Tal es, en resumen, esta vida bohemia.

Vida de paciencia y valor, en la que sólo puede lucharse revestido con una resistente coraza de indiferencia a prueba de necios y envidiosos, en la que no se debe, si no se quiere tropezar en el camino, abandonar ni un solo instante el amor propio, que sirve de bastón de apoyo; vida encantadora y terrible, que tiene sus victorias y sus mártires, y en la que no debe penetrarse más que cuando se está dispuesto a padecer la implacable ley del vae victus.
H. M

jueves, 16 de junio de 2016

Las cinco heridas

La inspiración del despecho. 
Fotografía de Jessica Lavera


Cuentan que era de noche y que el tiempo no existía cuando Dios se sentó a contemplar el universo.  Viendo que le faltaba algo, dejó de exornar el mundo con palabras y pasó a crearlo con las manos. Entonces se hizo el tiempo, la vida, el deseo y la muerte, como cuatro heridas certeras que rasgaron su horror vacui. A partir del barro lactante de la tierra moldeó al primer hombre para que amamantara de su obra dando gracias, y lo dejó a salvo en una cuna donde no existía el dolor, pero sí las necesidades. Adán no tardó mucho tiempo —recordemos que ya existía el tiempo— en necesitar a alguien con quien compartir aquel silencioso jardín, así que Dios lo durmió, y ayudándose de un hueso de su cabeza, moldeó a la primera mujer.
La primera mujer era muy inteligente, pero también altiva, prepotente y manipuladora. Trataba a Adán con desprecio y sempiterna superioridad, y mediante este continuo maltrato sometió al primer hombre, que aprendió lo que era la muerte —recordemos que ya existía la muerte— y el sufrimiento. Tras ver aquello, Dios la castigó y, dándose cuenta de su error, volvió a dormir al maltrecho Adán para moldear otra mujer a partir de un hueso del pie.
La segunda mujer resultó ser inferior, débil, insegura y servicial. Adán se aprovechaba de ella y aprendió lo que era el deseo —recordemos que ya existía el deseo—, aunque era un deseo nocivo y cruel. Dios, dándose cuenta de esto, liberó a la segunda mujer, castigó a Adán y lo mandó a dormir. Pensando que en el centro debía estar la virtud, tomó un pedazo intermedio y próximo al corazón: una costilla. 
Entonces nació la tercera mujer, que era inteligente, atractiva, justa e independiente. Gracias a ella Adán aprendió lo que era el amor, y por lo tanto la vida —recordemos que ya existía la vida—, y lloró como un niño atravesado por las cuatro heridas. Dios contempló su obra satisfecho, dijo por vez primera aquello de que a la tercera va la vencida, y aprendió lo que era la igualdad, que se convirtió en la quinta herida que el ser humano necesitaba. 



"Dios no hizo a la mujer de un hueso de la cabeza del hombre para que estuviera encima de él, ni de un hueso del pie para que estuviera debajo de él; la formó de la costilla para que estuviera a su lado y cerca de su corazón".
Pensamiento judío.


2 comentarios:

mailconraul dijo...

Una mujer que nos ame y dos que nos duelan con todas las intenciones de sus huesos.

Gerardo Vázquez dijo...

Luego tienes que explicar en qué consiste esa "Biblia profana" con la que has etiquetado el texto y si este micro es el principio de una serie. Me gusta el texto, especialmente el ritmo que imprimen las acotaciones y todo lo que subyace en él.
Saludos.