero el te quiero
no estaba.
No lo queríamos,
no lo odiábamos.
Simplemente moría
agazapado
en las paredes oxidadas
del rincón
de las vísceras
del nosotros.

Fuera, mi vida, bastardo.
Aléjate de mi.
Que se te envenene
el sexo
si me llamas,
que se te caigan
los ojos
si me miras,
que se te jodan
las entrañas
si me piensas.
Ya no quiero
tus besos
que fueron lluvia
que fueron fuego
que fueron nada
y lo fueron todo.
Ya no quiero
tus palabras,
ni tus silencios,
que se clavaron
en mi alma podrida.
Ni quiero
tus caricias
en el mapa
de mi piel,
ni esa arruga
tuya
casi imperceptible
que dejaste
en el pico
de las sábanas
del extremo izquierdo
de la cama
de mi yo.
Ya no quiero
tus miradas
de plástico,
o amor,
o miedo,
o lujuria,
o dulzura,
o mierda.
Ni quiero
tu olor,
no lo quiero,
pero se me ha quedado pegado
en cada fibra
del tejido
de la tela frágil
de la ropa
de mi ser.

Fuera, amado, imbécil.
Ya no te quiero.
Ya no me quiero,
Porque me recuerdo a ti.
Porque soy todo
lo que dejaste:
nada.
Porque ahora soy tú,
y de mí…
reniego.

jueves, 8 de abril de 2010

No me llames perfecta.



Me levanté de su lado y me dirigí a la ventana. Estaba amaneciendo, una ligera brisa sonrosada besaba las cortinas y mis piernas desnudas. Él estaba tendido en la cama, mirándome fijamente. Una leve sonrisa curvó sus labios cuando me senté en el alféizar.
—¿Qué? —le pregunté.
—Nada —sus ojos oscuros brillaban, sonrió aún más—. Que eres perfecta.
Con la frente apoyada contra el frío cristal, contemplé a la gente pasar durante unos segundos. Luego me dirigí a él.
—¿Sí? Entonces…—le di una calada a mi cigarro y dejé que el humo se escapara con el aire— entonces es que me falta algo.





¿No crees?