Tal es, en resumen, esta vida bohemia.

Vida de paciencia y valor, en la que sólo puede lucharse revestido con una resistente coraza de indiferencia a prueba de necios y envidiosos, en la que no se debe, si no se quiere tropezar en el camino, abandonar ni un solo instante el amor propio, que sirve de bastón de apoyo; vida encantadora y terrible, que tiene sus victorias y sus mártires, y en la que no debe penetrarse más que cuando se está dispuesto a padecer la implacable ley del vae victus.
H. M

sábado, 19 de marzo de 2016

La fuerza de la costumbre



Busco la explicación de tu mano en mi garganta, al igual que busco el oxígeno de lo lejano en mi memoria. Me he acostumbrado a lo que no sólo no llega, sino que también se marcha. A tu sonrisa, al chute de esperanza, a la dosis exacta, al par de micras, a la falta. Me he acostumbrado a seguirte por no estirar el cuello, que es cosa de cisnes. A la falta de sexo, a no poder girar la cabeza hacia el que me viene, hacia el que me llama. Me he acostumbrado a la cera en mi saliva, a lo ígneo en cualquier palabra, a la falta de voz, a no decir nada. Me he acostumbrado a la fuerza de tu brazo, a que la uses con costumbre, a la fuerza de la costumbre. A la asfixia precisa, a la presión constante, a vivir respirando poquito para que no me ahogue en el aire. Al tacto de tu mano dactilándome las venas, a la cadencia de tu sombra que no cesa. Me he acostumbrado a tu presencia del mismo modo que un preso se acostumbra al tintinear de las llaves de un guardia. Me he acostumbrado a no ver la libertad y sólo escucharla. Es un sonido reconfortante y lejano.
Reconfortante
















































pero lejano.

2 comentarios:

Siénteme dijo...

Qué facil es acostumbrarse a lo insano.. eso sí, deja de buscar explicación.
Reconfortante y lejano, un beso.

mailconraul dijo...

La mano siempre es rehén de la belleza.