Tal es, en resumen, esta vida bohemia.

Vida de paciencia y valor, en la que sólo puede lucharse revestido con una resistente coraza de indiferencia a prueba de necios y envidiosos, en la que no se debe, si no se quiere tropezar en el camino, abandonar ni un solo instante el amor propio, que sirve de bastón de apoyo; vida encantadora y terrible, que tiene sus victorias y sus mártires, y en la que no debe penetrarse más que cuando se está dispuesto a padecer la implacable ley del vae victus.
H. M

domingo, 10 de junio de 2012



Aquella vez el mundo se llenó realmente de electricidad. Un niño caminaba despacio entre las grietas, se agachaba, cogía un puñado de tierra y se lo metía a la boca. Repetía el mismo procedimiento cada diez pasos. Sobre él, el cielo era una capa anaranjada de piel seca, y cada vez que una mosca se posaba en ella, arrancaba un pedazo, desgarrando aquel mundo desabrido y frágil.
El niño caminaba despacio, protegiendo sus ojos con un sombrero de paja viejo, sus esqueléticos hombros levantaban el peso de lo que parecía haber sido una camiseta de un superhéroe de antaño, arrugado ahora por el uso, mordido por el polvo y borrado por el sudor, y sus pies desnudos se apoyaban sobre la suela rota de unas sandalias. Ocho pasos, nueve...

De pronto, una bandada de pájaros levantó el vuelo en el horizonte, dejando a su paso esquirlas de graznidos y un reguero de plumas y pedazos rotos del cielo. Ante aquella señal, el niño se agarró con la poca fuerza que tenía al saliente de una roca. Bajo sus pies, el suelo empezó a temblar, de su garganta emergía un aullido gutural, cavernoso, que avecinaba el escalofrío posterior. La tierra se abrió en un sinfín de grietas igual que se rompe una cáscara de huevo para dejar salir una impaciente criatura.
Entre el polvo rojizo y la arena fue emergiendo una gran estatua de piedra, una sabia guardiana humana con cuerpo de león, una esfinge. El niño se llevó otro puñado de tierra a la boca mientras contemplaba con parsimonia cómo pasaba el terremoto. La estatua fijó sus ojos en él.
—¿Quién eres y a dónde vas?
El pequeño escupió la tierra y habló con voz rota.
—Polvo soy y al polvo iré.
Inmediatamente la esfinge empezó a llorar. No hacía nada, permanecía inmóvil con la mirada clavada en el niño, pero de sus ojos salía agua transparente. El niño se encaramó a su cuello y fue sorbiendo sus lágrimas, a lametones inseguros primero, chupando con desesperación después. Comer tierra daba mucha sed.
Cuando terminó empezó a contar los pasos otra vez, pues se había olvidado por cuál iba. El sol empezaba a esconderse, era casi negro, como si su propio fuego hubiera acabado consumiéndole a él también. El suelo se llenó de sombras alargadas y secas que se escapaban entre rocas y grietas, siempre rocas y grietas, pues no había nada más en aquel paraje.
Más tarde una mancha apareció en el horizonte. Conforme el niño se iba acercando la mancha se hacía más grande, aunque el sol ya no quemaba, la silueta estaba emborronada por el calor, nadando entre ondas y charcos imaginarios. Llegó por fin, alguien tejía calcetines blancos sobre una mecedora, justo en el paso siete. El niño la miraba mientras ella tejía. También había una moneda, un libro cerrado y un casco azul.
El crío se agachó para cogerlo todo.
—Tsss, ¿qué haces? Eso no es para ti.
—¿ Por qué?
—Porque tus manos son demasiado pequeñas para cogerlo todo.
El niño siguió caminando hacia ningún lugar, había perdido la cuenta así que empezó de nuevo: un paso, dos, tres...
Y en el horizonte, el sol negro moría definitivamente.