Tal es, en resumen, esta vida bohemia.

Vida de paciencia y valor, en la que sólo puede lucharse revestido con una resistente coraza de indiferencia a prueba de necios y envidiosos, en la que no se debe, si no se quiere tropezar en el camino, abandonar ni un solo instante el amor propio, que sirve de bastón de apoyo; vida encantadora y terrible, que tiene sus victorias y sus mártires, y en la que no debe penetrarse más que cuando se está dispuesto a padecer la implacable ley del vae victus.
H. M

sábado, 30 de abril de 2011

El día que Dios murió




El día que Dios murió ella se encontraba agazapada bajo las sábanas, entre esquirlas de sueños y vidrios de insomnio. Sus ojos abiertos contemplaban el techo casi sin parpadear, con un millar de agujas secas clavadas en ellos. Fuera la ciudad dormía en un mar de luces y polvo, y el cielo, con heridas abiertas para acoger las colosales saetas de los edificios, empezaba a sangrar los primeros rayos del amanecer.
Ella llevaba días en ese estado hipnótico, entre el sueño y la vigilia, donde el adormecimiento la mecía hasta las playas de su niñez, en Honshu, con sus padres y su hermano. Los sueños eran tan reales que casi podía tocar el mar, la arena, las gaviotas, notando cómo unas gotas de agua salada se calentaban en sus oídos y hacían interferencias…
Se levantó de la cama. El piso empezaba a tornarse de un naranja pálido, aquel que nace de una alborada que juega con motitas de polvo y el hueco de las persianas. La mujer se acercó a la ventana y, encendiendo un cigarrillo, contempló la llegada de un nuevo día mientras dejaba que el humo se escurriera lentamente entre sus labios. Permaneció así treinta minutos, hacía veinticinco que el cigarro se había consumido y la colilla todavía yacía entre sus dedos, pero ella parecía no darse cuenta, seguía mirando la ciudad, congelada en la misma postura, con la frente pegada al cristal y los ojos extraviados.
Cuando dieron las siete fue hacia la cocina, una pequeña cocina americana sumida en el caos y el desorden. Rescató una taza del fondo del armario y se preparó un café. A través de la pared se filtraba el sonido amortiguado de las guitarras de los Who, su vecino siempre los escuchaba al levantarse y ella, aunque no los había escuchado nunca, se sabía las canciones de memoria.

It's very very very very hard
It’s a hard land
It's a hard land to control
It’s very hard
It’s a hard land

La taza de café se cayó al suelo con estrépito y el contenido hirviente se esparció por el entarimado como una plaga. Ella permaneció paralizada sobre la mancha, con un regusto a café amargo en la lengua y el cosquilleo propio que deja en el esófago algo que quema. Cuando reaccionó, pasó con mucho cuidado por encima de los pedazos rotos y fue andando descalza hasta su habitación. Se vistió rápido y con manos temblorosas, apenas era consciente de lo que hacía, calcetín rojo, otro blanco, se recogió su largo y brillante pelo en un descuidado moño bajo y tiró las llaves al cogerlas de la mesita de la entrada. Respiró hondo. Abrió la puerta.
El pasillo le daba vueltas, las paredes amarillentas se alargaban hasta el infinito y la puerta de su vecino parecía un sello desgastado; se agarró con fuerza para no caerse al marco de la suya propia y cuando hubo recuperado el equilibrio volvió a entrar y la cerró en un ruido ronco y seco. Apoyó la espalda en la madera y se fue escurriendo hasta el suelo, y allí, pequeña, temblorosa como una orquídea en medio de un vendaval, se echó a llorar, consolada tan solo por la luz de la madrugada, que seguía jugando con el polvo a besar el aire.

Doce del mediodía, la despertó la alarma de un reloj insolente. El piso estaba inundado en luz blanca. Se cubrió los ojos hinchados con las manos y se dirigió fluctuante a su habitación. Se desnudó y se metió en su cama, le pesaba el cuerpo como si se hubiera triplicado la fuerza de gravedad del planeta, permaneció cuarenta y cinco minutos contemplando el techo, inmóvil. De repente se encontró otra vez en la playa, corriendo por la fina y nacarada arena junto a su hermano, casi podía oler el mar, notaba la sal pegada a su piel y una corriente húmeda despeinándola, podía escuchar a sus padres llamándolos, y ellos corriendo, y la ola acercándose y…
Se despertó sobresaltada con el pitido del contestador automático, al otro lado de una línea remota su compañera de oficina graznaba una retahíla de monólogos únicos.
A. ¿Dónde estás? Ya es el tercer día que desapareces sin motivo, el jefe está que trina, es bueno, ¿sabes?, pero dudo mucho que sea capaz de pasar por alto algo así. Vas a acabar de patitas en la calle como no aparezcas el lunes… ¿qué te pasa?¿Es por Z.?... ¿Es por él? Maldita sea coge el teléfono, sé que estás ahí… Mira, en cuanto nos suelten para ir a comer ficho y voy a tu casa con un buen plato de kamameshi… ¿qué te parece?... Al cuerno, llevaré también sake, a ver si te animas… Tsssss… viene el jefe, te tengo que dejar, nos vemos luego…

A. se quedó treinta minutos con la vista clavada en el techo, protegida por las sábanas. Desde fuera se escuchaba el ruido de los coches y el trajín de la gente que iba y venía, trabajando, vendiendo, comprando, viviendo… ajena a todo.
Se dirigió hacia la ventana y se encendió otro cigarro, el tabaco la alivió por un momento cuando bajó por su tráquea y subía poco después convertido en humo para dejarse escurrir lentamente entre sus dientes. Se sentía más ligera, como si directamente no hubiera gravedad. Pasó cuarenta y cinco minutos así —cuarenta minutos desde que se extinguió el cigarrillo— cuando de pronto sonó el teléfono. Ella no se levantó a cogerlo, pensando que era de nuevo T. Dejó que el timbre resonara por toda la casa, perdiéndose luego en los rincones para dar paso al pitido del contestador automático, al otro lado de la línea se escuchó una especie de rugido en un silencio aterciopelado.
A… —ella se estremeció, era él— Yo… —A. ladeó la cabeza hacia el contestador, abriéndose paso interiormente a cuchilladas entre el silencio— Yo… siento mucho lo que… —suspiro— oye quiero verte, tenemos que hablar… vamos a intentarlo, ¿no?
Estoy… estoy de camino a Sendai… supongo que ahora estarás trabajando, escucharás esto cuando llegues… llámame… si todavía quieres

La comunicación se cortó de golpe, todos los ruidos del mundo que se callaron para dejar pasar el murmullo de su voz volvieron a invadir el aire. Eran las dos y treinta del mediodía, T. debía de estar a punto de llegar. A. sonrió con nostalgia a través de la ventana, despidiéndose de los edificios y sus saetas, de la gente y sus vaivenes, del cielo y su juego de luces y colores. Se apartó con dificultad de la ventana, cogió un pedazo de papel y un bolígrafo y escribió un haiku, el último de su vida.
Luego se metió en la cama y esperó agazapada entre las sábanas.

El día que Dios murió ella se despertó a las dos horas y cuarenta y seis minutos del mediodía, un viernes once. La tierra temblaba, y a lo lejos, aunque no se veía, el mar se agitaba en mil olas de espuma con temperamento bravío. En el suelo, junto a una mancha de café y una taza despedazada, había un trozo de papel escrito.


Hoy Japón llora.
Terremotos. Dios muere
y con él, todos.