Tal es, en resumen, esta vida bohemia.

Vida de paciencia y valor, en la que sólo puede lucharse revestido con una resistente coraza de indiferencia a prueba de necios y envidiosos, en la que no se debe, si no se quiere tropezar en el camino, abandonar ni un solo instante el amor propio, que sirve de bastón de apoyo; vida encantadora y terrible, que tiene sus victorias y sus mártires, y en la que no debe penetrarse más que cuando se está dispuesto a padecer la implacable ley del vae victus.
H. M

domingo, 12 de marzo de 2017

El minero y el canario







El minero desciende por las angostas entrañas de la tierra, encomendándose en silencio a aquel infierno de polvo, rocas y azufre. A sus espaldas, veinte años de oficio percuten su cruz con picos y punterolas de hierro. Su cara tiene bolsas de cansancio pero no del tipo de cansancio que conocemos, y sus pulmones están hechos de silicosis que acecha silenciosa. No tiene raza, ningún minero la tiene: todos parecen el primer hombre moldeado por Dios, pues son marrones y están hechos de barro. Su mano izquierda aferra con fuerza la jaula oxidada de un canario timbrado de plumaje amarillo que canta optimista:
Vas a morir algún día. Lo sabes, ¿no? dice el canario.
El minero, resignado, se encoge de hombros. Ya lo sabe. Su padre lo sabía, también su abuelo. Ambos terminaron por morir algún día. El hombre enciende la lámpara de su casco, la luz arroja sombras siniestras sobre sus ojos y sus labios. Se ata una gruesa cuerda al arnés mientras el canario prosigue con su canto:
—¿Hoy hace más calor de lo normal o me lo parece a mí? —El canario aguarda expectante la respuesta del minero, pero no llega—. Vas a morir algún día, ¿eh?
El minero echa a andar por un túnel apuntalado con vigas de madera. A veces sueña con el corredor de la muerte y la última cena de los condenados. Gotitas de cal y humedad se escurren lentamente de las estalactitas y caen sobre su casco. Cuando llega a un tramo más angosto, coloca la jaula entre sus dientes y empieza a gatear. La punterola que lleva sujeta al cinto roza con las paredes y forma un surco sobre la tierra. El canario aletea incómodo.
—¿Irás a la huelga? —le pregunta al hombre. Éste responde con un gruñido—. Puede que convoquen una antes de que mueras, ¿sabes? Porque tienes que tener en cuenta de que vas a morir algún día.
El pasadizo se ensancha lo suficiente como para que el minero pueda ponerse en pie. Suelta la jaula y hace un movimiento rotatorio con las manos para desentumecer las muñecas. Se sacude el pantalón para que la tela se despegue de sus rodillas enrojecidas. Escuece. Escuece casi tanto como el canto del canario.
—Supongo que ya hemos llegado. Odio esta caverna, está tan vacía como los huecos de esta jaula mía. ¿Qué os queda por sacar? Vais a morir igual, aunque os llenéis de oro y piedras.
El minero le ignora y se pone a trabajar, horadando la pared con golpes secos y contundentes. La tierra despedazada salpica la jaula del canario, que sigue hablando sobre la muerte con su canto insistente. Después de una hora, el minero está agotado y crispado. Se dirige al canario con brusquedad.
—¿Puedes callarte de una jodida vez? ¡Ya sé que voy a morir algún día! Igual que tú, igual que todos. ¡No nos queda otra, así que cierra el pico y déjame trabajar tranquilo!
El canario toma consciencia de sí mismo y permanece inmóvil.
—¿Yo también moriré? —pregunta finalmente con voz débil.
El minero no responde y continúa picando la tierra. Al fin encuentra vestigios de minerales, así que saca un pequeño rastrillo y comienza a raspar. La caverna está en silencio, ya ni siquiera se escucha a los mineros trabajando en las otras galerías; durante un buen rato, tan sólo resuena el goteo de las estalactitas y el rascar del rastrillo. Cuando termina, se gira exultante hacia el canario. Pero pronto su sonrisa desaparece: su pequeño compañero amarillo yace muerto en el suelo de su prisión. El minero, con el corazón atropellado, coge la jaula y la agita desesperado mientras grita, pero el canario permanece inmóvil en la jaula. El pico entreabierto, el pecho quieto, los párpados cerrados... El minero comienza a llorar, se apoya contra las mismas piedras a las que les arrebató la vida y se desliza hacia abajo lentamente, hasta hacerse pequeño, diminuto. Siente cómo la muerte le hace señas, avisándole de que salga, pero no puede. No le quedan fuerzas para levantarse. Todo el cansancio acumulado durante años bajo esas minas, que no es el mismo cansancio que nosotros conocemos, se apodera de él y de su cuerpo sin raza. Tiene sueño, mucho sueño, así que después de llorar como un niño se echa a dormir como un niño.
Pájaro y hombre duermen para siempre, amarillos, dentro de sus jaulas.

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